Continuamos con aspectos más o menos insólitos de la relación de los animales con los sucesos y descubrimientos médico-psiquiátricos. Si en semanas anteriores nos hemos referido a las consecuencias, negativas o positivas, para la salud humana, de la convivencia con animales, hoy presentaremos un curioso caso publicado hace años en el
American Journal of Psychiatry. Su autor es el psicogeriatra británico Robert Howard, que nos expone cómo la convivencia con un ser humano tuvo repercusiones negativas para lo que podríamos llamar la salud mental de un perro. Por analogía a lo que en Medicina se llama de antropozoonosis para englobar un grupo de enfermedades que se transmiten de los animales al hombre, aquí habría que hablar de
psicozoozantroponosis, o psicosis transmitida desde los humanos a los animales.
El caso que planteaba Howard era el de una anciana inglesa diagnosticada de lo que la escuela británica llama parafrenia tardía y que de hecho mostraba varios de los rasgos típicos del cuadro: edad avanzada, sexo femenino, déficit sensorial (auditivo) muy marcado y delirio en el que el perseguidor es capaz de actuar a distancia o atravesar muros y paredes (en este caso, el techo del piso de la paciente).
La paciente comenzó quejándose de que el vecino del piso superior hacía mucho ruido por la noche, con ánimo de molestarla. A lo largo de seis meses fue elaborando un delirio sistematizado en virtud del cual su vecino unos "
rayos violetas" para provocarle daños y lesiones corporales. De hecho, atribuía a estos rayos una serie de dolores de apariencia osteoarticular. Para protegerse de los rayos dormía debajo de la mesa de la cocina. Al percatarse (o creer percatarse) de que su perra se rascaba más también durante la noche (periodo de máxima actividad de los “
rayos violetas”), llegó a la conclusión de que el animal también estaba siendo víctima de las actividades del vecino. Con el fin de proteger a su mascota construyó un “
refugio antiaéreo” en la cocina con una mesita y unas maletas, y hacía que el can durmiera dentro de él.
Cuando el psiquiatra la visitó, observó que la conducta del animal había llegado a estar tan condicionada por las creencias de su dueña, que cada vez que se sentía un ruido en el piso superior (por ejemplo, el cierre de una puerta), la perra corría a la cocina y se escondía en su refugio. Aun más; si se le tenía atada en el salón y por lo tanto sin posibilidad de refugiarse, cada vez que había sonidos procedentes de la casa del vecino, la perra ladraba nerviosa hacia el techo.
Para Howard, el comportamiento de la perra no puede considerarse delirante, sino más bien un conjunto de respuestas condicionadas por las creencias y las conductas de su dueña. Sugiere que posiblemente pasen desapercibidos otros casos en los que los animales actúan de forma extraña condicionados por la enfermedad mental de sus dueños, y habla, en el título, de una “
folie à deux en la que participa un perro”.
Meses después su aportación recibió una respuesta desvalorizante por parte del norteamericano Alan Metz, que le criticaba precisamente porque en su trabajo Howard reconocía que la conducta del perro era condicionada y no delirante. Para Metz, nadie que conozca la relación entre una anciana solitaria y su perro pensaría con el caso clínico descrito en un diagnóstico psiquiátrico, sino que más bien lo consideraría algo lógico y simple. Howard respondió en el mismo número de la revista afirmando que cualquiera que haya dedicado un tiempo a reflexionar sobre la
folie à deux deberá preguntarse de qué manera un individuo psicótico puede inducir una creencia falsa a una persona sana, y aporta un trabajo en el que Schmidt, en 1949, proponía que precisamente el mecanismo no era otro que el condicionamiento del aprendizaje clásico. Para Howard, pues, el mismo mecanismo que produce en seres humanos creencias condicionadas (
folie à deux) produce en el animal conductas condicionadas, por lo que habría una semejanza que justificaría su planteamiento.
No es nuestra intención terciar en esta polémica, claro ejemplo de las elucubraciones a las que tan aficionados somos algunos psiquiatras, pero guiados por los más sabios y menos triviales de nuestros colegas, que recomiendan siempre volver a las fuentes originales, buscaremos luz en la descripción original del cuadro, publicada por Lasègue y Falret en 1877. Ambos son dos gigantes de la Psiquiatría del XIX.
Charles Lasègue (1809–1883) estudió inicialmente Literatura y fue professor de Filosofía en el Lycée Louis le Grand de Paris, donde tuvo como alumno a Baudelaire. Orientado después hacia la Medicina, carrera que empezó a estudiar con 23 años, fascinándose con la Psiquiatría. Fue amigo de Claude Bernard, quien lo condujo a la Salpêtrière, donde era jefe Jean-Pierre Falret (o Falret padre). La formación inicial de Lasègue en letras le hacía rechazar la tendencia de sus coetáneos psiquiatras sentían a basar la Psicología en la Filosofía, y a desarrollar una Psicología objetiva basada en la observación clínica.
Sus aportaciones fueron múltiples: En Neurología presentó criterios clínicos para diferenciar las enfermedades neurológicas de la histeria, describió el diagnóstico de ciática a partir del dolor provocado por la elongación de la pierna, signo que lleva su nombre. En Psiquiatría describió el
délire de persecution y su evolución (1852). También fue quien divulgó la “
anorexia histérica” (1873), en un trabajo que si bien fue más tardío que el de la “
apepsia histérica” del inglés Gull, se centraba de forma muy original en los síntomas psicológicos, las actitudes parentales y las interacciones familiares. Lasègue también hizo significativas aportaciones sobre sexopatología (“
De l’onanisme”, “
Les exhibitionistes”) y el delirium tremens (“
Le délire alcoholique n’est pas un délire, mais un rêve”).
A su vez,
Jean-Pierre Falret (1794-1870), jefe y maestro de Lasègue y padre de Jules, otro destacado psiquiatra galo, es conocido sobre todo por haber demostrado en 1854 que los accesos de manía y melancolía, considerados previamente dos enfermedades diferentes, no eran sino dos fases de una misma enfermedad, a la que llamó “
Folie Circulaire”. Otro destacadísimo coetáneo,
Jules-Gabriel Francois Baillarger (1815-1890) describió ese mismo año la “
Folie a Double Forme”, que venía a coincidir con el concepto de folie circulaire. Baillarger, que también describió la “
Melancolie avec Stupeur”, denominado más tarde “
Stupeur Melancolique” por Delasieuve, mantuvo una gran rivalidad con Falret a lo largo de su vida, con una especial disputa por la paternidad del descubrimiento de lo que hoy llamamos trastorno bipolar. La pugna se resolvió en tablas, al haber pasado
Emil Kraepelin (1856-1926) a la posteridad como el autor de referencia con su “
psicosis maniaco – depresiva”.
Pues bien, en 1877, Lasègue y Jean-Pierre Falret publicaron su artículo sobre la Folie à deux, con abundantes reseñas clínicas (hoy las llamaríamos “
viñetas”) cuya lectura deja una incómoda sensación de que sus desfavorecidas pacientes no sólo compartían síntomas y mecanismos psicológicos, sino también sinsabores, pobreza, soledad, abandono e infortunio. A partir de sus observaciones nuestros autores describieron los síntomas y algunas características del trastorno, como que uno de los dos integrantes de la pareja delirante, activo y más inteligente, crea el delirio y lo impone gradualmente al segundo, que constituye el elemento pasivo. Los dos individuos deben haber vivido durante mucho tiempo una vida en común, en el mismo medio, compartiendo el mismo modo de existencia, y también los mismos sentimientos, intereses, temores y esperanzas, ajenos a cualquier influencia exterior. El delirio debe ser verosímil, “
pertenecer a los límites de lo posible” (en términos del DSM-IV diríamos que para Lasègue y Falret serían especialmente inducibles las ideas del trastorno delirante, por ser “
no extrañas” e implicar
“situaciones que ocurren en la vida real, como ser seguido, envenenado, infectado, amado a distancia o engañado por el cónyuge o amante, o tener una enfermedad”). La enfermedad es más frecuente en la mujer, y aunque puede intervenir la herencia (ya que las parejas delirantes están constituidas muchas veces por dos miembros consanguíneos, como madre e hija, o dos hermanas), pero la existencia de parejas sin consanguinidad (matrimonio, amigas) sugiere que no es un trastorno de base hereditaria. El tratamiento consiste en separar a los dos miembros de la pareja, con lo que el segundo de ellos, generalmente menos afectado, no tardará en mejorar. La separación puede ser difícil de tolerar, ya que el miembro inducido o "
segundo" suele ser muy dependiente del miembro activo o inductor. Los autores ya señalaban en su artículo original que existen formas en las que participa un tercer miembro o incluso más personas, pero son la excepción.
Deteniéndonos en lo que podríamos denominar aspectos psicopatogénicos, Lasègue y Falret asimilan la inducción del delirio a la estafa. Como el estafado, la persona inducida cree a pies juntillas lo que le dice el delirante. Al igual que sucede en las estafas, debe haber una serie de factores de riesgo, como la inteligencia débil (o menos aguda que la del inductor), y lo que nuestros autores denominan el “
incentivo de un interés personal”, lo que asemeja al "
segundo" con el “
primo” víctima de un timo, que muerde gustoso el cebo de una ventaja económica. La perra de la paciente de Howard, además de adquirir conductas inducidas por un mecanismo de condicionamiento clásico, era evidentemente menos inteligente que su dueña, con la que en consonancia con las características del trastorno, vivió durante años en íntima relación, sin influencia exterior. Podría suponerse a la chucha el interés personal de seguir siendo mantenida y alimentada por su dueña y desde luego, dada la naturaleza de la relación entre los humanos y sus perros, la terapia de separación hubiera sido difícil. Digamos, pues, que la vuelta a la descripción original sugiere que Howard no exageraba al asimilar el cuadro a una folie à deux, en este caso, si se me permite la licencia,
psicozooantroponósica.
El caso se publicó en marzo de 1992, por lo que probablemente se envió a la revista en 1991. Por entonces la paciente tenía 83 años y la perra, 10, por lo que es muy probable que ambas (sobre todo la mascota) hayan fallecido. El autor nos cuenta que a causa de su falta de conciencia de enfermedad la paciente rechazó ingresar en un hospital, por lo que no sabemos qué fue de ella, pero en cualquier caso la evolución a largo plazo de la parafrenia es desfavorable. En apoyo a las tesis de Howard hay que decir que la soledad de la anciana y su perra, sus temores compartidos y la precariedad en la que vivían, también evocan los casos que apoyaron la descripción inicial de la folie à deux.
Fuentes
Chabrol H, Corraze J. Charles Lasègue, 1809–1883. Am J Psychiatry 2001; 158:28 [
Texto completo]
Consejo de Redacción (J. M.ª A.). Emil Kraepelin y la locura maniaco – depresiva. Revista de la AEN 1998; número 65 [
Texto completo]
Howard R. Folie à deux involving a dog. Am J Psychiatry; 1992; 149, 414
Lasègue C, Falret J. La folie à deux ou folie communiquée. Ann Med Psychol (Paris)
1877 ; 18: 321-355 (Recopilada en Corraze J. C. Lasègue, écrits psychiatriques. Toulouse : Privat, 1971).
Metz A. Folie à deux involving a dog. Am J Psychiatry 1993; 150: 172 (Respuesta: Howard R. Dr Howard replies. Am J Psychiatry 1993; 150: 172).
Schmidt AO. A case of folie à deux. J Abnormal Soc Psychol 1949; 44: 402-410
Continuamos con aspectos más o menos insólitos de la relación de los animales con los sucesos y descubrimientos médico-psiquiátricos. Si en semanas anteriores nos hemos referido a las consecuencias, negativas o positivas, para la salud humana, de la convivencia con animales, hoy presentaremos un curioso caso comunicado hace años en el American Journal of Psychiatry. Su autor, el psicogeriatra británico Robert Howard describía cómo la convivencia con un ser humano tuvo repercusiones negativas para lo que podríamos llamar la salud mental de un perro. Por analogía a lo que en Medicina se llama de antropozoonosis para englobar un grupo de enfermedades que se transmiten de los animales al hombre, aquí habría que hablar de
psicozoozantroponosis, o psicosis transmitida desde los humanos a los animales.
El caso que planteaba Howard era el de una anciana inglesa diagnosticada de lo que la escuela británica llama parafrenia tardía y que de hecho mostraba varios de los rasgos típicos del cuadro: edad avanzada, sexo femenino, déficit sensorial (auditivo) muy marcado y delirio en el que el perseguidor es capaz de actuar a distancia o atravesar muros y paredes (en este caso, el techo del piso de la paciente).
La paciente comenzó quejándose de que el vecino del piso superior hacía mucho ruido por la noche, con ánimo de molestarla. A lo largo de seis meses fue elaborando un delirio sistematizado en virtud del cual su vecino unos "
rayos violetas" para provocarle daños y lesiones corporales. De hecho, atribuía a estos rayos una serie de dolores de apariencia osteoarticular. Para protegerse de los rayos dormía debajo de la mesa de la cocina. Al percatarse (o creer percatarse) de que su perra se rascaba más también durante la noche (periodo de máxima actividad de los “
rayos violetas”), llegó a la conclusión de que el animal también estaba siendo víctima de las actividades del vecino. Con el fin de proteger a su mascota construyó un “
refugio antiaéreo” en la cocina con una mesita y unas maletas, y hacía que el can durmiera dentro de él.
Cuando el psiquiatra la visitó, observó que la conducta del animal había llegado a estar tan condicionada por las creencias de su dueña, que cada vez que se sentía un ruido en el piso superior (por ejemplo, el cierre de una puerta), la perra corría a la cocina y se escondía en su refugio. Aun más; si se le tenía atada en el salón y por lo tanto sin posibilidad de refugiarse, cada vez que había sonidos procedentes de la casa del vecino, la perra ladraba nerviosa hacia el techo.
Para Howard, el comportamiento de la perra no puede considerarse delirante, sino más bien un conjunto de respuestas condicionadas por las creencias y las conductas de su dueña. Sugiere que posiblemente pasen desapercibidos otros casos en los que los animales actúan de forma extraña condicionados por la enfermedad mental de sus dueños, y habla, en el título, de una “
folie à deux en la que participa un perro”.
Meses después su aportación recibió una respuesta desvalorizante por parte del norteamericano Alan Metz, que la desvaloraba prexiamente porque Howard reconocía que la conducta del perro era condicionada y no delirante. A su modo de ver, para cualquier persona que conozca la relación entre una anciana solitaria y su perro el caso clínico descrito no sugeriría en absoluto un diagnóstico psiquiátrico, sino más bien algo lógico y simple. En el mismo número de la revista Howard respondió afirmando que cualquiera que haya dedicado un tiempo a reflexionar sobre la folie à deux deberá preguntarse de qué manera un individuo psicótico puede inducir una creencia falsa a una persona sana, y aporta un trabajo en el que Schmidt, en 1949, proponía que precisamente el mecanismo no era otro que el condicionamiento del aprendizaje clásico. Para Howard, pues, el mismo mecanismo que produce en seres humanos creencias condicionadas (
folie à deux) produce en el animal conductas condicionadas, por lo que habría una semejanza que justificaría su planteamiento.
No es nuestra intención terciar en esta polémica, claro ejemplo de las elucubraciones a las que tan aficionados somos algunos psiquiatras, pero guiados por los más sabios y menos triviales de nuestros colegas, que recomiendan siempre volver a las fuentes originales, buscaremos luz en la descripción original del cuadro, publicada por Lasègue y Falret en 1877. Ambos son dos gigantes de la Psiquiatría del XIX.
Charles Lasègue (1809–1883) estudió inicialmente Literatura y fue professor de Filosofía en el Lycée Louis le Grand de Paris, donde tuvo como alumno a Baudelaire. Orientado después hacia la Medicina, carrera que empezó a estudiar con 23 años, y se fascinó con la Psiquiatría. Fue amigo de Claude Bernard, quien lo condujo a la Salpêtrière, donde era jefe Jean-Pierre Falret (o Falret padre). Curiosamente, su formación inicial en letras hacía desconfiar a Lasègue de la inclinación de sus coetáneos psiquiatras a explicar la Psicología desde la Filosofía y a desarrollar una Psicología objetiva basada en la observación clínica.
Lasègue describió el delirio de persecución y, con su maestro Falret, la
folie à deux. Sus aportaciones fueron múltiples: Presentó criterios clínicos para diferenciar las enfermedades neurológicas de la histeria, describió el diagnóstico de ciática a partir del dolor provocado por la elongación de la pierna -signo que lleva su nombre- y describió el
délire de persecution y su evolución (1852). También fue quien divulgó la “
anorexia histérica” (1873), en un trabajo que si bien fue más tardío que el de la “
apepsia histérica” del inglés Gull, se centraba de forma muy original en los síntomas psicológicos, las actitudes parentales y las interacciones familiares. Lasègue también hizo significativas aportaciones sobre sexopatología (“
De l’onanisme”, “
Les exhibitionistes”) y el delirium tremens (“
Le délire alcoholique n’est pas un délire, mais un rêve”).
A su vez,
Jean-Pierre Falret (1794-1870), jefe y maestro de Lasègue y padre de Jules, otro destacado psiquiatra galo, es conocido sobre todo por haber demostrado en 1854 que los accesos de manía y melancolía, considerados previamente dos enfermedades diferentes, no eran sino dos fases de una misma enfermedad, a la que llamó “
Folie Circulaire”. Otro destacadísimo coetáneo,
Jules-Gabriel François Baillarger (1815-1890) describió ese mismo año la “
Folie à Double Forme”, que venía a coincidir con el concepto de
folie circulaire. Baillarger, que también describió la “
Melancolie avec Stupeur”, denominado después “
Stupeur Melancolique” por Delasieuve, mantuvo una gran rivalidad con Falret a lo largo de su vida, con una especial disputa por la paternidad del descubrimiento de lo que hoy llamamos trastorno bipolar. La pugna se resolvió en tablas, al haber pasado
Emil Kraepelin (1856-1926) a la posteridad como el autor de referencia con su “
psicosis maniaco – depresiva”.
Pues bien, en 1877, Lasègue y Falret publicaron su artículo sobre la
Folie à deux, con abundantes reseñas clínicas (hoy las llamaríamos “
viñetas”) cuya lectura deja una incómoda sensación de que sus desfavorecidas pacientes no sólo compartían síntomas y mecanismos psicológicos, sino también sinsabores, pobreza, soledad, abandono e infortunio. A partir de sus observaciones nuestros autores describieron los síntomas y algunas características del trastorno, como que uno de los dos integrantes de la pareja delirante, activo y más inteligente, crea el delirio y lo impone gradualmente al segundo, que constituye el elemento pasivo. Los dos individuos deben haber vivido durante mucho tiempo, una vida en común, en el mismo medio, compartiendo el mismo modo de existencia, los mismos sentimientos, intereses, temores y esperanzas, ajenos a cualquier influencia exterior. El delirio debe ser verosímil y ha de “
pertenecer a los límites de lo posible” (en términos del DSM-IV diríamos que para Lasègue y Falret serían especialmente inducibles las ideas del trastorno delirante, por ser “
no extrañas” e implicar “
situaciones que ocurren en la vida real, como ser seguido, envenenado, infectado, amado a distancia o engañado por el cónyuge o amante, o tener una enfermedad”). La enfermedad es más frecuente en la mujer, y aunque puede intervenir la herencia (ya que las parejas delirantes están constituidas muchas veces por dos miembros consanguíneos, como madre e hija, o dos hermanas), pero la existencia de parejas sin consanguinidad (matrimonio, amigas) sugiere que no es un trastorno de base hereditaria. El tratamiento consiste en separar a los dos miembros de la pareja, con lo que el segundo de ellos, generalmente menos afectado, no tardará en mejorar. La separación, dada la dependencia y fidelidad hacia el inductor, no siempre es sencilla. Los autores ya señalaban en su artículo original que existen formas en las que participa un tercer miembro o incluso más personas, pero son la excepción.
Deteniéndonos en lo que podríamos denominar aspectos psicopatogénicos, Lasègue y Falret asimilan la inducción del delirio a la estafa. Como el estafado, la persona inducida cree a pies juntillas lo que le dice el delirante. Al igual que sucede en las estafas, debe haber una serie de factores de riesgo, como la inteligencia débil (o menos aguda que la del inductor), y lo que nuestros autores denominan el “
incentivo de un interés personal”. La ambición que en Criminología anima al “
primo” víctima de un timo, tiene así en ocasiones su paralelismo en el desencadenamiento de la folie à deux. La perra de la paciente de Howard, además de adquirir conductas inducidas por un mecanismo de condicionamiento clásico, era evidentemente menos inteligente que su dueña, con la que en consonancia con las características del trastorno, vivió durante años en íntima relación, sin influencia exterior. También podría suponerse a la chucha el interés personal de seguir siendo mantenida y alimentada por su dueña, y por la naturaleza de la relación entre los perros y sus amos, es de esperar que el "trtamiento mediante la separación" hubiera sido mal tolerado al principio por el can. Digamos, pues, que la vuelta a la descripción original sugiere que Howard no exageraba al asimilar el cuadro a una
folie à deux, en este caso, si se me permite la licencia,
psicozooantroponósica.
El caso se comunicó en marzo de 1992, por lo que probablemente se envió a la revista en 1991. Por entonces la paciente tenía 83 años y la perra, 10, por lo que es muy probable que ambas (sobre todo la mascota) hayan fallecido. El autor nos cuenta que a causa de su falta de conciencia de enfermedad la paciente rechazó ingresar en un hospital, por lo que no sabemos qué fue de ella, pero en cualquier caso, la evolución a largo plazo de la parafrenia es desfavorable. En apoyo a las tesis de Howard hay que decir que la soledad de la anciana y su perra, sus temores compartidos, la precariedad en la que vivían, también evocan los casos que apoyaron la descripción inicial de la
folie à deux.
Fuentes:
Chabrol H, Corraze J. Charles Lasègue, 1809–1883. Am J Psychiatry 2001; 158:28 [
Texto completo]
Consejo de Redacción (J. M.ª A.). Emil Kraepelin y la locura maniaco – depresiva. Revista de la AEN 1998; número 65 [
Texto completo]
Howard R. Folie à deux involving a dog. Am J Psychiatry; 1992; 149, 414
Lasègue C, Falret J. La folie à deux ou folie communiquée. Ann Med Psychol (Paris)
1877 ; 18: 321-355 (Recopilada en Corraze J. C. Lasègue, écrits psychiatriques. Toulouse : Privat, 1971).
Metz A. Folie à deux involving a dog. Am J Psychiatry 1993; 150: 172 (Respuesta: Howard R. Dr Howard replies. Am J Psychiatry 1993; 150: 172).
Schmidt AO. A case of folie à deux. J Abnormal Soc Psychol 1949; 44: 402-410