Hablábamos la pasada semana de los problemas infecciosos que había acarreado a los humanos el trato con otras especies animales a través de la domesticación. Sin embargo, no sería completo nuestro análisis si no nos detuviéramos en los beneficios que suponen las mascotas para nuestra salud. Anticiparemos que nuestra exploración de hoy se refiere al beneficio de las mascotas para la salud cardiovascular de su dueño, y que alguna de las contribuciones que recogeremos se han publicado en números navideños (y por lo tanto, un tanto gansos) del Medical Journal of Australia.
Hace cerca de dos años, la citada revista publicó en un número serio una
breve revisión del asunto en la que como sucede a menudo cuando uno se empapa acerca de una cuestión no se alcanzaban conclusiones determinantes. A lo más que llegaba su autor, Bruce Headey, era a una tibia impresión favorable que podría perfectamente resumirse en el cauto subtítulo: “las mascotas probablemente aportan beneficios para la salud, pero no sabemos cuál es el mecanismo de esta protección”. Los beneficios son básicamente de orden cardiovascular, según casi todos los autores, y se relacionan con la serenidad que la mascota aporta a su propietario, o con el régimen de vida más saludable que conlleva en particular el ritual de sacar a pasear al perro.
Así, por ejemplo, un
trabajo de Allen y colaboradores publicado en 2001 intentó evaluar prospectivamente el efecto de las mascotas sobre la tensión arterial (TA). Para ello, reunieron un grupo de 48 hipertensos (24 varones y 24 mujeres, con 18 blancos –perdón: caucásicos- y 6 negros –perdón: afroamericanos- en cada sexo –perdón: género-, todos los cuales tenían ocupaciones o profesiones altamente estresantes). A todos ellos se les realizaron diversas medidas basales en la consulta y posteriormente se les hizo realizar dos “tareas psicológicas estresantes” (cálculo aritmético y hablar) en su domicilio, mientras se les controlaba diversas variables tensionales y analíticas. A continuación, se les pautó a todos una dosis estándar de lisinopril (complementada en los afroamericanos por 12.5 mg de hidroclorotiazida), y se indicó a 24 de ellos (no se nos detalla su raza, perdón: grupo étnico) que se agenciaran un gato o un perro, según les pareciera mejor. Seis meses después se repitieron las mediciones y las tareas estresantes; en la medición en casa de los pacientes con mascota, la evaluación se hizo mientras el animal andaba a su aire en la habitación en que tenía lugar la experiencia. Una vez analizados los resultados se apreció que el lisinopril era capaz de reducir la TA en reposo, ya que tanto los hipertensos con mascota como los que no la tenían habían rebajado sustancialmente los valores iniciales. Sin embargo, en la prueba estresante la TA de los pacientes sin mascota aumentaba significativamente en relación con la de los propietarios de animal. La conclusión, pues, fue que ser dueño de una mascota reduce la respuesta hipertensiva al estrés. No se nos cuenta si se preciaron diferencias entre tener perro o gato. Un matiz interesante, que aportan los propios autores, y que no debemos perder de vista para no precipitarnos en nuestras conclusiones, es que no se aleatorizó la compra de la mascota, sino que los 24 pacientes que lo hicieron estaban previamente dispuestos a ello. Por lo tanto, podría ser que el efecto protector del animal tuviera que ver con aspectos psicológicos o caracteriales de su dueño. Por otra parte, al tratarse de pacientes que previamente no tenían animal doméstico, uno podría hipotetizar que la mejoría tenía que ver con la ilusionante novedad de tenerla, por lo que debería repetir la experiencia al de dos o tres años de convivencia con el animal para ver si persistía su efecto.
En este sentido es ilustrativo el resultado de
otro estudio, realizado en Australia por Parslow y Jorm (este último, un notable psicogeriatra y epidemiólogo), sobre 5079 adultos, de los cuales el 57% ya poseían una o más mascotas (perro, gato, pájaro, pez, otros). Pues bien, contrariamente a lo que podría esperarse tener bicho en casa se asociaba a un nivel educativo más bajo, así como a una serie de factores de riesgo cardiovasculares: valores más elevados de TA diastólica, índice masa – corporal más alto y mayor tendencia a fumar. Aunque los autores del trabajo sugieren que haya otros factores más determinantes, la lectura superficial de sus hallazgos invita a pensar que el hecho de ser dueño de un animal doméstico, lejos de proteger de la enfermedad cardiovascular, puede contribuir a ella. Lamentablemente, no se nos dice cuánto tiempo venía durando la convivencia con animal de compañía, por lo que no podemos a la luz de este artículo responder a la duda que expresábamos anteriormente.
Más inquietantes son los resultados de
otra experiencia de Allen, publicada en 2002, en la que se examinó la “salud cardiovascular” de 240 parejas, la mitad de las cuales poseían mascota. Con el fin de apreciar las variaciones en su TA se les expuso a una prueba de estrés activo (cálculo mental) y a otra de estrés pasivo (introducir la mano en agua fría), estando presente un amigo, el cónyuge o la mascota. Los propietarios de mascota tenían valores de TA más bajos, y expuestos a estrés respondían de forma menos acusada y recuperaban antes los valores normales. Curiosamente el efecto protector era más notorio si el animal estaba presente cuando se exponía al sujeto al estrés. Pero aún más curiosamente, si estaba presente el cónyuge la elevación de la TA era más acusada, llegando a ser equiparable a la observada en los sujetos sin animal de compañía. Parece, pues, que en condiciones de estrés y desde el punto de vista cardiovascular la mascota es tan protectora como perjudicial es la pareja.
Otro trabajo australiano
estudia en un tono de sorna epidemiológica las ventajas de la actividad física ligada a pasear al perro. Según los cálculos de los autores, pasear al perro suponía el 22.9% de la actividad física moderada en Australia, y el 13% de la actividad física total. Esto indica que esta tarea aparentemente banal tiene una relevancia higiénica y epidemiológica importantísima, que podría aumentar incluso si se consiguiera persuadir a los propietarios de canes para que pasearan a su animal al menos durante 150 minutos cada semana. En efecto: con este tiempo de paseo la prevalencia de “actividad física suficiente” en la población pasaría del 41 al 71%, con la consiguiente mejora del nivel de salud y la no menos consecuente reducción de gastos sanitarios. De hecho, los autores estiman que si todos los dueños de perro lo pasearan durante más tiempo se conseguiría un aumento del 24% en el número de adultos “suficientemente activos” desde el punto de vista cardiovascular, lo que reduciría el impacto de la enfermedad y generaría un ahorro de unos 175 millones de dólares australianos. Aunque el hecho de sacar a pasear al perro supone aumentar el riesgo de que muerda a transeúntes (generando así un gasto sanitario), parece que el coste de la atención sanitaria a las víctimas queda muy por debajo del ahorro conseguido al reducir el impacto de la enfermedad cardiovascular en sus propietarios.
Ahora bien: existen otros mecanismos por los que las mascotas originar problemas de salud, y que deberían matizar tan optimistas valoraciones económico - sanitarias. Nos referimos al riesgo de traumatismos y caídas en sus propietarios.
Otro trabajo analizó las fracturas atendidas a lo largo de 18 meses en un hospital de Sydney en cuya producción había intervenido una mascota. En total fueron 16, y todas afectaron a ancianos (edad mínima: 75 años). Los animales implicados fueron en su mayoría perros y gatos, aunque también hubo una fractura de muñeca desencadenada por el intento de rescatar a un periquito, otra de cuello de fémur al rodar por las escaleras una anciana que llevaba una jaula con un canario, otra de la misma localización anatómica al caerse una señora que intentaba escalar un cercado para dar de comer a sus cabras y, en fin, otra de pelvis consecutiva a un empellón sufrido por otra dama que estaba dando de comer a una mula. Es de destacar que las mascotas sufrieron también lesiones, como sucedió en un lamentable suceso en el que el tropezón de una anciana son su gato y la subsiguiente caída sobre el animal resultó en una fractura de pelvis en la dueña y el deceso del felino.
¿Cómo podríamos sintetizar tan trascendentes y dispares hallazgos? Digamos que si Ud quiere reducir el impacto del estrés sobre su salud cardiovascular debería agenciarse una mascota y a ser posible tenerla a su lado en situaciones estresantes (por ejemplo, las guardias hospitalarias). Eso sí: si quiere apurar al máximo el beneficio cardiovascular asociado, es preferible que al tiempo que acaricia a su gato envíe Ud a su pareja a vendimiar hasta que cese el estímulo estresante. Deberá Ud tener en cuenta, además, que agenciarse una mascota es una esta medida sanitaria que podría tener caducidad y perder efectividad a lo largo del tiempo, salvo que la mascota sea un perro y aumente Ud progresivamente el tiempo que dedica a pasearlo. Visto el efecto protector de estas caminatas, deberá Ud considerar que las indemnizaciones que deba pagar a las víctimas de los mordiscos de su can son en realidad una inversión en salud y en años vividos sin dependencia. Y, como colofón, y a la espera de que alguien estudie la morbimortalidad ligada a las fracturas derivadas de la interacción con la mascota y los costes sanitarios de las mismas, es recomendable que pida Ud consentimiento informado a los ancianos a los que recomiende aliviar su soledad con la compañía de una mascota.
Una vez más, gracias a la epidemiología y la salud pública, cada vez estamos más cerca de un mundo feliz.
Fuentes:
Allen K, Blascovich J, Mendes WB. Cardiovascular reactivity and the presence of pets, friends, and spouses: the truth about cats and dogs. Psychosom Med 2002; 64: 727-39 [
Texto completo].
Allen K, Shykoff BE, Izzo JL Jr. Pet ownership, but not ace inhibitor therapy, blunts home blood pressure responses to mental stress. Hypertension 2001; 38: 815-20 [
Texto completo].
Bauman AE, Russell SJ, Furber SE, Dobson AJ. The epidemiology of dog walking: an unmet need for human and canine health. Med J Aust 2001; 175: 632-4 [
Texto completo].
Headey B. Pet ownership: good for health? Med J Aust 2003; 179: 460-1 [
Texto completo].
Kurrle SE, Day R, Cameron ID. The perils of pet ownership: a new fall-injury risk factor. Med J Aust 2004; 181: 682-3 [
Texto completo].
Parslow RA, Jorm AF. Pet ownership and risk factors for cardiovascular disease: another look. Med J Aust 2003;179: 466-8 [
Texto completo].
Hablábamos la pasada semana de los problemas infecciosos que había acarreado a los humanos el trato con otras especies animales a través de la domesticación. Sin embargo, no sería completo nuestro análisis si no nos detuviéramos en los beneficios que suponen las mascotas para nuestra salud. Anticiparemos que nuestra exploración de hoy se refiere al beneficio de las mascotas para la salud cardiovascular de su dueño, y que alguna de las contribuciones que recogeremos se han publicado en números navideños (y por lo tanto, un tanto gansos) del
Medical Journal of Australia.
Hace cerca de dos años, la citada revista publicó en un número serio una breve
revisión del asunto en la que como sucede a menudo cuando uno se empapa acerca de una cuestión no se alcanzaban conclusiones determinantes. A lo más que llegaba su autor, Bruce Headey, era a una tibia impresión favorable que podría perfectamente resumirse en el cauto subtítulo: “
las mascotas probablemente aportan beneficios para la salud, pero no sabemos cuál es el mecanismo de esta protección”. Los beneficios son básicamente de orden cardiovascular, según casi todos los autores, y se relacionan con la serenidad que la mascota aporta a su propietario, o con el régimen de vida más saludable que conlleva en particular el ritual de sacar a pasear al perro.
Así, por ejemplo, un trabajo de
Allen y colaboradores publicado en 2001 intentó evaluar prospectivamente el efecto de las mascotas sobre la tensión arterial (TA). Para ello, reunieron un grupo de 48 hipertensos (24 varones y 24 mujeres, con 18 blancos –perdón:
caucásicos- y 6 negros –perdón:
afroamericanos- en cada sexo –perdón:
género-, todos los cuales tenían ocupaciones o profesiones altamente estresantes). A todos ellos se les realizaron diversas medidas basales en la consulta y posteriormente se les hizo realizar dos “
tareas psicológicas estresantes” (cálculo aritmético y hablar) en su domicilio, mientras se les controlaba diversas variables tensionales y analíticas. A continuación, se les pautó a todos una dosis estándar de lisinopril (complementada en los afroamericanos por 12.5 mg de hidroclorotiazida), y se indicó a 24 de ellos (no se nos detalla su raza, perdón:
grupo étnico) que se agenciaran un gato o un perro, según les pareciera mejor. Seis meses después se repitieron las mediciones y las tareas estresantes; en la medición en casa de los pacientes con mascota, la evaluación se hizo mientras el animal andaba a su aire en la habitación en que tenía lugar la experiencia. Una vez analizados los resultados se apreció que el lisinopril era capaz de reducir la TA en reposo, ya que tanto los hipertensos con mascota como los que no la tenían habían conseguido rebajar los valores iniciales. Sin embargo, en la prueba estresante la TA de los pacientes sin mascota aumentaba significativamente en relación con la de los propietarios de animal. La conclusión, pues, fue que ser dueño de una mascota reduce la respuesta hipertensiva al estrés. No se nos cuenta si se preciaron diferencias entre tener perro o gato.
Un matiz interesante, que aportan los propios autores, y que no debemos perder de vista para no precipitarnos en nuestras conclusiones, es que no se aleatorizó la compra de la mascota, sino que los 24 pacientes que lo hicieron estaban previamente dispuestos a ello. Por lo tanto, podría ser que el efecto protector del animal tuviera que ver con aspectos psicológicos o caracteriales de su dueño. Por otra parte, al tratarse de pacientes que previamente no tenían animal doméstico, uno podría hipotetizar que la mejoría tenía que ver con la ilusionante novedad de tenerla, por lo que debería repetir la experiencia al de dos o tres años de convivencia con el animal para ver si persistía su efecto.
En este sentido es ilustrativo el resultado de otro estudio, realizado en Australia por
Parslow y Jorm (este último, un notable psicogeriatra y epidemiólogo), sobre 5079 adultos, de los cuales el 57% ya poseían una o más mascotas (perro, gato, pájaro, pez, otros). Pues bien, contrariamente a lo que podría esperarse tener bicho en casa se asociaba a un nivel educativo más bajo, así como a una serie de factores de riesgo cardiovasculares: valores más elevados de TA diastólica, índice masa – corporal más alto y mayor tendencia a fumar. Aunque los autores del trabajo sugieren que haya otros factores más determinantes, la lectura superficial de sus hallazgos invita a pensar que el hecho de ser dueño de un animal doméstico, lejos de proteger de la enfermedad cardiovascular, puede contribuir a ella. Lamentablemente, no se nos dice cuánto tiempo venía durando la convivencia con animal de compañía, por lo que no podemos a la luz de este artículo responder a la duda que expresábamos anteriormente.
Más inquietantes son los resultados de
otra experiencia de Allen, publicada en 2002, en la que se examinó la “
salud cardiovascular” de 240 parejas, la mitad de las cuales poseían mascota. Con el fin de apreciar las variaciones en su TA se les expuso a una prueba de estrés activo (cálculo mental) y a otra de estrés pasivo (introducir la mano en agua fría), estando presente un amigo, el cónyuge o la mascota. Los propietarios de mascota tenían valores de TA más bajos, y expuestos a estrés respondían de forma menos acusada y recuperaban antes los valores normales. Curiosamente el efecto protector era más notorio si el animal estaba presente cuando se exponía al sujeto al estrés. Pero aún más curiosamente, si estaba presente el cónyuge la elevación de la TA era más acusada, llegando a ser equiparable a la observada en los sujetos sin animal de compañía. Parece, pues, que en condiciones de estrés y desde el punto de vista cardiovascular la mascota es tan protectora como perjudicial es la pareja.
Otro trabajo australiano estudia en
un tono de sorna epidemiológica las ventajas de la actividad física ligada a pasear al perro. Según los cálculos de los autores, pasear al perro suponía el 22.9% de la actividad física moderada en Australia, y el 13% de la actividad física total. Esto indica que esta aparentemente banal tarea tiene una relevancia higiénica y epidemiológica importantísima, que podría aumentar incluso si se consiguiera persuadir a los propietarios de canes para que pasearan a su animal al menos durante 150 minutos cada semana. En efecto: con este tiempo de paseo la prevalencia de “
actividad física suficiente” en la población pasaría del 41 al 71%, con la consiguiente mejora del nivel de salud y la no menos consecuente reducción de gastos sanitarios. De hecho, los autores estiman que si todos los dueños de perro lo pasearan durante más tiempo se conseguiría un aumento del 24% en el número de adultos “
suficientemente activos” desde el punto de vista cardiovascular, lo que reduciría el impacto de la enfermedad y generaría un ahorro de unos 175 millones de dólares australianos. Aunque el hecho de sacar a pasear al perro supone aumentar el riesgo de que el can muerda a transeúntes (generando así un gasto sanitario), parece que el coste de la atención sanitaria a las víctimas queda muy por debajo del ahorro conseguido al reducir el impacto de la enfermedad cardiovascular en sus propietarios.
Ahora bien: existen otros mecanismos por los que las mascotas originar problemas de salud, y que deberían matizar tan optimistas valoraciones económico - sanitarias. Nos referimos al riesgo de traumatismos y caídas en sus propietarios.
Otro trabajo analizó las fracturas atendidas a lo largo de 18 meses en un hospital de Sydney en cuya producción había intervenido una mascota. En total fueron 16, y todas afectaron a ancianos (edad mínima: 75 años). Los animales implicados fueron en su mayoría perros y gatos, aunque también hubo una fractura de muñeca desencadenada por el intento de rescatar a un periquito, otra de cuello de fémur al rodar por las escaleras una anciana que llevaba una jaula con un canario, otra de la misma localización anatómica al caerse una señora que intentaba escalar un cercado para dar de comer a sus cabras y, en fin, otra de pelvis consecutiva a un empellón sufrido por otra dama que estaba dando de comer a una mula. Es de destacar que las mascotas sufrieron también lesiones, como sucedió en un lamentable suceso en el que al tropezarse una anciana con su gato y caer sobre el animal sobrevino una fractura de pelvis en la dueña y el deceso del felino.
¿Cómo podríamos sintetizar tan trascendentes y dispares hallazgos? Digamos que si Ud quiere reducir el impacto del estrés sobre su salud cardiovascular debería agenciarse una mascota y a ser posible tenerla a su lado en situaciones estresantes (por ejemplo, las guardias hospitalarias). Eso sí: si quiere apurar al máximo el beneficio cardiovascular asociado, es preferible que al tiempo que acaricia a su gato envíe Ud a su pareja a vendimiar hasta que cese el estímulo estresante. Deberá Ud tener en cuenta, además, que agtenciarse una mascota es una medida sanitaria que podría tener caducidad y perder efectividad a lo largo del tiempo, salvo que la mascota sea un perro y aumente Ud progresivamente el tiempo que dedica a pasearlo. Visto el efecto protector de estas caminatas, deberá Ud considerar que las indemnizaciones que deba pagar a las víctimas de los mordiscos de su can son en realidad una inversión en salud y en años vividos sin dependencia. Y, como colofón, y a la espera de que alguien estudie la morbimortalidad ligada a las fracturas derivadas de la interacción con la mascota y los costes sanitarios de las mismas, es recomendable que pida Ud consentimiento informado a los ancianos a los que recomiende aliviar su soledad con la compañía de una mascota.
Una vez más, gracias a la epidemiología y la salud pública, cada vez estamos más cerca de un mundo feliz.
Fuentes:
Allen K, Blascovich J, Mendes WB. Cardiovascular reactivity and the presence of pets, friends, and spouses: the truth about cats and dogs. Psychosom Med 2002; 64: 727-39 [
Texto completo].
Allen K, Shykoff BE, Izzo JL Jr. Pet ownership, but not ace inhibitor therapy, blunts home blood pressure responses to mental stress. Hypertension 2001; 38: 815-20 [
Texto completo].
Bauman AE, Russell SJ, Furber SE, Dobson AJ. The epidemiology of dog walking: an unmet need for human and canine health. Med J Aust 2001; 175: 632-4 [
Texto completo].
Headey B. Pet ownership: good for health? Med J Aust 2003; 179: 460-1 [
Texto completo].
Kurrle SE, Day R, Cameron ID. The perils of pet ownership: a new fall-injury risk factor. Med J Aust 2004; 181: 682-3 [
Texto completo].
Parslow RA, Jorm AF. Pet ownership and risk factors for cardiovascular disease: another look. Med J Aust 2003;179: 466-8 [
Texto completo].