Martín Santos: "Un silencio elocuente" Apuntes sobre su figura y su obra.

Bruno Rueda Pz. de Aransolo.

Conferencia presentada en la Mesa Redonda "Figura y obra del Dr. D. Luis Martín Santos", el 15 Octubre de 1986 en el trascurso del XVII Congreso de la AEN en San Sebastián (leída por Dr. D. José Ignacio Andonegui).

Publicado en Revista Asociación Española Neuropsiquiatría, Vol. VII. Nº 22. 1987: 363-370 

 

RESUMEN

Con ocasión de celebrarse el XVII Congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en San Sebastián, ciudad prácticamente originaria del malogrado compañero y psiquiatra, así como gran novelista y formidable escritor Luis Martín Santos, en la tarde de inauguración se le dedicaron varias intervenciones como recuerdo y homenaje. El autor de estos apuntes, antiguo y personal amigo en los años de formación psiquiátrica, esboza brevemente algunos rasgos de su figura y se interesa, especialmente, en exponer algunas opiniones personales sobre su creación literaria. A pesar del largo tiempo transcurrido desde la desaparición de Martín Santos, su obra, tanto dentro de la especialidad como en el ámbito de la literatura novelística del país en los últimos años, permanece actual, vigente y percutante.  

  

Cuando uno de los colegas organizadores de esta reunión me comunicó el deseo del grupo, que algunos de los viejos amigos y compañeros de MARTÍN SANTOS interviniésemos hoy, no lo dudé. Pero mi participación, quiero advertirlo enseguida, más que pretender un relato minucioso de su figura, o un estudio sistemático y extenso de la creación literaria de nuestro amigo, sólo pretende ofrecer unos apuntes. Por un lado, no osaría mostrar aquí ninguna competencia de auténtica crítica literaria. Y, por otro, en lo que concierne a la aportación de nuestro autor a la clínica psiquiátrica, ya antes de conocer lo que el común amigo de ambos, CASTILLA DEL PINO, nos traería hoy, sabía, y sé desde hace años que, es precisamente CASTILLA DEL PINO, el compañero más idóneo para tratar sobre ese capítulo. Se trata para mí, en esta ocasión, de un acto de amistad en el recuerdo de lo vivido y compartido juntos, y también en la memoria de lo que revive sin cesar a través de su obra.  

Queriendo o sin querer, al considerar la obra creadora de un hombre nos estamos  configurando nosotros mismos, nos estamos compartiendo de alguna manera. Y en esta ocasión todavía más, ojear el mundo del amigo significa reconstruir un  pasado entendido como cúmulo de acontecimientos revisados por la memoria.

Mi primer encuentro con MARTÍN SANTOS data de la época en que él llegó a la Clínica Psiquiátrica del Hospital General de Atocha en Madrid. Eran los años finales de la década de los cuarenta, precisamente aquellos años en los que se sitúan clima y ambiente, vicisitudes y peripecias de su primera novela Tiempo de silencio. Esos primeros años de amistad y compañerismo con él, coincidieron con el comienzo del aprendizaje psiquiátrico de ambos.

Fue realmente fácil establecer una relación amistosa con él, a ello ayudó, en mi caso, la identidad para ambos de nuestros antecedentes norteños. Aquella amistad, nacía al abrigo de intereses comunes en el quehacer y tareas, en las charlas y discusiones de la clínica. Estábamos rodeados por esa exaltación ilusionada que sólo se produce por la afinidad intelectual, por la expectación ante unos logros buscados conjuntamente, por una atmósfera rebosante de aprendizajes en trance de ser obtenidos. Al trabajo clínico matutino, se seguía con mucha frecuencia la marcha a pie de algunos de nosotros más afines al camino que va desde la glorieta de Atocha hasta la de Cibeles, paseo repleto de interminables charlas. El lazo amistoso se prolongaba en las charlas de café. Las circunstancias previas de los años de universidad en aquel entonces, y también y todavía después, habían convertido a la universidad en un lugar para impartir clases, y no en un centro de creación y comunicación. El café, y pronto cafeterías de ambiente tranquilo, nos resultaba así, no solamente la continuación natural de las aulas, sino —en ocasiones—, su única representación.

MARTÍN SANTOS, tras la corpulenta fachada de su presencia física, con marcado aplomo, sorprendía ineludiblemente desde el primer contacto con él por su discurso. Muy pronto llamaba la atención su riqueza de vocabulario y su facilidad de palabra, su precisión en el dominio y manejo del lenguaje, la claridad y orden expositivos de sus intervenciones. Personalmente, guardo la impresión clara de que, ya, en aquellos tiempos, se volcaba sobre la palabra. De que, sus producciones verbales, tanto cómo las ideatorias y conceptuales, fluían incesantemente. Igualmente, creo que, en aquellas etapas de nuestra evolución personal, esta actividad mental discursiva de nuestro amigo, poseía indudables tonos y características lúdicas. Y me parece tanto más así, cuando recuerdo su enorme curiosidad y tremendo y posesivo afán de conocimientos, así como también la exigencia para sí mismo de amplios y serios intereses intelectuales. A todo esto, añadía una memoria envidiable, diría que la extensión y la fidelidad de su memoria eran contundentes.

En nuestra relación y trato personal, mi recuerdo abunda, sobre todo, en una cierta seriedad y austeridad en su estilo. Me parecía, y me afirmo ahora en ello, una actitud de evitar y dejar a un lado trivialidades, tratando de orillar su propia complacencia personal. Hablaba de sensaciones, rebasando siempre el nivel de los sentimientos, que aparecían subsumidos en categorías conceptuales de pensamiento. En realidad, y esto me parece mostrarse más tarde en su obra literaria, él se convertía en personaje, en criatura objetivada de su propia existencia, de su propio quehacer, y sobre esta objetivación se producía el tratamiento estilístico que, en su despliegue narrativo creó, es hostil a reduccionismos pseudointimistas. No recuerdo oírle hablar sobre sí mismo en cuanto a su intimidad, escondía discretamente su mundo interior para demostrar una extraordinaria lucidez en su captación profunda del entorno. Esto también se relaciona, a mi parecer, con lo referente a su empleo y desarrollo del lenguaje, le ayudaba a darnos la sensación de que hacía con las palabras lo que quería, exacta y precisamente lo que quería, aún frente a los temas más arduos y complejos. Añadiría sobre su figura algo que, el paso de los años ha convertido en certeza lo que el afecto del viejo amigo vivió quizá como impresión, me refiero a una vida mental en él tan fuerte como incansable, lo que, unido a su agudísima capacidad de captación, enlazaba con un temperamento creador.

Matizando todavía más sobre su figura, se me ocurre una impresión difuminada de un pasado, la de una imagen del compañero que imponía ya un mundo personal, con netas raíces en una realidad llena de palpitante tensión humana, con una actitud al límite de su expresividad. Daba la impresión de estar confabulado sin reservas con la vida y con el lenguaje de lo vitalmente experienciado. Y no sólo pienso esto por lo que escribiría más tarde, sino que ya hablando, su dicción parecía destilar una percepción sensual de las palabras con todos sus sentidos participando en su discurso mental y verbal, y ello sin afectación artificiosa. Parecía buscar que las palabras, de algún modo, se inauguraran o inaugurasen algo al encontrarse.

Nuestra generación finalizó los estudios de bachillerato justamente al acabar la guerra civil. Nos despertamos a la vida social durante los primeros años de Facultad. Pertenecimos, pues, a lo que vivió la primera hornada universitaria de postguerra. No puedo extenderme mucho sobre la numerosísima, excelente y difícil de superar literatura que poseemos describiendo aquel tiempo de la vida española de post-guerra. Sin alargar citas, empezaría por GIRONELLA, pasando por nuestros compañeros MARTÍN SANTOS y CASTILLA DEL PINO, hasta terminar con la reciente La Colmena de Camilo José CELA. Las características de aquella España y de la que continuó hasta hace pocos años, han sido profusamente analizadas y narradas. MARTÍN SANTOS nos ha dejado entrever con punzante claridad el simbólicamente plasmado trasfondo socio-cultural que se encuentra, no sólo para nuestra generación sino también para las próximas siguientes, en el importante período de tiempo abarcado por sus dos novelas. Trasfondo cuyos condicionantes rasgos de principios motivadores son válidos actualmente, es uno entre muchos valores para comprender la permanencia de su obra.  

Al ocasional abatimiento frente al silenciado tiempo de múltiples y variadas frustraciones socio-culturales, para nosotros como para todos, dependiendo de estructuras personales y grupales, surgían mecanismos defensivos, como formaciones comportamentales reactivas, que se expresarían diversamente.

En aquella etapa de formación clínica psiquiátrica, MARTÍN SANTOS ya mostraba una previa y muy sólida formación filosófica, sobre todo en lo concerniente a los capítulos recientes de la fenomenología y el existencialismo. Asombraba la fruición, la voracidad diría, la soltura con que aplicaba a combinar, relacionar y elaborar múltiples aspectos de la teoría y del acontecer psicopatológicos. A la, permítaseme decir, monumentalidad de JASPERS, él añadía la sutil decoración de hacer visibles juntos a HEIDEGGER y SARTRE. La fácil y al mismo tiempo profunda y extensa asimilación de los tres, facilitaba su labor clínica, y más tarde le serviría para construir la trama, la urdimbre y los entresijos del dramatismo novelístico, para darle un sentido de significación profunda a sus personajes y para llenar de vida tensa a las situaciones vividas que relata.

Esto último ha sido tratado en un acertado ensayo por GONZÁLEZ DE PABLO del Departamento de Historia de la Medicina en la Complutense de Madrid, y publicado en la Revista «Jano» el año pasado, con el título: La enfermedad, la muerte y la figura del médico en «Tiempo de silencio». Este aspecto filosófico de su quehacer se comunicaba igualmente en las charlas del paseo y del café, en aquella etapa de nuestro trato hablaba exponiendo con detalle algunas de las tesis heideggerianas: el estar ahí (DASEIN), la vida como proyecto, la comprensión responsabilizadora para hacerse libre en la autenticidad, etc. Y no era sólo una exposición de esta problemática lo que nos ofrecía, había asimilado e integrado los conceptos en su propia estructura haciéndolos suyos con precisión y sagacidad. Los aireaba con desenvoltura, uniendo el vigor al frescor mental; esto daba a sus intervenciones una estimulante animación.

En cuanto a sus intereses literarios por aquel entonces, MARTÍN SANTOS nos descubría con verdadero entusiasmo las originales excelencias del Ulysses de James JOYCE, le dedicaba repetidos comentarios. Años más tarde, podemos aclararnos sobre esta influencia joyceana con el análisis que le dedica el crítico José-Carlos MAINER en el notable prólogo de la segunda novela Tiempo de destrucción. En alguna ocasión le oí referirse también al norteamericano William FAULKNER.

A lo largo de los años 1951-52, una buena parte de los que formábamos el grupo, por diferentes motivos y con distintos objetivos y destinos, nos separamos. Personalmente, permanecí prácticamente desconectado de aquel grupo y del país durante diez años de estancia en distintas clínicas extranjeras. Sólo de manera esporádica y somera, en visitas distanciadas y cortísimas, supe de lo que otros testimoniaron mejor; me refiero a la tremenda actividad de opositar a la que MARTÍN SANTOS se referirá con demoledora ironía en su segunda novela publicada en 1975. Supe igualmente y con fastidio de sus experiencias de detenciones y emprisionamientos.

Al reincorporarme a la vida española a principios de 1963, me encuentro inopinadamente, sin previo aviso, con la novela Tiempo de silencio. El impacto que provoca en mi tal encuentro será formidable. Su lectura va a descubrir, evocar, revivir y recordar multitud de sensaciones por un lado, y, por otro lado, vendría a aportarme, a despertar en mí impresiones y sugerencias cuyo anecdotario llenará gran parte de lo que me queda por exponer en esta ocasión. Obviamente, su segunda novela añadirá nuevos matices y detalles a lo vivido y experienciado anteriormente.

Con Tiempo de silencio, siento pronto que, hacer literatura, para nuestro amigo, era entre otras cosas una expresión de disidencia y transgresión ante las prohibiciones de limitación o estancamiento. Es darse de cara con la apasionante aventura en la que le seguimos en la medida que implica un enfrentamiento sutil a los mitos con los que nos alimentaron a nuestra generación, la demolición de versiones canonizadas, y el descubrimiento de verdades ocultas y de efecto perturbador. Su esfuerzo por crear un mundo de signos liberadores, de elaborar una conversión liberadora interior, es en él una marca de imparable evolución personal. Era la aventura de escapar de la atmósfera prisionera en un mundo coartado e inhibido, en el que sentíase la gana de andar a puñetazos contra la prisión de un aburrimiento de situaciones falseadas, vencidas, cortadas, resignadas; que hablaban con imposiciones incompatibles con un diálogo raras veces asequible. Existe en su narrativa una aspereza amarga, pero lo bastante lúcida para no perderse en una causticidad estéril o en un cinismo demoledor. Su obra me parece así, una actitud de incansable aliento, acertadamente concebida para buscar la libertad.

Para la elaboración de lo vivido en los tiempos silenciados de su primera novela, MARTÍN SANTOS no podía, obviamente, cesar en su búsqueda, y encuentra en el ambiente literario un momento de ebullición, de agitación, de interesantes cambios en nuestras letras. En la tertulia del madrileño café «Gambrinus» se encontraba con varios escritores, quienes con similares preocupaciones y afinidades, hicieron parte de lo que luego se ha dado en llamar «Generación de los 50». Y MARTÍN SANTOS entre ellos, fue de los primeros en encontrar su voz y su propia manera de hacer, difiriendo netamente del realismo narrativo realizado hasta allí. Difiere entre otras cosas, por ahondar en el significado y análisis de la dinámica interna de sus protagonistas, por trazar el cambiante sentido de su devenir, por reflejar la ambigüedad y resistencia al cambio de un entorno, que conflictúa las situaciones de la persona.

E igualmente, refleja la indefectible potencialidad de contradicción dentro del alma del hombre. Pero poseedor de una enorme capacidad crítica, sin perder la expresión eficaz con falacias tópicas o patéticas, hace una crítica de incitación y provocación. Se acerca así a una vertiente de signo destructivo en su quehacer, que es uno de los polos en su postura dialéctica a la que me referiré más tarde. Así tiende a desentrañar los elementos humanos y formativos de sus aconteceres buscando el significado de su vida y la vida. Crítica punzante y hasta ofensiva porque, como muchos otros, se negaba a adoptar el tono, estilo y contenido de muchas normas falseadas. Así nos muestra una voz sólidamente humana, que aboga por una literatura humanizada.

Con la perspectiva del tiempo transcurrido y en esa búsqueda suya de un lenguaje capaz de penetrar en los seres humanos y reales, el autor MARTIN SANTOS me parece novelista, entre otras cosas, porque inventa seres reales con toda la opacidad que tienen los seres reales, inventa personajes que tienen una verdad, y ello al margen de una preocupación de tipo socio-realista. Tengo la impresión de que su impactante empleo de la ironía, al contemplar distorsionadamente, a veces, la realidad, la expresa acertadamente con tal ironía. En ocasiones puede ser guasón, incluso histriónico, pero en último término es de una benevolencia sin resabios, no importa si en su lenguaje, lo popular y lo culto se mezclan de forma violenta. También, en ocasiones, traza una visión «desjerarquizada», humorística de la vida y educación de un español en los años juveniles de nuestra generación. Visión por la que transitan los mitos y obsesiones de las generaciones de post-guerra —sexo, colegio, religión— que han preocupado a tantos. Me parece que no abusa de torrentes acusadores, que maneja con lucidez los límites, antes decía que no practica la retórica del patetismo. Añadiría que, tampoco recurre a la aflicción doctrinal que se suele erigir en discurso moralista. Su capacidad intelectual, le evitaba caer en la trampa tanto de los gestos rígidos como de las posturas complacientes. Su ironía resulta suelta y ágil, risueña y mordaz.

Creo personalmente que, ni por asomo, su creación pretenda ofrecernos una visión del mundo que sea arbitraria, gratuita y menos aún nociva. Al releer Tiempo de silencio, y yo mismo me identifico con aquel contexto generacional, creo que MARTIN SANTOS no abusa de participar como testigo acusador de los años perdidos, se salva e intenta salvarse en la palabra, en una certera, punzante y permisible verbalización conceptual.

Lo que sobre él, pudimos vagamente intuir en los años juveniles, lo mostrará más tarde en sus relatos con la entidad y sustancia de mundo total en el que confluyen paisajes distintos, lenguajes filosóficos diversos, ideologías distintas, criaturas de muy vario perfil, víctimas y victimarios, para caracterizarle como gran novelista. Añade pasajes narrativos de intensidad máxima y alienta fortaleza lingüística de gran escritor que, brinda a cada paso la imagen sorprendente, el comentario centelleante.

El gran problema era, y simultáneamente, el gran éxito de MARTÍN SANTOS fue —sin poseer en aquel tiempo las indispensables condiciones de libertad de expresión— su capacidad de cumplir con la función que corresponde al discurso de ficción en aquella sociedad. No podía expresarse con un carácter ideológico por razones socio-políticas. Se dio cuenta que había que problematizar el propio hecho de narrar, y hacer una metaficción. Con frecuencia, desenfadado e irrespetuoso, el relato se burla de las normas narrativas —o al menos de algunas—, y pone en tela de juicio la noción misma de literatura. En cierto sentido, más que literatura es vida. Su inventiva verbal, el vértigo de los disfraces y la humillación de lo jerárquico, le sitúa en un auténtico vanguardismo.

Insisto en aquel mi segundo encuentro con el amigo, en esa ocasión más bien con su obra, tras diez años de distancia en la cotidiana amistad de antes. Mi propia reinstalación en nuestro mundo español, a mi propio reencuentro con las coordenadas vitales de lo nuestro, la obra Tiempo de Silencio me afecta con intensos impactos de signo revelador. Me encuentro con la imagen revivida, dramática de un tiempo previo, con el asombroso ajuste entre sus estructuras de significación y el contorno físico, histórico y humano que contiene el escenario de esa época. Fue un golpetazo la fuerza de su testimonial aliento, la tremenda síntesis de lo real y lo onírico, el logro de invención, intuición y verdad. Novela y lectura percutante por su manera de tejer los elementos de una realidad de pesadilla en la irrealidad de los signos de la escritura. Y para contar todo ello, su estar despierto todo el tiempo. Su precisión de lógica onírica, no desencarna con ella lo viviente, sino que nos lo muestra porque estaba profundamente bajo la piel del destino humano y alegoriza sus signos inexpresables.

Si aquella lectura fue impresionante, al releerle hoy resulta, si cabe, más profundo y sugerente, más amplificador. Creo que se sigue leyendo también por lo que tiene de revelación de lo literario en sí: una espesura brillante de enaltecidas u hoscas imágenes verbales que envuelven, recrean un mundo repartido en tantos mundos, multiplicadas sombras, recónditas miradas de humana soberbia, de humano desamparo, exaltada pasión o desolada amargura. Creo que es la intensidad, la nota dominante de su mundo literario.

MARTIN SANTOS pervive moderno, se le sigue leyendo, entre otras cosas además porque, sin excluir la moda, no coincide con ella. No se descuelga un minuto de desarrollar lo real, no se ensimisma, no pierde una selección objetivada de la realidad. Es buen narrador, creo, por su capacidad para suscitar climas, mundos dotados de características propias que no se diluyen en la mera sustancia argumental. Acierta a no extenderse en localismos. Va más lejos, algunas de sus presentaciones alcanzan un grado de verdad más revelador que el del realismo neto. Parece que tomaría a la realidad por sorpresa para ofrecérnosla desnuda.

Igualmente, se trasluce un gran designio en la intencionalidad de su temática, se detecta su insatisfacción ante las limitaciones idiomáticas para exponer la variedad y riqueza del entorno, de ahí su búsqueda de un lenguaje que destruye y reconstruye para poder abarcarlas. Si alguna vez el relato aparece situado entre la realidad y la ficción, es porque la ficción también es real, sólo que su realidad es verbal. No trata sólo de describir la otra realidad en palabras, sino de hacer que la palabra, ella misma, sea real. De este modo, la ficción refleja desde dentro la vida profunda y conflictiva del individuo y de la sociedad, en su insoslayable interacción. La postura de MARTÍN SANTOS, que él mismo calificó de dialéctica realista, le hacia luchar con las ideas y las palabras como si se tratara de un tremendo rompecabezas que hay que desorganizar y volver a organizar en torno a todos nuestros actos, los presentes y los futuros.

MARTÍN SANTOS moderno, porque lo que hace su creación es un programa y un síntoma. De muchas maneras, el modo de entender el mundo que tenemos hoy, procede del vigente a principios de siglo. Entre nosotros, TORRENTE BALLESTER piensa que también nuestro modo actual de entender la prosa supone la de VALLE-INCLÁN. El mismo nos recuerda que, como se suele decir, después de PROUST, de JOYCE, de KAFKA, de MANN, ya no se puede escribir como en el siglo XIX; y añade a propósito de VALLE-INCLÁN, que después de él ya no se puede escribir como GALDÓS ni tan siquiera como VALERA, ambos probablemente nuestros mejores prosistas del siglo XIX. Nuestro amigo, con su modo actual de describir la realidad visible, el modo de entender a sus protagonistas, su manera de trasmudar la prosa, trastoca lo existente, viene a proponer nuevos caminos. MARTÍN SANTOS, como antes VALLE-INCLÁN, se despega y deja atrás maneras ya liquidadas.

A mi parecer, aquel amigo pensador de la psicopatología y de la filosofía se hace novelista al trasmudar la realidad en imagen, que no es copiarla. Es la realidad el punto de partida para su valoración como escritor. Escritor porque describe un mundo, escritor porque la calidad de la descripción es muy alta en función del contenido descrito. Uno se puede preguntar hasta qué punto aturde y estorba la hazaña lingüística, si las palabras permiten ver con claridad las formas, pero en lectura atenta, la importancia de cada una se refuerza en él sin estorbarse. A él no le estorban para construir brillantemente un mundo novelesco, para situarse en el tiempo y en el espacio y para organizar una narración compleja.

Volviendo a su manera de hacer, podría pensarse que describe un mundo de enorme crudeza, de violencia, de exasperación, de sordidez. En mi opinión, esto denota una delicadeza de registros poco frecuentes por una parte, y por otra un gran valor: el valor de poner al descubierto una sensibilidad que parecerá excesiva a muchos, valor de aplicarla sin coartadas de orden moral u otro. Tal valor implica la presencia a su lado de una lucidez, que se atreve a llegar hasta el fin, que no retrocede medrosamente ante la mediocridad o la sordidez de lo que descubre. Esto implica su enfrentamiento a la ambigüedad de lo moral, sin recurrir a explicaciones conceptuales, y esto ya supone un valor enorme.

Un ambiente de escenarios penosos y de peligro rodea a los personajes. Sus trayectorias se cruzan y van respondiendo a una relación claramente trágica. Son inesperados sus desenlaces, y la imaginación del autor es tan importante en su línea argumental, como en la materia verbal empleada. Sus metáforas desfilan por el texto con una audacia increíble, pero no oscurecen el relato, sino que le dan relieve y diferenciación. Nos conduce frecuentemente a un plano imaginativo donde se dificulta seguirle, pero esos deslumbramientos nos enriquecen con alumbramientos que nos obligan a interiorizamos en el relato. Y cuando el autor parece que utiliza la ironía y trataría de jugar con nosotros, de vulgarizar el paso de un personaje por el agudo momento de la acción, la fuerza de ésta se revela descarada e incontenible. No se parará en la pendiente de lo más desagradable o escatológico, y en todo momento, la agresividad de sus propuestas dramáticas tratarán de inquietar al lector. En esto se puede adivinar, en ocasiones, el oficio de un descubridor sangrante de la realidad, a la que nos lleva con una evidente riqueza de recursos. Este es, para mí, otro de los motivos de su éxito como novelista.

El tiempo de mi intervención llega a su límite. Me doy cuenta de que he condensado y esquematizado mi exposición y mi lenguaje más de lo deseado. A pesar de que el tiempo, tanto ahora como antes, ha corrido muy aprisa, no ha borrado en su fuga muchas cosas que permanecen y nos sugiere todavía la memoria del amigo. Acabaré ahora volviendo a la figura de MARTÍN SANTOS con una anécdota vivida entre los dos. El sabía de mi absorbente afición a la música, y en ocasión de oírme hablar con un tono de cierta efusión lírica sobre ella, me señaló que le parecía difícil, por no decir desacertado, «literaturizar sobre la música». Sólo un rato más tarde pensé: ¿era realmente así, o ello escondía un indudable pudor sentimental juvenil?. Hoy me pregunto si aquel MARTÍN SANTOS exigente de lógica objetividad científica, no enmascaraba y ocultaba dentro de si mismo a un ignorado poeta. Ha mostrado más tarde poseer una formidable capacidad de sensibilidad artística. Recuerdo en este momento la inédita publicación de un ensayo suyo sobre cine en un reciente número de la revista literaria «El Urogallo».

En el comienzo mismo de 1963, me instalé definitivamente en nuestro país. Poco tiempo después visité San Sebastián para saludar a nuestro autor. Tras dicha visita, me volví a casa en Vitoria con la firme intención de reanudar y mantener con regularidad aquella amistad. Y muy pocos meses después, en enero de 1964, MARTÍN SANTOS sufría su mortal accidente a poquísimos kilómetros de mi propia casa y en un sitio por donde —ello mismo refuerza mi recuerdo— yo conduzco frecuentemente.

Su mundo, quemado en las llamaradas de la palabra, guarda una sonoridad crepitante, se deja oír. De ahí el subtítulo de mi ensayo: Un silencio elocuente.