Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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9.10.05

Efectos (secundarios) musicales 

Existen varias maneras de conceptualizar la música. Para Napoleón Bonaparte era el menos desagradable de los ruidos, pero desde un punto de vista técnico es más correcto describirla como el arte del sonido de la voz humana, de los instrumentos musicales o de unos y otros a la vez, bajo los aspectos de la melodía, la armonía y el ritmo. Desde las nanas hasta el réquiem, los humanos vivimos rodeados de la música, la creamos y la disfrutamos. Asociamos melodías a situaciones concretas, a estados de ánimo, a personas, a lugares, a ilusiones, a decepciones, a sinsabores. Así que es tan natural como justo que siguiendo la línea iniciada la pasada semana dediquemos a este arte y este placer algunos capítulos. Empezaremos hoy por sus supuestos efectos perjudiciales.

Quienes más los sufren son los humanos dedicados a la producción de música, que están expuestos a una amplia lista de las llamadas tecnopatías o trastornos derivados de su actividad laboral. Aunque pueda sorprender, el problema ha merecido la atención de más de 20 centros especializados en los EEUU y fue tema del libro “Tecnopatías del músico”, publicado en 1996 por el traumatólogo Luis Orozco y el profesor de música Joaquín Solé. Más aún: se trata de una asignatura estudiada en los conservatorios. De la magnitud del problema de idea de que en Gran Bretaña más del 15% de los especialistas en música clásica está de baja un mes al año por trastornos físicos y mentales relacionados con su profesión. En una encuesta realizada en EEUU entre profesionales se comprobó que casi el 30% había sufrido alguna lesión relacionada con su actividad.

Y es que los profesionales pasan muchas horas produciendo música, ya sea mediante el canto o a través del tañido de instrumentos. Esto supone una sobrecarga para órganos que no están diseñados para un esfuerzo continuado o para mantener posturas y realizar movimientos poco relacionados con las actividades del humano recolector que éramos hasta prácticamente anteayer en términos evolutivos.

El instrumento musical al que todos tenemos acceso es la voz. Todos tenemos, por lo tanto, la posibilidad de comprobar los efectos de la sobrecarga del aparato fonador o la agresión que le suponen las sustancias o ambientes tóxicos. Pero en un plano más especializado, los diversos instrumentos “artificiales” ofrecen la posibilidad de desarrollar una amplia gama de lesiones. Sin entrar en los efectos psicológicos, de carácter, digamos fóbico social, como la hiperhidrosis o el llamado trac (que un afamado futbolista denominó “miedo escénico”), comenzaremos diciendo que los instrumentos de viento acarrean lesiones labiales y dentales. Es habitual que saxofonistas y clarinetistas sufran lesiones dentales, en particular, maloclusiones por retrognatismo. Los trompetistas pueden terminar sufriendo roturas fibrilares en los orbiculares de los labios, zona que también se resiente en los especialistas en armónica, como recordarán quienes hayan visto “The Last Waltz”, de Scorsese, con el último concierto y los recuerdos de The Band. Existe cierta controversia respecto al riesgo de hipertensión arterial que afrontan quienes tocan la tuba. Y, por fin, el acordeón de concertista es un aparejo de enorme peso que provoca lesiones en la columna cervical y dorsal.

Las posturas forzadas de manos y dedos que exigen los instrumentos de cuerda o el piano degeneran en tendinitis y en distonías dolorosas y muy limitantes. Eso sin contar con lesiones como la que sufrió en un concierto en Bilbao, hace ya muchos años, el bajista de un conocido grupo británico, quien hubo de ser atendido en urgencias por un corte que le produjo la sacudida de una cuerda de su instrumento que se rompió en plena faena. Y tocar la batería entraña microtraumatismos sin fin que a la larga pueden provocar alteraciones musculares y osteoarticulares.

Según los datos de un estudio realizado por el Grupo de Estudios Medic-Musical, los instrumentos de percusión dañan al 33% de quienes los tocan; el piano y los teclados se quedan en el 30% y los instrumentos de viento, en el 27%. Mayor es aún el riesgo que supone tocar la guitarra y el bajo, con nada menos que un 57% de afectados entre sus intérpretes. Las estadísticas sobre las repercusiones de tocar estos dos últimos instrumentos el contrabajo son demoledoras: un 23% de los intérpretes presentan lesiones cervicales, el 18%, de muñeca, el 13%, en los dedos (de la mano, of course), el 8%, en la mano, otro 8%, en la columna lumbar, un 5%, en el antebrazo, porcentaje similar al de los lesionados en la columna dorsal; un 3% sufre alteraciones en el codo y otro tanto, en el brazo y, por último, el 1% llega a padecer lesiones en el pie. Vamos, que acaban hechos un cacharro.

Escuchar música también puede acarrear complicaciones. El ámbito más significativo es el de los conciertos de rock, cuyos destellos luminosos pueden provocar crisis convulsivas en los espectadores predispuestos. Y es conocido el riesgo de desmayo que entrañan, sobre todo para fans de sexo (perdón: género) femenino. Hace unos cuantos años, unos investigadores berlineses estudiaron el fenómeno en 40 de los más o menos 400 espectadores que se desmayaron en un concierto del grupo New Kids on the Block. Todas las entrevistadas eran mujeres de entre 11 y 17 años; dieciséis de ellas habían perdido el conocimiento, lo que sugería que el desmayo había sido un síncope. De hecho, en su relato a los investigadores existían abundantes factores favorecedores de síncope: insomnio o gau pasa la noche previa, ayuno desde la temprana hora de la mañana en que se habían presentado en el lugar para hacerse con un buen sitio, un tiempo muy prolongado de pie, hiperventilación y maniobras valsálvicas, bien por gritar a sus ídolos, bien por los apretujones sufridos.

Las restantes 24 se habían mantenido alerta, por lo que los autores conjeturaban que en su caso el cuadro había sido un ataque de pánico desencadenado bien por la ansiedad de verse estrujadas, apretadas y atrapadas en la muchedumbre, o bien porque la excitación situacional de ver de cerca de sus ídolos había dado lugar a hiperventilación.

La mayoría de las afectadas por el síncope eran las situadas más cerca del escenario, una zona en la que hay más apretujones, lo que aumenta el ortostatismo y las maniobras de Valsalva. La conclusión es que si se va a un concierto de rock lo procedente es ir bien dormido, bien comido, estar sereno y alejarse de la muchedumbre, algo que, como reconocen los autores, ningún fan adolescente hará nunca.

Más sorprendente es un artículo del urólogo Stacy J Childs quien en 1997 publicó un artículo, lamentablemente no localizable ya en la red, del que se hizo eco en su día Medscape, nada menos que en forma de editorial. Se revelaba el dr Childs contra un artículo de metodología estadística que poco antes había alcanzado unas conclusiones sobre el tratamiento quirúrgico de la neo de próstata muy distantes de la opinión generalizada entre los clínicos. Como contrapunto al citado estudio, nuestro hombre comentaba la experiencia de una unidad ambulante de litotricia que actuaba en la zona oeste de los EEUU, en la que a lo largo de las prolongadas sesiones de tratamiento se ofrecía a los pacientes la posibilidad de escuchar su música favorita. Nada menos que 6287 de 8000 pacientes (es decir, más del 78%) se habían decantado por la música country y western. Una segunda unidad móvil obtuvo hallazgos análogos, lo que sugería que este tipo de música tiene capacidad litogénica. Claro que si tenemos en cuenta que según lo recogido la semana pasada el country y western pertenece al grupo de la música optimista y convencional, cuyos amantes se caracterizan por ser alegres, extrovertidos, responsables, dispuestos de buen grado a ayudar a los demás y relativamente convencionales y por considerarse atractivos, también podemos pensar que en realidad el gusto por esta variedad musical no es sino un marcador de un tipo de personalidad predispuesto a la litiasis urinaria.

A ver, que alguien se anime a testar la hipótesis.


Fuentes:

Candia V, Elbert T, Altenmüller E, Rau H, Schäfer T, Taub E. Constraint-induced movement therapy for focal hand dystonia in musicians. Lancet 1999; 353: 42.

Chana-Cuevas P, Kunstmann-Rioseco C, Rodriguez-Riquelme T. Distonía del guitarrista: tratamiento con reeeducación sensorial. Rev Neurol 2003; 37: 637-40 [Texto completo]

Childs SJ. News etiology of urinary calculi. Infect Urol 1997; 10: 69

Harris LR. Horn playing and blood pressure. Lancet 1996; 348: 1042

Lempert T, Bauer M. Mass fainting at rock concerts. N Engl J Med 1995; 332: 1721

López Blanco M. Lisiados por la música. El 76% de los músicos ha tenido en algún momento de su vida problemas médicos provocados por tocar un instrumento. El Mundo, 24 de abril de 1997 [Texto completo]

Orozco DelclosL, Solé Escobar J. Tecnopatías del músico. Barcelona: Aritza Comunicación, 1996

posted by Juan  # 16:02


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