La Medicina, incluso la Psiquiatría, no es una ciencia en sentido estricto. O al menos, sus fines difieren notablemente de los de las ciencias propiamente dichas. El saber científico persigue adquirir un conocimiento creíble y seguro acerca del mundo, mientras que el saber médico es práctico o instrumental, en cuanto persigue la conservación de la salud o la prevención o superación de la enfermedad.
Los estudios que no guardan relación con la prevención o tratamiento de las enfermedades despiertan en los clínicos un cierto desdén, cuando no desconfianza, por cuanto nos parecen un lujo, una lamentable pérdida de tiempo a la búsqueda de una verdad no práctica, no asistencial. De alguna manera, es como si nos pusiéramos muy, muy dignos, y proclamáramos, cuando menos para nosotros mismos: “qué manera de perder el tiempo, cuando podrían estar dedicando su esfuerzo y su presupuesto a curar X” (donde X es cualquier enfermedad o pseudoenfermedad de las que afligen al ser humano contemporáneo, sobre todo occidental). Hay veces en que este puritanismo está justificado, como lo demuestran los estudios gansos, sin dimensión asistencial alguna, que recoge esta sección domingo a domingo, pero otras veces el empeño de los médicos (o profesiones afines) por obtener conocimientos no relacionados directamente con la práctica sanitaria puede aportar provechosísimos frutos a la Humanidad en general, contribuyendo al avance de nuestra especie hacia la felicidad y armonía plenas que persigue desde la noche de los tiempos. Como botón de muestra dedicaremos hoy nuestra atención a los altruistas y beneméritos a dos trabajos realizados en España que consideramos están llamados a imponer un definitivo golpe de timón en la manera en que se concibe y regula una de las actividades humanas más trascendentes: el fútbol.
El problema que se plantearon los investigadores fue si el ojo del árbitro asistente (antes llamado juez de línea o incluso linier) está capacitado para evaluar si hay situación de fuera de juego con la precisión científica que todo partido requiere y que los espectadores (sobre todo si somos seguidores de alguno de los dos equipos en liza) exigimos.
La primera aportación fue publicada en Lancet en 1998, y contaba entre sus autores con un árbitro que dirigía por entonces partidos de la 1ª División española. Sus conclusiones, tras estudiar sesudamente diversas situaciones que podrían plantearse teóricamente en un partido de fútbol, era que la velocidad de los movimientos sacádicos del ojo humano no daba ni de lejos para juzgar las jugadas complicadas, ya que no podía acompasarse a la velocidad media (incluso tirando por lo bajo) de los atacantes y defensores, moviéndose en dirección contraria, además, y al movimiento del balón. Su estudio era puramente teórico, y no de campo (en todas las acepciones del término), por lo que no contemplaba otros factores que pueden confundir más aún al árbitro auxiliar, como la precisión del pase, los posibles rebotes, lo regado que esté el campo, los gritos del público y las continuas referencias a su madre por parte del inevitable espectador insufrible, que pueden limitar su concentración.
Más recientemente, en su último número navideño, el British Medical Journal publicó un artículo de Francisco Belda Maruenda, médico del centro de salud de Alquerías (Murcia) que abundaba en la incapacidad del ojo humano para detectar de forma instantánea todos los movimientos que intervienen en la jugada. Al igual que los autores del trabajo previo, el autor llegaba a la conclusión de que la regla del fuera de juego no tiene en cuenta que el ojo humano no está equipado para valorarla debidamente. En efecto, en una jugada clásica de fuera de juego el sufrido árbitro asistente debe seguir a nada menos que cinco objetos que se mueven simultáneamente: dos futbolistas atacantes, dos defensas y el balón.
Según comenta el autor en Diario Médico, "el tiempo que tarda el ojo en detectarlos es el sumatorio de la integración de los movimientos oculares y la acomodación que tenga que realizar. La situación ideal se daría cuando todos los jugadores y el balón se encuentran dentro del campo visual". Lamentablemente, esto no es lo más frecuente, en especial en jugadas cercanas a la banda o en contraataques en los que hay grandes distancias entre los jugadores. Belda ha calculado que la velocidad mínima para localizar a los cuatro jugadores que participan en la jugada es de al menos 160 milisegundos. Tan sólo para localizar al primer jugador, el ojo consume 130 milisegundos, y para ubicar a cada uno de los restantes necesitaría 10 milisegundos más, lo que es incompatible con los requerimientos reales de la jugada. No es extraño, por lo tanto, que muchas veces se equivoquen, o que en los partidos con repetición moviolizada de las jugadas conflictivas muchas veces la tasa de acierto del linier se aproxime al 50% (esto es, al puro churro).
Así pues, los errores de los árbitros asistentes se deben fundamentalmente a que en el momento en que se concibió la regla del fuera de juego (1866) no había un suficiente conocimiento sobre la fisiología de la motilidad ocular. Por lo tanto, o se modifica la norma, o habrá que apoyarse en procedimientos técnicos, como la imagen controlada o, como ya se ha propuesto,
microchips o
sistemas de GPS. El día que los campos de fútbol estén equipados con estos artilugios las decisiones arbitrales serán más justas, y tendremos que reconocer que los estudios médicos sin aplicación directa sobre la salud pueden ser útiles para el progreso de la Humanidad.
Lamentablemente, con la tecnología se perderá seguramente la vidilla, el ambientillo que crean los fallos de los linieres, los abucheos, los insultos, los recuerdos y alusiones no siempre cariñosas a sus progenitores, que no tuvieron el buen juicio de hacerlos humanos mutantes con movimientos oculares ultrarrápidos. Y, claro, todo resultará un poco más aburrido. Pero la tecnología como vía hacia la felicidad aprieta pero no ahoga, y afortunadamente podremos seguir quejándonos y protestando, porque el fútbol seguirá contando con situaciones controvertidas, ya que gran parte de las decisiones arbitrales son más apreciativas que objetivas. Ese podría ser el momento adecuado para investigar por qué los errores, ya sean del árbitro asistente en la valoración del fuera de juego o del árbitro principal en otros lances del partido tienden a favorecer siempre a los equipos poderosos. Había que verificarlo experimentalmente, pero algo me dice que no son precisamente los movimientos oculares los responsables de este curioso sesgo.
Fuentes:
Anónimo.
Soccer to test ball with microchip beep. USA Today, 26 febrero 2005. Accedido el 1 de mayo de 2005
Belda Maruenda F Can the human eye detect an offside position during a football match? BMJ 2004;329:1470-1472 [
Comentario en Diario Médico]
Sadler JZ. Values and psychiatric diagnosis. Oxford: Oxford University Press, 2005
Sanabria J, Cenjor C, Marquez F, Gutierrez R, Martinez D, Prados-Garcia JL. Oculomotor movements and football's Law 11. Lancet 1998; 351: 268.
Whitfield J. Microwaves track football.
Shin-pad transmitters could end controversial offside rulings. En Nature News, 2 de noviembre de 2002. Accedido el 1 de mayo de 2005