Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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3.4.05

Tabaco: 1.- Del cielo al infierno 

En los últimos años el tabaco ha pasado de ser uno de los productos más extendidos en nuestra cultura, de considerarse un auténtico sello de personalidad y de virilidad, a verse totalmente denostado, vilipendiado, señalado como fuente y causa de todo mal. Se ha sustituido la publicidad en los medios de comunicación por las advertencias sanitarias con estética de esquela en los paquetes; se ha erradicado el cigarrillo del cine y de la televisión, donde ni siquiera los malos fuman; ha alcanzado un súbito éxito el concepto de fumador pasivo y se han reconocido por fin las molestias y riesgos que el “humo de segunda mano”, que se dice en inglés, reporta a los no fumadores. De esta manera, se ha pasado de golpe a considerar que fumar es una conducta irrespetuosa en público y deplorable y arriesgada siempre. Se espera que desaparezca de nuestros locales sociales o laborales el clásico tufo a cigarrillo gracias a regulaciones que señalaron, primero, áreas restringidas para los viciosos y que pronto los expulsarán de todo espacio cerrado y compartido para mandarlos a fumar al intemperie.

Uno, que nunca jamás ha fumado, no tiene mucho aprecio por la sustancia y por sus consumidores, después de muchos años tragando el humo y viéndome obligado sistemáticamente a ceder mi derecho a respirar en un ambiente no cargado. No pocas veces estando acatarrado y tosiendo he tenido que compartir espacios con fumadores que no han depuesto su actitud a pesar de que era notorio que su humo irritaba aún más mi faringe. Pero a pesar de todo siempre he tenido en mi despacho un cenicero, porque creo que si ya muchas veces la visita al psiquiatra puede ser estresante, no es cuestión de aumentar la incomodidad del paciente prohibiéndole fumar.

Por cierto, que no puedo por menos que comparar mi tolerancia (no sé si es que mis muchos años de tragar humo sin chistar me han provocado un cierto grado de síndrome de Estocolmo) con el furibundo antitabaquismo de los ex - fumadores. Es verdad, una vez más, que los nuevos conversos son los peores; que los arrepentidos del pecado son los máximos azotes del pecador; que quienes más se solazaron en el vicio son una vez regenerados los que más temen verse atraídos por la tentación… pero sea como fuere, en mi modesta opinión se ponen muy pesados. Creo que sería más indulgente con su celo antitabaco si alguno de mis muchos amigos y compañeros ex - fumadores que en su momento me atufaron me reconociera algún día las molestias y toses que su humo pudiera causarme, en lugar de dedicarse ahora a señalar como apestados sociales a los que siguen fumando. También me merecería mayor credibilidad el actual celo interdictor de la administración si en algún momento hiciera examen de conciencia y público arrepentimiento de los muchos billones de maravedíes, reales, pesetas y euros (y francos, y libras, y dólares, y marcos, y…) que el hábito de fumar ha reportado a las arcas de los estados.

Todo este rollo introductorio tiene que ver con que repasando el archivo de hallazgos psiquiátricos y médicos pintorescos, estúpidos o, en términos generales, insólitos, he reparado que existe ya una cierta masa crítica como para dedicar algunas entregas al tabaco. Vamos a ello.

Salvo por una subespecie oriunda de Australia, el tabaco es una planta americana, con la que Colón y su gente trabaron contacto tan sólo tres días después de su llegada a las Antillas. El primer dato notable en relación con el producto es que los términos con los que se la nombra son inadecuados desde el punto de vista histórico – etimológico. En función de la zona de América en la que se consumiera, la planta se denominaba cogioba, cohobba (relacionado con una famosa marca de cigarros puros), quauhyetl, picietl, yietl, petum (¿tendrá algo que ver con los actuales “petas” de costo?) o betum. En realidad, tabaco o tavaco era una especie de pipa con dos ramas, cada una para un agujero de la nariz, con la que fumaban los americanos. Es posible que el término correspondiera no sólo al nombre del artilugio, sino, como diría la Real Academia, a la “acción y efecto” de emplearlo, pero no deja de tener gracia que el nombre con el que conocemos a la planta sea el de un artilugio para consumirla. Salvando las distancias, sería como si unos “descubridores” extranjeros de España utilizasen el término “tenedor” o “cuchara” para nombrar al arroz. Podemos consolarnos recordando que cierta especie marsupial debe su nombre a que fue lo que los aborígenes australianos respondieron a los exploradores británicos interesados en conocer el nombre de tan pintoresco animal. Aquellos siervos de su graciosa majestad desconocían que en el idioma de su interpelado “canguro” (o algo fonéticamente similar) quería decir “no te entiendo”.

Ya que hablamos de los nombres, recordaremos que el descubrimiento del nuevo mundo acarreó algunas paradojas en lo que a denominación se refiere. La más notable es que su nombre no se deriva de su “descubridor”, sino del de un cronista veneciano. También fue un destacado propagandista Jean Nicot, el embajador francés en Lisboa, del que deriva el nombre botánico de la planta (Nicotiana) y el término con el que se designa al alcaloide al que se atribuye la querencia dependiente del fumador por el cigarrillo. Apóstol incansable de las supuestas virtudes curativas de la planta, Nicot es un paradigma de los gags de Tip y Coll, que al referirse a cualquier objeto decían que los franceses atribuyen su descubrimiento a un Monsieur con un apellido imaginario construido al aplicar desinencia y fonética francesa al nombre del artilugio. Por cierto, que no siempre es cierto que los franceses se apropien de los hallazgos de ciudadanos de otros países, como bien nos demostró la historia del descubrimiento del VIH.

Nicot se hizo famoso, por lo tanto, mucho después de que el tabaco penetrara en Europa. Se dice que un tal Francisco Hernández Boncalo fue quien primero trajo al viejo continente semillas de la planta. Tal vez sería más justo, por lo tanto, hablar de boncalina (hernandezina suena francamente raro), en vez de nicotina. De hecho, es posible que el lector recuerde que hace unas décadas Tabacalera introdujo la marca Boncalo, cuya publicidad incidía en la necesidad de desfazer el entuerto histórico que supone el injusto mérito concedido a Monsieur Nicot. La reivindicación no tuvo éxito, quizás porque, al menos en opinión de mis amigos fumadores, la calidad del tabaco de la marca en cuestión no era muy competitivo.

La historia de los primeros siglos del tabaco en Europa es sorprendente. Se le atribuían unos espectaculares efectos que ahora llamaríamos psicoactivos, y pronto se divulgó su uso, generalizándose hasta tal punto que la Iglesia tuvo que prohibir que los sacerdotes fumaran en Misa so pena de excomunión. Los estados no tardaron en perseguir su tráfico (especialmente notable fue el celo de base puritana con el que se empleó en su represión el rey Jaime I de Inglaterra y VI de Escocia). Pero con el paso del tiempo los reyes descubrirían que era más interesante establecer un monopolio sobre su comercio y gravar con impuestos su consumo, esquema que ha perdurado hasta nuestros días, lo que da idea de su utilidad. Al otro lado del Atlántico, las exigencias de la corona británica a los terratenientes productores de tabaco causaron una enorme indignación que se considera un detonante decisivo de la rebelión y posterior independencia de las trece colonias que serían el germen de los actuales Estados Unidos.

No es menos chocante el uso medicinal, a lo largo de más de 300 años, del tabaco, propagado como hemos apuntado, por entusiastas del tipo de Monsieur Jean Nicot. Se utilizó tópicamente como antiséptico, como remedio para picaduras de reptiles e insectos, como analgésico, en la neuralgia, en la gota, como estimulante del crecimiento del cabello, en el tétanos, en el tratamiento de la tiña, en úlceras cutáneas, como cicatrizante. Nicot popularizó su uso en una afección dermatológica, el Noli-me-tangere, que en base a su descripción podría corresponder a lesiones cutáneas del lupus, a la sífilis o al carcinoma basocelular. También se empleó como analéptico respiratorio. Se invocaba su eficacia, per os, en la malaria y como emético en casos de obstrucción esofágica. Para el tratamiento de la hernia estrangulada se recomendaba tragar por vía digestiva humo de tabaco, y por la nariz para combatir los pólipos nasales. Y la vía rectal era la indicada para el tratamiento del estreñimiento y el sangrado hemorroidal. Todavía en 1924 se hablaba de que la mezcla de las hojas de tabaco con lanolina era un eficaz desecante, estimulante y antiséptico en cuadros de prurito, tiña, pie de atleta, úlceras y heridas superficiales. Por cierto, que la misma fuente aseguraba que este preparado era excelente para limpiar y abrillantar metales.

Gradualmente las supuestas virtudes medicinales del tabaco fueron dando paso a la preocupación por los posibles efectos deletéreos de su consumo en dosis altas. En 1828 se aisló la nicotina, a la que se atribuye el efecto psicoactivo del producto, a pesar de que las hojas del tabaco (y por lo tanto, los cigarrillos, el tabaco de pipa o los cigarros puros) contienen más de 4000 sustancias diferentes. En el mismo siglo un humilde trabajador norteamericano de raza negra tuvo la ocurrencia de liar tabaco en papel de periódico, lo que suponía incorporar nuevos aditamentos o tropiezos al humo que produce la combustión del tabaco, que entre otras sustancias sabrosonas contiene hidrocarburos aromáticos policíclicos, compuestos nitrogenados, acroleína, benceno, formaldehído, amoniaco, acetona, ácido acético (como el vinagre), y monóxido de carbono.. Todas ellas moléculas con virtudes irritantes, epiteliotóxicas y carcinogénicas. No sólo eso: el tabaco es en nuestros días el villano por antonomasia en la quijotesca batalla de la Medicina y la Salud Pública contra la Enfermedad. Sobradamente se conoce que el tabaquismo está en la raíz de todo tipo de cánceres o padecimientos respiratorios y cardiocirculatorios. También se empieza a hablar de su vinculación con problemas psiquiátricos como la depresión o el suicidio y merecen mención aparte los supuestos efectos tabaquismo materno sobre el feto, entre los que se habla de adicciones en la vida adulta, sociopatía y trastorno por déficit de atención. Pero más allá de estas psicoasociaciones, aún por perfilar, todos conocemos lamentablemente varias personas cercanas y queridas que han muerto por una enfermedad directamente relacionada con el seductor y envenenado humo de los cigarrillos.

Antigua panacea y moderno malvado, será difícil encontrar un producto que ejemplifique mejor que el tabaco demuestran los bandazos de la Medicina en su abordaje de cualquier cuestión.



Fuentes:

Charlton A. Medicinal uses of tobacco in history. J R Soc Med 2004; 97: 292-6.

Gately I. La diva nicotina. Barcelona: Ediciones B, 2003

posted by Juan  # 10:32


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