Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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21.2.05

Dime cómo te llamas y te diré de qué te diagnostico 

En cuanto un ser humano cumple las 24 horas de vida, se convierte en persona y es recibido en la sociedad mediante su inscripción en el Registro Civil. El acto administrativo de registrar al niño es una auténtica bienvenida burocrática que hace innecesaria, a mi modesto modo de ver, la ceremonia de bautizo civil que algunos padres celebran llegados sus hijos a una cierta edad.

Hoy en día los bautizos religiosos no son universales. Y no es sólo que no se bautiza a todos los niños, sino que la ceremonia suele posponerse unos meses. En mi generación, todo iba más o menos seguido: Al día de nacer, a uno le apuntaban en el Registro Civil; al de unos pocos días, le bautizaban. La póliza y el agua certificaban y marcaban la llegada al mundo de una persona. En ambas ceremonias, más allá de los ritos administrativos o religiosos, lo central era y es la imposición de nombre a la criatura. Curiosamente, de esta manera se cumple también el viejo adagio de Barandiarán respecto de la mitología baska: todo lo que tiene nombre existe. Una vez que nos adjudican nombre, somos, existimos. Antes, ni somos.

Seleccionar nombre para un hijo es una tarea muy importante, trascendental. El nombre que recibe un niño puede condicionar dramáticamente su futura existencia, no sólo por la caracterología atribuida a los nombres propios en función de su etimología, sino por otros factores. Por ejemplo, hace un tiempo se publicó una noticia que aseguraba que los hombres llamados Pablo eran los más feos de España. Este crucial dato debería figurar en los carteles informativos de los juzgados; si es posible, en folletos o trípticos en el propio mostrador del Registro Civil. No es cuestión de que el padre (en el segundo día tras el parto las madres suelen estar yacientes y es el padre por lo general el responsable del bautizo administrativo) los padres, digo, condicionen irreflexivamente el futuro estético y relacional de su hijo.

También debe tenerse en cuenta que la selección del nombre condicionará el mote o apodo familiar o amistoso con el que cargará toda su vida ese tierno infante. Si elige Ud Epifanio, no se extrañe de que todo el mundo llame a su hijo Epi; si se decanta por Rosario, no se queje si oye que llaman a su hija Charo; si opta por Fredesvinto, no se asombre si le llaman cualquier cosa.

Más aún: los nombres de pila son transparentes. Si llega a su conocimiento que una determinada persona se llama Ekaitz, podrá deducir, con prácticamente toda seguridad, que tiene menos de 30 años. Si se llama José Miguel, que supera esa edad. Si se llama Armando Emilio, será muy posible que el portador del nombre o su familia provengan de la Argentina. Prodigios de la capacidad deductiva humana.

La riqueza y variedad cultural de los nombres de pila, como no podía ser de otra manera, ha llamado la atención de la Psiquiatría, como lo demuestra un trabajo presentado por el psiquiatra británico Luke Birmingham en la reunión que el Royal College de Psiquiatras celebró en Edimburgo en julio de 2000. Este autor, dedicado habitualmente a tareas forenses, diseñó un curioso experimento que consistía en divulgar entre un montón de psiquiatras de su país una breve viñeta de una página de extensión con la historia del asalto al maquinista de un tren por parte de una persona de 24 años a la que denominó con los cuatro nombres de varón y de mujer más impuestos a los niños nacidos en 1974: Matthew y Wayne en el caso de los caballeros y Fiona y Tracey, en el de las damas.

Lo notable y sorprendente del experimento es que los 464 psiquiatras que respondieron categorizaron al protagonista de distinta manera en función de su nombre de pila. Así, mientras para más del 75% de los participantes Matthew padecía de un trastorno esquizofrénico y podría beneficiarse de un tratamiento específico, Wayne, cuya historia se presentaba con las mismas palabras, era evaluado como psicópata y/o toxicómano y la descripción que hacía de sus síntomas, como simulada. En cuanto a las damas, no hubo gran diferencia en la valoración de los psiquiatras entre el personaje llamado Fiona y el llamado Tracey. Es de imaginar que ambas fueron tildadas (perdón: quería decir diagnosticadas) de histéricas.

Para comprender las implicaciones del experimento debe tenerse en cuenta que los nombres seleccionados corresponden, según el autor, a los extremos del continuum social. Matthew y Fiona son nombres con gran implantación en los sectores acomodados de la sociedad británica, en tanto que Wayne y Tracey son frecuentes en los sectores más humildes (llamados a veces “populares”). Si se me permite la analogía, que espero no sea hiriente para nadie, en España Matthew vendría a ser Borja, Fiona sería Verónica, Wayne correspondería a Jonathan y, finalmente Tracey, a Vanessa (así, con dos “s”, aunque me salte el corrector ortográfico de Word).

Para el doctor Birmingham, detrás de la diferente valoración clínica se esconde un estereotipo social al que no son ajenos los psiquiatras, que interpretan como densamente psicopatológico el acto socialmente desviado de un personaje con nombre de clase alta y, en cambio, dan una significación psicopática y asocial al mismo acto cuando lo comete un personaje con nombre propio de clases más humildes. Nacido en estas últimas, sería de esperar que Wayne hubiera crecido inmerso en unas condiciones sociofamiliares y económicas desfavorables que a la larga determinarían una tendencia a los trastornos conductuales y al descontrol impulsivo. En cambio, la educación de Wayne en una ambiente más estructurado y seguro haría que un acto delictivo no tuviera más explicación que la de una enfermedad mental grave.

Esta trascendental investigación sugiere que además de por los criterios de estética y apelativo anteriormente expuestos los padres deberían ser muy cuidadosos con la elección del nombre de su retoño, al menos en el caso de los varones, si quieren evitar un trato prejuicioso en su posible interacción futura con psiquiatras. Esto daría por lo menos para un tercio del tríptico que proponíamos más arriba. En cambio, las mujeres -¡qué suerte tienen!- no están sujetas a este prejuicio. Se les puede poner el nombre que se quiera, porque al fin y a la postre todas ellas serán valoradas desde el prejuicio sexista y machista de la histeria.

posted by Juan  # 07:15


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