Una de las características más llamativas de los fumadores es su capacidad para racionalizar y banalizar su hábito. En lo que se refiere a los riesgos que acarrea su humo para la salud de quienes no fumamos, no es raro que aseguren que mucho más tóxico y perjudicial es el polucionado aire que respiramos en las ciudades modernas. Hace años, en nuestras discusiones al respecto, una persona muy cercana a mí y tristemente ya fallecida insistía en que más molesto que el humo del tabaco es el olor que desprenden determinadas áreas y aparatos de muchos humanos, o que mucho más nauseabundas son determinadas colonias y perfumes que habitualmente son no sólo toleradas, sino respetadas como signo de distinción.
Los últimos años han dado la vuelta a la tortilla, con el reconocimiento de los riesgos del humo para los fumadores pasivos, que ha conducido a restricciones impensables hace no mucho tiempo. Desde el próximo uno de enero, los españoles sólo podrán fumar a en la calle, en casa, en el coche –en tanto no lo prohíba la Dirección General de Tráfico- y en zonas acotadas, después de que el pasado viernes
el Consejo de Ministros decidiera remitir al Congreso el proyecto de ley regulador de la venta, el suministro, el consumo y la publicidad de los productos del tabaco. Si prospera el proyecto, y es de imaginar que así será, estará prohibido fumar en centros de trabajo públicos y privados, salvo al aire libre; en centros y establecimientos sanitarios; en colegios e institutos; en instalaciones deportivas cubiertas; en zonas destinadas a la atención al público; en centros comerciales; en centros culturales; en bibliotecas, museos, salas de fiesta o de uso público en las que se permita la entrada a menores; áreas que elaboren, preparen o vendan alimentos; en ascensores, cabinas telefónicas y cajeros automáticos; en todos los transportes y, por último, en las estaciones de servicio.Se podrá instalar zonas para fumadores en centros de atención social, cárceles, hoteles, salas de fiesta sólo para adultos, bares, restaurantes y demás establecimientos de restauración cerrados y con una superficie útil para clientes igual o superior a cien metros cuadrados, teatros, cines y otros espectáculos públicos en lugares cerrados. También habrá fumaderos en estaciones de autobuses, trenes, puertos y aeropuertos. La norma prevé sanciones económicas, desde una multa de 30 euros para quienes fumen en zonas donde exista una prohibición total o fuera de los espacios habilitados, siempre que no sean reincidentes. Existe la posibilidad, incluso, de sanciones muy graves, con una cuantía de hasta 600.000€.
¿Existe un adecuado apoyo o justificación científica para estas drásticas medidas, o nos hallamos ante una imposición políticamente correcta que sobredimensiona los riesgos del tabaquismo pasivo? Ciertamente mi condición de
nunca fumador pero
siempre víctima del humo de los fumadores, me aleja mucho de una posición de neutralidad, por lo que habremos de analizar la cuestión con detenimiento y cautela.
Conocido ya que los fumadores pasivos pueden sufrir enfermedades típicas del tabaquismo, debería determinarse si realmente los fumadores generan humo en cantidad suficiente para dar lugar a problemas de salud en quienes no fumamos. Para ello lo propio sería medir la concentración de humo en espacios compartidos por fumadores y no fumadores.
Un reciente trabajo, realizado en Barcelona, midió la concentración de nicotina (marcador de presencia de humo tabaquil y por lo tanto, de otros productos de notoria toxicidad) en distintos lugares públicos en los que teóricamente está prohibido fumar, con llamativos resultados. En centros educativos y sanitarios la concentración de nicotina era mínima (< 1 µgr/m3), pero los valores eran significativos en estaciones de tren (2,16 µgr/m'3), estaciones de metro (3,30 µgr/m3), aeropuertos (4,30 µgr/m3) y universidades (4,97 µgr/m3). Las concentraciones encontradas en restaurantes, de por sí preocupantes (12,36 µgr/m3), palidecían ante los espectaculares 130,65 µgr/m3 de promedio (máximo: 270,2 µgr/m3), de las discotecas analizadas, lo que supone alcanzar hasta 10 veces (20, en el caso de la discoteca más contaminada) la concentración típica de los hogares de fumadores. En términos comparativos, permanecer 8 horas en las discotecas barcelonesas analizadas equivale a fumarse nada menos que 15,78 cigarrillos (más de 31, por lo tanto, si uno se pasa esas ocho horas en la discoteca más polucionada).
Otro trabajo, italiano,
comparó el potencial contaminante de los cigarrillos con el de los nuevos motores diesel, menos dañinos para la atmósfera (en inglés se diría que son más environment-friendly). Para ello se utilizó un garaje ventilado y se comparó la concentración de partículas alcanzada tras dejar al ralentí un moderno motor diesel durante 30 minutos y la obtenida tras dejar consumir tres cigarrillos también durante media hora. Pues bien, la combustión del motor (el TDCi 2000 cc de un ford Mondeo) produjo 15 µgr/m3 de las tóxicas partículas PM10, mientras que los tres cigarrillos dieron lugar a una concentración de 36 µgr/m3, muy cercana a los 40 µgr/m3 fijados como límite por la Unión Europea. Así pues, aportan muchos más cancerígenos a la atmósfera los fumadores que los motores diesel, lo que reconforta mucho a quienes conducimos vehículos de esta clase.
Así pues, podemos animarnos a acusar a los fumadores de algo más que de las repercusiones de su humo sobre la salud de quienes los sufrimos. En una época en la que parece que todos nos preocupamos, al menos de boquilla, por la Ecología, también podríamos echarles en cara una acción contaminante más global, ya que además de nicotina y carcinógenos variados, la combustión de los cigarrillos genera cantidades apreciables de CO2, gas al que cabe achacar buena parte del efecto invernadero. Si se explota este argumento, es posible que a medio plazo los gobiernos sustituyan las multas por medidas de reclusión en centros de deshabituación forzosa del tabaquismo.
Pero en medio de todo, y tal vez a causa de un síndrome de Estocolmo, uno sentiría compasión por los fumadores si se les aplicasen tan drásticas medidas, por lo que aprovechando su inagotable capacidad para racionalizarlo y banalizarlo todo, les ofreceremos algunos contraargumentos. En lo que se refiere al efecto invernadero, algunos medios dicen que los principales emisores de gases nocivos son los intestinos de los rumiantes, generosos productores de metano, por lo que las ventosidades (con perdón) de las ovejas son mucho más peligrosas para la atmósfera que los cigarrillos o los motores. Tan inquietantes desde el punto de vista ecológico son los pedos (con perdón) de las ovejas, que hasta
se ha intentado mitigar su emisión mediante ingeniosas vacunas. Nos hallamos, pues, ante otro crimen ecológico a imputar a la especie ovina, ya que se asegura que la desertización de amplias superficies terráqueas (la estepa castellana, por ejemplo) se debe a la sustitución de bosque por pastizales a la que clásicamente ha obligado la amplísima y protegidísima actividad ganadera.
Por si no les fuera suficiente, ofreceremos otra racionalización a los fumadores acusados de ecologicidas. Recientes aportaciones cuestionan que determinadas formas de energías renovables sean realmente inocuas para el medio ambiente. Al parecer, las
presas productoras de energía hidroeléctrica suponen un daño importantísimo, no sólo por los árboles que elimina su construcción, sino porque los restos vegetales existentes en su fondo sufren una serie de reacciones bioquímicas putrefactantes que entrañan la emisión a la atmósfera de toda suerte de gases invernaderizantes.
Y para contrarrestar las críticas que se les viertan por emitir carcinógenos, les ofrecemos una perla: según un
reciente trabajo realizado en Holanda, en lo que a emisión de estos venenos se refiere, fumar es una conducta notoriamente más inocente que ciertas actividades pías. Theo de Kok y asociados midieron la concentración de las malvadas PM10 en una capilla con velas, al comienzo de los oficios religiosos y después de varias horas. Los resultados fueron inquietantes, ya que la combustión de las velas produjo concentraciones de entre 600 y 1000 µgr/m3, es decir, hasta más de 20 veces superiores a las autorizadas en Europa. No menos inquietante es que si leemos entre líneas, al comienzo de la experiencia (es decir, sin combustión de cera), la concentración de partículas era ya unas tres veces superior a la autorizada, lo que da idea de que la contaminación perdura en las capillas en las que se consumen velas. Además, en el aire analizado se encontraron concentraciones muy elevadas de hidrocarburos aromáticos policíclicos y de radicales libres de acción carcinogénica.
¡Cuánto habría sufrido mi árbol respiratorio si la persona a la que aludía al comienzo hubiera tenido conocimiento de estos datos…!
Fuentes:
de Kok TMCM, Hogervorst JGF, Kleinjans JCS, Briedé JJ. Radicals in the church. Eur Respir J 2004 24: 1069-1070 [
Comentario en Diario Médico].
Graham-Rowe D. Hydroelectric power's dirty secret revealed. NewScientist, 24 february 2005 [
Texto completo]
Invernizzi G, Ruprecht A, Mazza R, Rossetti E, Sasco A, Nardini S, Boffi R. Particulate matter from tobacco versus diesel car exhaust: an educational perspective. Tob Control 2004; 13: 219-21 [
Texto completo].
López MJ, Nebot M, Sallés J et al. Medición de la exposición al humo ambiental de tabaco en centros de enseñanza, centros sanitarios, medios de transporte y lugares de ocio. Gac Sanit 2004; 18: 451-7 [
Texto completo; hay que registrarse]
Wright
ADG, Kennedy P, O’Neill CJ et al. Reducing methane emissions in sheep by immunization against rumen methanogens. Vaccine 2004; 22: 3976-85 [
Abstract]