Martín Santos: "Un silencio elocuente" Apuntes sobre su figura y su obra. Bruno Rueda Pz. de Aransolo. |
Conferencia presentada en la Mesa Redonda "Figura y obra del Dr. D. Luis Martín Santos", el 15 Octubre de 1986 en el trascurso del XVII Congreso de la AEN en San Sebastián (leída por Dr. D. José Ignacio Andonegui).
Publicado en Revista Asociación Española Neuropsiquiatría, Vol. VII. Nº 22. 1987: 363-370
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RESUMEN
Con
ocasión de celebrarse el XVII Congreso de la Asociación Española de
Neuropsiquiatría en San Sebastián, ciudad prácticamente originaria del
malogrado compañero y psiquiatra, así como gran novelista y formidable
escritor Luis Martín Santos, en la tarde de inauguración se le dedicaron
varias intervenciones como recuerdo y homenaje. El autor de estos apuntes,
antiguo y personal amigo en los años de formación psiquiátrica, esboza
brevemente algunos rasgos de su figura y se interesa, especialmente, en exponer
algunas opiniones personales sobre su creación literaria. A pesar del largo
tiempo transcurrido desde la desaparición de Martín Santos, su obra, tanto
dentro de la especialidad como en el ámbito de la literatura novelística del
país en los últimos años, permanece actual, vigente y percutante.
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Cuando
uno de los colegas organizadores de esta reunión me comunicó el deseo del
grupo, que algunos de los viejos amigos y compañeros de MARTÍN SANTOS
interviniésemos hoy, no lo dudé. Pero mi participación, quiero advertirlo
enseguida, más que pretender un relato minucioso de su figura, o un estudio
sistemático y extenso de la creación literaria de nuestro amigo, sólo
pretende ofrecer unos apuntes. Por un lado, no osaría mostrar aquí ninguna
competencia de auténtica crítica literaria. Y, por otro, en lo que concierne a
la aportación de
Queriendo
o sin querer, al considerar la obra creadora de un hombre nos estamos
configurando nosotros mismos, nos estamos compartiendo de alguna manera.
Y en esta ocasión todavía más, ojear el mundo del amigo significa reconstruir
un pasado entendido como cúmulo de
acontecimientos revisados por la memoria.
Mi primer encuentro con MARTÍN SANTOS data de la época en que él llegó a la Clínica Psiquiátrica del Hospital General de Atocha en Madrid. Eran los años finales de la década de los cuarenta, precisamente aquellos años en los que se sitúan clima y ambiente, vicisitudes y peripecias de su primera novela Tiempo de silencio. Esos primeros años de amistad y compañerismo con él, coincidieron con el comienzo del aprendizaje psiquiátrico de ambos.
Fue
realmente fácil establecer una relación amistosa con él, a ello ayudó, en mi
caso, la identidad para ambos de nuestros antecedentes norteños. Aquella
amistad, nacía al abrigo de intereses comunes en el quehacer y tareas, en las
charlas y discusiones de la clínica. Estábamos rodeados por esa exaltación
ilusionada que sólo se produce por la afinidad intelectual, por la expectación
ante unos logros buscados conjuntamente, por una atmósfera rebosante de
aprendizajes en trance de ser obtenidos. Al trabajo clínico matutino, se seguía
con mucha frecuencia la marcha a pie de algunos de nosotros más afines al
camino que va desde la glorieta de Atocha hasta la de Cibeles, paseo repleto de
interminables charlas. El lazo amistoso se prolongaba en las charlas de café.
Las circunstancias previas de los años de universidad en aquel entonces, y
también y todavía después, habían convertido a la universidad en un lugar
para impartir clases, y no en un centro de creación y comunicación. El café,
y pronto cafeterías de ambiente tranquilo, nos resultaba así, no solamente la
continuación natural de las aulas, sino —en ocasiones—, su única
representación.
MARTÍN
SANTOS, tras la corpulenta fachada de su presencia física, con marcado aplomo,
sorprendía ineludiblemente desde el primer contacto con él por su discurso.
Muy pronto llamaba la atención su riqueza de vocabulario y su facilidad de
palabra, su precisión en el dominio y manejo del lenguaje, la claridad y orden
expositivos de sus intervenciones. Personalmente, guardo la impresión clara de
que, ya, en aquellos tiempos, se volcaba sobre la palabra. De que, sus
producciones verbales, tanto cómo las ideatorias y conceptuales, fluían
incesantemente. Igualmente, creo que, en aquellas etapas de nuestra evolución
personal, esta actividad mental discursiva de nuestro amigo, poseía indudables
tonos y características lúdicas. Y me parece tanto más así, cuando recuerdo
su enorme curiosidad y tremendo y posesivo afán de conocimientos, así como
también la exigencia para sí mismo de amplios y serios intereses
intelectuales. A todo esto, añadía una memoria envidiable, diría que la
extensión y la fidelidad de su memoria eran contundentes.
En
nuestra relación y trato personal, mi recuerdo abunda, sobre todo, en una
cierta seriedad y austeridad en su estilo. Me parecía, y me afirmo ahora en
ello, una actitud de evitar y dejar a un lado trivialidades, tratando de orillar
su propia complacencia personal. Hablaba de sensaciones, rebasando siempre el
nivel de los sentimientos, que aparecían subsumidos en categorías conceptuales
de pensamiento. En realidad, y esto me parece mostrarse más tarde en su obra
literaria, él se convertía en personaje, en criatura objetivada de su propia
existencia, de su propio quehacer, y sobre esta objetivación se producía el
tratamiento estilístico que, en su despliegue narrativo creó, es hostil a
reduccionismos pseudointimistas. No recuerdo oírle hablar sobre sí mismo en
cuanto a su intimidad, escondía discretamente su mundo interior para demostrar
una extraordinaria lucidez en su captación profunda del entorno. Esto también
se relaciona, a mi parecer, con lo referente a su empleo y desarrollo del
lenguaje, le ayudaba a darnos la sensación de que hacía con las palabras lo
que quería, exacta y precisamente lo que quería, aún frente a los temas más
arduos y complejos. Añadiría sobre su figura algo que, el paso de los años ha
convertido en certeza lo que el afecto del viejo amigo vivió quizá como
impresión, me refiero a una vida mental en él tan fuerte como incansable, lo
que, unido a su agudísima capacidad de captación, enlazaba con un temperamento
creador.
Matizando
todavía más sobre su figura, se me ocurre una impresión difuminada
Nuestra
generación finalizó los estudios de bachillerato justamente al acabar la
Al ocasional abatimiento frente al silenciado tiempo de múltiples y variadas frustraciones socio-culturales, para nosotros como para todos, dependiendo de estructuras personales y grupales, surgían mecanismos defensivos, como formaciones comportamentales reactivas, que se expresarían diversamente.
En
aquella etapa de formación clínica psiquiátrica, MARTÍN SANTOS ya mostraba
Esto
último ha sido tratado en un acertado ensayo por GONZÁLEZ DE PABLO del
En cuanto a sus intereses literarios por aquel entonces, MARTÍN SANTOS nos descubría con verdadero entusiasmo las originales excelencias del Ulysses de James JOYCE, le dedicaba repetidos comentarios. Años más tarde, podemos aclararnos sobre esta influencia joyceana con el análisis que le dedica el crítico José-Carlos MAINER en el notable prólogo de la segunda novela Tiempo de destrucción. En alguna ocasión le oí referirse también al norteamericano William FAULKNER.
A
lo largo de los años 1951-52, una buena parte de los que formábamos el
Al
reincorporarme a la vida española a principios de 1963, me encuentro
inopinadamente, sin previo aviso, con la novela Tiempo de silencio. El impacto
que provoca en mi tal encuentro será formidable. Su lectura va a descubrir,
evocar, revivir y recordar multitud de sensaciones por un lado, y, por otro
lado, vendría a aportarme, a despertar en mí impresiones y sugerencias cuyo
anecdotario llenará gran parte de lo que me queda por exponer en esta ocasión.
Obviamente, su segunda novela añadirá nuevos matices y detalles a lo vivido y
experienciado anteriormente.
Con
Tiempo de silencio, siento pronto que, hacer literatura, para nuestro
amigo,
Para
la elaboración de lo vivido en los tiempos silenciados de su primera novela,
MARTÍN SANTOS no podía, obviamente, cesar en su búsqueda, y encuentra en el
ambiente literario un momento de ebullición, de agitación, de interesantes
cambios en nuestras letras. En la tertulia del madrileño café «Gambrinus» se
encontraba con varios escritores, quienes con similares preocupaciones y
afinidades, hicieron parte de lo que luego se ha dado en llamar «Generación de
los 50». Y MARTÍN SANTOS entre ellos, fue de los primeros en encontrar su voz
y su propia manera de hacer, difiriendo netamente del realismo narrativo
realizado hasta allí. Difiere entre otras cosas, por ahondar en el significado
y análisis de la dinámica interna de sus protagonistas, por trazar el
cambiante sentido de su devenir, por reflejar la ambigüedad y resistencia al
cambio de un entorno, que conflictúa las situaciones de la persona.
E
igualmente, refleja la indefectible potencialidad de contradicción dentro del
alma del hombre. Pero poseedor de una enorme capacidad crítica, sin perder la
Con
la perspectiva del tiempo transcurrido y en esa búsqueda suya de un lenguaje
capaz de penetrar en los seres humanos y reales, el autor MARTIN SANTOS me
parece novelista, entre otras cosas, porque inventa seres reales con toda la opacidad
que tienen los seres reales, inventa personajes que tienen una verdad,
Creo
personalmente que, ni por asomo, su creación pretenda ofrecernos una visión
del mundo que sea arbitraria, gratuita y menos aún nociva. Al releer Tiempo de
silencio, y yo mismo me identifico con aquel contexto generacional, creo que
Lo
que sobre él, pudimos vagamente intuir en los años juveniles, lo mostrará
El
gran problema era, y simultáneamente, el gran éxito de MARTÍN SANTOS fue
—sin poseer en aquel tiempo las indispensables condiciones de libertad de
expresión— su capacidad de cumplir con la función que corresponde al
discurso de ficción en aquella sociedad. No podía expresarse con un carácter
ideológico por razones socio-políticas. Se dio cuenta que había que
problematizar el propio hecho de narrar, y hacer una metaficción.
Insisto
en aquel mi segundo encuentro con el amigo, en esa ocasión más bien
Si aquella lectura fue impresionante, al releerle hoy resulta, si cabe, más profundo y sugerente, más amplificador. Creo que se sigue leyendo también por lo que tiene de revelación de lo literario en sí: una espesura brillante de enaltecidas u hoscas imágenes verbales que envuelven, recrean un mundo repartido en tantos mundos, multiplicadas sombras, recónditas miradas de humana soberbia, de humano desamparo, exaltada pasión o desolada amargura. Creo que es la intensidad, la nota dominante de su mundo literario.
MARTIN
SANTOS pervive moderno, se le sigue leyendo, entre otras cosas además
Igualmente,
se trasluce un gran designio en la intencionalidad de su temática,
MARTÍN
SANTOS moderno, porque lo que hace su creación es un programa y un
A
mi parecer, aquel amigo pensador de la psicopatología y de la filosofía se
hace novelista al trasmudar la realidad en imagen, que no es copiarla. Es la
realidad el punto de partida para su valoración como escritor. Escritor porque
describe un mundo, escritor porque la calidad de la descripción es muy alta en
función del contenido descrito. Uno se puede preguntar hasta qué punto aturde
y estorba la hazaña lingüística, si las palabras permiten ver con claridad
las formas, pero en lectura atenta, la importancia de cada una se refuerza en él
sin estorbarse. A él no le estorban para construir brillantemente un mundo
novelesco, para situarse en el tiempo y en el espacio y para organizar
Volviendo
a su manera de hacer, podría pensarse que describe un mundo de enorme crudeza,
de violencia, de exasperación, de sordidez. En mi opinión, esto denota una
delicadeza de registros poco frecuentes por una parte, y por otra un gran
Un
ambiente de escenarios penosos y de peligro rodea a los personajes. Sus
trayectorias se cruzan y van respondiendo a una relación claramente trágica.
Son
El
tiempo de mi intervención llega a su límite. Me doy cuenta de que he
condensado y esquematizado mi exposición y mi lenguaje más de lo deseado. A
pesar de que el tiempo, tanto ahora como antes, ha corrido muy aprisa, no ha
borrado en su fuga muchas cosas que permanecen y nos sugiere todavía la memoria
del amigo. Acabaré ahora volviendo a la figura de MARTÍN SANTOS con una anécdota
vivida entre los dos. El sabía de mi absorbente afición a la música, y en
ocasión de oírme hablar con un tono de cierta efusión lírica sobre ella, me
señaló que le parecía difícil, por no decir desacertado, «literaturizar
sobre la música». Sólo un rato más tarde pensé: ¿era realmente así, o
ello escondía un
indudable pudor sentimental juvenil?. Hoy me pregunto si aquel MARTÍN SANTOS
exigente de lógica objetividad científica, no enmascaraba y ocultaba dentro de
si mismo a un ignorado poeta. Ha mostrado más tarde poseer una formidable
capacidad de sensibilidad artística. Recuerdo en este momento la inédita
publicación de un ensayo suyo sobre cine en un reciente número de la revista
literaria «El Urogallo».
En
el comienzo mismo de 1963, me instalé definitivamente en nuestro país. Poco
tiempo después visité San Sebastián para saludar a nuestro autor. Tras dicha
visita, me volví a casa en Vitoria con la firme intención de reanudar y
mantener con regularidad aquella amistad. Y muy pocos meses después, en enero
de 1964, MARTÍN SANTOS sufría su mortal accidente a poquísimos kilómetros de
mi propia casa y en un sitio por donde —ello mismo refuerza mi recuerdo— yo
conduzco frecuentemente.
Su mundo, quemado en las llamaradas de la palabra, guarda una sonoridad crepitante, se deja oír. De ahí el subtítulo de mi ensayo: Un silencio elocuente.