Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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23.10.05

Alucina, vecina 

Poca gente dudará de que la música es beneficiosa para el ser humano. Dejando al margen los beneficios que acarrea para la salud física y psíquica, a los que tal vez nos refiramos en otra entrega, la música incrementa la productividad, algo que ya debían conocer los criminales nazis, quienes dotaron a sus campos de exterminio de orquestas y bandas. Desconocemos, sin embargo, si su innovadora y precursora experiencia perseguía incrementar la productividad de sus esclavos, a los que una innoble leyenda a la entrada de los campos prometía que el trabajo les haría libres, o más bien tenía como objetivo potenciar el ritmo al que los verdugos exterminaban a sus víctimas.

Lo cierto es que una experiencia realizada hace más de 30 años años demostró que la música eleva la eficiencia de los trabajos mecánicos y repetitivos, incluso si debe competir con el ruido de fondo de la maquinaria industrial. Según el profesor alemán de Psicología Reinhard Leichner, además, existe un dimorfismo sexual, de manera que las mujeres se estimulan mejor con música marchosa, mientras que a los hombres nos pone en forma la música relajante y melódica. Tal vez por ese motivo yo escribo cada semana esta sección mecido por las notas de las composiciones de Kepa Junkera o por las de las baladas de Van Morrison, para hastío de mi familia, un tanto reventada de escuchar cada domingo a la misma gente.

Pero hay ocasiones en las que la música puede ser más enervante que relajante, más tediosa que placentera. Es el caso de ciertos fenómenos parásitos musicales que se quedan pegados a nuestra mente y que la práctica totalidad de los mortales hemos vivido en alguna ocasión. Según James Kellaris, profesor de marketing, que estudió el fenómeno en una muestra de 1000 personas, nada menos que el 99% de los humanos experimentan en algún momento estas sensaciones, y un 50% las sufren con frecuencia. Kellaris se ha interesado a lo largo de su carrera en las influencias afectivas, cognitivas y conductuales de la música sobre los consumidores, y ha estudiado la forma en la que las melodías de los anuncios o la música de fondo que puede escucharse en almacenes y tiendas condicionan a los compradores. También se ha interesado por lo que denomina “consumo hedónico de la música como producto estético”, y por la influencia de la música en la percepción del tiempo. Para describir la parasitización por melodías, Kellaris las asimiló a lo que sucede con el prurito. Es una sensación incómoda, persistente, y de la misma manera que el rascado de la piel es una conducta automática, inevitable, con la que el sujeto lejos de eliminar la sensación de picor entra en un círculo vicioso de picor - rascado, la música parásita desencadena la repetición mental de la melodía sin que el individuo pueda poner fin a un ciclo infernal y estresante. No es raro que a partir de esta imagen Kellaris acuñara la afortunada expresión de “picor cognitivo” (o "comezón cognitivo"), para describir y definir la experiencia.

Según Kellaris, una melodía candidata a parasitar nuestra mente debe reunir en mayor o menor grado las siguientes condiciones: ser simple, repetitiva e incorporar algún elemento incongruente (cambio de ritmo, notas inesperadas). Independientemente de cuál sea la naturaleza de la melodía, el fenómeno no deja de ser una variante de lo que los científicos denominan imágenes auditivas: la experiencia de escuchar sonidos en ausencia de estímulos auditivos. Esta actividad puede ser voluntaria y controlada, como cuando uno se esfuerza por reproducir mentalmente una voz, un número de teléfono o, claro está, una música, o puede ser involuntaria e invasiva como en el picor cognitivo de Kellaris. Este mismo año Kraemer y asociados han intentado localizar lo que podríamos llamar la sede neurológica del fenómeno. Con el auxilio de la resonancia nuclear magnética funcional, diseñaron un experimento en el que exponían a sus probandos a unas melodías muy conocidas, ya fuera con letra, es decir, en forma de canción (“Satisfaction”, de los Rolling) o sin compañía verbal (el tema de “La pantera rosa”, de Mancini). De cuando en cuando los investigadores interrumpían la melodía, a lo que los probandos reaccionaban espontánea e involuntariamente “completándola” mentalmente con las notas silenciadas, lo que remite a la experimentación parásita de música y al picor cognitivo. La neuroimagen demostró que el “relleno” involuntario de la canción por parte de los sujetos se acompañaba de una activación del córtex asociativo auditivo.

Un fenómeno directamente emparentado con el picor cognitivo musical es el de las llamadas alucinaciones musicales, que algunos autores han definido como falsas percepciones musicales que van más allá de pensar en una melodía, recordarla o tararearla mentalmente. Este tipo de imágenes parecen especialmente frecuentes en personas de edad avanzada, en particular mujeres, que o bien han sufrido lesiones cerebrales o bien presentan una deficiencia auditiva. Ciertamente en este último caso viene a la mente el paralelismo con el síndrome de Charles Bonnet, caracterizado por la presencia de alucinaciones visuales en personas con deficiencias en el canal sensorial visual. Ambas experiencias podrían explicarse, por lo tanto, por la desaferentización de las áreas cerebrales relacionadas con cada tipo de estímulo sensorial, y por ende, estarían relacionadas neurofisiopatológicamente (si vale el palabro) con fenómenos como el del miembro fantasma o percepción dolorosa de una extremidad amputada en su totalidad o parcialmente.

Siguiendo un esquema un tanto trasnochado, los estudiosos de estos fenómenos los definen, grosso modo, en “orgánicos” y “funcionales”. Los primeros se deben a lesiones cerebrales, ingesta de drogas, deficiencia auditiva o experiencias sensoriales que distorsionan la audición, como los acúfenos, en tanto que las alucinaciones musicales “funcionales” aparecerían en trastornos psiquiátricos sin un asiento lesional conocido, como la esquizofrenia o el trastorno obsesivo compulsivo. Algunos autores, como Warner y Aziz, han estudiado el contenido de estas alucinaciones, llegando a la conclusión de que en pacientes de edad avanzada predominan los salmos, las canciones religiosas y los villancicos. Otros, como Hermesh y asociados, han intentado relacionarlas con determinados cuadros psiquiátricos. En su estudio sobre 190 pacientes con trastornos afectivos, todo tipo de cuadros de ansiedad y esquizofrenia, encontraron que nada menos que una quinta parte de su muestra aseguraba haber experimentado en alguna ocasión este tipo de percepciones. Eran especialmente frecuentes en pacientes diagnosticados de trastorno obsesivo – compulsivo, en los que alcanzaban una prevalencia del 41%, y su frecuencia aumentaba con la comorbilidad, destacando su elevada presencia en las personas diagnosticadas de TOC con fobia social o esquizofrenia asociada.

Al margen de otras consideraciones, este tipo de estudios y conceptos ponen de relieve un aspecto que no por repetido puede decirse que carezca de importancia, y es la preocupante amorfización de la Psicopatología. Decir que un cuadro psiquiátrico carece de base lesional conocida tiene mucho más que ver con nuestra ignorancia al respecto que con una efectiva y real ausencia de asiento cerebral. Y por otra parte, sorprende que fenómenos que el sujeto identifica adecuadamente como parásitos se denominen con un término –alucinación- clásicamente ligado a una pérdida del juicio de realidad. Cierto es que en la clínica, en la psicopatología y en la misma experiencia psicológica humana no siempre es posible delimitar claramente las fronteras entre lo normal y anormal y entre las diversas subespecies de lo anómalo, pero si dejamos que persista la empanada psicopatológica será difícil no ya que avance la Psiquiatría, sino que quienes la ejercemos no cometamos más de un desaguisado que sería evitable si tuviéramos más claros sus conceptos básicos. Urge, pues, que los grandes cerebros de la especialidad se pongan manos a la obra, profundicen en sus estudios, y dediquen el tiempo y el esfuerzo que actualmente destinan a suministrar material pintoresco a a esta sección, a consolidar nuestros conocimientos y las bases científicas y filosóficas de la Psiquiatría. Puesto que como hemos visto la música aumenta el rendimiento laboral, para favorecer su productividad en esta ardua tarea pongo a su disposición mis CDs del tío Van y de Kepa Junkera.



Fuentes:

Evers S, Ellger T. The clinical spectrum of musical hallucinations. J Neurol Sci 2004; 227: 55-65 [Abstract].

Kraemer DJ, Macrae CN, Green AE, Kelley WM. Musical imagery: sound of silence activates auditory cortex. Nature 2005 ; 434: 158 [Abstract]

Warner N, Aziz V. Hymns and arias: musical hallucinations in older people in Wales. Int J Geriatr Psychiatry 2005; 20: 658-60 [

posted by Juan  # 10:51


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