Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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9.1.05

Bata 

Aunque el título de esta entrega tal vez pueda inducir a error a algunos lectores, debemos aclarar que bata no se refiere aquí al nombre futbolístico de Agustín Sauto Arana (1908-1986), destacadísimo delantero centro del Athletic de Bilbao en la década de los 30, ganador de cuatro ligas y cuatro copas y máximo goleador en la temporada 1930-31. Más bien, de forma contrapuesta y complementaria al pijama del enfermo de la pasada semana, centraremos hoy nuestra atención en la bata del médico, o más precisamente, en la bata del psiquiatra.

Debo comenzar declarando mi antipatía por la bata. Se me hace una prenda incómoda, fuente de calor excesivo y fácil de extraviar si se confía al servicio de lavandería del hospital. Fomenta también mi recelo en recuerdo de algunos compañeros de la facultad particularmente fatuos y tan encantados de ser estudiantes del Medicina, que desde las primeras semanas de curso jugaban a médicos (en la acepción más fantasmona y menos erótica del concepto) y no se quitaban la bata ni siquiera en actividades tan extraacadémicas como tomar una cerveza en el Baserri después de las prácticas de anatomía. Viví además algunas anécdotas que contribuyeron a socavar su imagen supuestamente solemne; la más notable fue la protagonizada por un amigo que utilizó mi bata en unos carnavales para disfrazarse de médico, con el resultado de que, no sé si por su porte o por lo descangayado de mi prenda, obtuvo espontáneas felicitaciones de viandantes que alababan su caracterización… de tendero.

Por otra parte, tengo una experiencia mínima en las áreas de la Medicina en las que uno puede encontrar en la bata la ventaja de que le preserva del contacto con diversos fluidos orgánicos, por lo no percibo las virtudes higiénicas de la vestimenta. Virtudes que fueron las que la pusieron en boga a principios del siglo XIX, cuando comenzó a ponerse nombre e incluso “cara” a todo el cortejo de malignos seres microscópicos productores de enfermedades. Con el paso del tiempo mejoró notablemente la situación higiénica general de la población, por lo que esta función instrumental de la bata pasó a un segundo plano. Eran los tiempos en que no existía conciencia de que la asepsia de los centros sanitarios estaba produciendo una selección natural de bacterias especialmente aguerridas y resistentes, la época en la que aún no se había descubierto la importancia de las infecciones nosocomiales. De esta manera la bata se convirtió en un muy especial distintivo del médico que no se limitaba a ser una especie de uniforme identificador, sino que simbolizaba en su radiante blancura el presunto conocimiento sin límites del galeno, otorgándole un aura de sabiduría y autoridad moral.

Siguió pasando el tiempo y la bata entró en crisis. En su dimensión más material y concreta muchos médicos dejaron de llevarla. En la simbólica, la sociedad en general y los críticos de dentro de la propia profesión empezaron a denostarla por considerarla elitista, presuntuosa y toda una barrera a la comunicación entre médico y paciente. Pero, con esos vaivenes que da la vida, su valor simbólico vuelve a ser reivindicado, bien que con matices, gracias a través de auténticos ritos iniciáticos que van extendiéndose por las facultades de Medicina de los EEUU. En estas ceremonias, los estudiantes recién admitidos proclaman el juramento hipocrático y reciben una bata blanca, equivalente a una túnica de novicio, que simboliza su recepción en la profesión y su compromiso con los valores morales y humanitarios que, como el valor en el servicio militar, clásicamente se suponían existentes en cualquier médico.

Pero si en algún ámbito la bata ha despertado resquemores y suspicacia es en el de la Psiquiatría. La bata blanca, impoluta, rígidamente almidonada, es la representación cinematográfica más socorrida del estricto y castrante psiquiatra manicomial, por lo que no es extraño que fuera una de las víctimas de la crisis y el cuestionamiento a que se sometió a la especialidad en los años 60 del siglo pasado.


En este contexto, no es de extrañar que la rica, variopinta y en ocasiones –para regocijo del responsable de esta sección- disparatada bibliografía psiquiátrica haya dedicado tiempo, atención y bobinas de papel a la difícil relación entre la Psiquiatría y la bata. Superados, se supone, los sesgos ideológicos y en una época en la que la Psiquiatría ha entrado en el antaño vedado coto del hospital general gozando de la consideración de especialidad médica tan científica como cualquier otra, ¿debe o no llevar bata el psiquia­tra?

La polémica mereció un triple artículo publicado en 1993 en el General Hospital Psychiatry, una revista especialmente adecuada para la cuestión, ya que muy particularmente es el psiquiatra del hospital general quien se ve más crudamente enfrentado a la disyun­tiva de ponerse o no ponerse bata. En su introducción ("La bata blanca: Vestirla o no Vestirla"), DR Lipsitt, editor (director) se pregunta si al tiempo que la Psiquiatría se medi­caliza, desmedicaliza y remedica­liza, el psiquiatra debería ponerse la bata, qui­társela y ponérsela de nuevo. En su aportación (“Ponerse bata”) B Blackwell, que considera a la bata un símbolo de saber médico, confiesa que en su caso personal y a pesar de disponer de la prenda no se la pone porque no quiere dar a entender a los pacientes que posee unos cono­ci­mien­tos médicos que hace tiempo que olvidó. Su opinión podría resumirse en que considera que el hábito no hace al monje, pero sí da un aspecto falsamente monacal que puede inducir a error. Por último, desde la perspectiva del psi­quiatra de interconsulta, D Oken ("Toga Alba") nos recomienda, más o menos, que allá donde fueres haz lo que vieres, ya que aconseja que los psi­quia­tras de interconsulta vistan la indumentaria que lleven habi­tualmente sus cole­gas no psiquiatras.

Los autores que han dedicado su tiempo a considerar tan crucial cuestión, por lo tanto, no nos sacan de dudas. La pelota queda en el alero, por lo que parece que habría que sondear a los usuarios de la prenda o preguntar a los pacientes. Y así se ha hecho, pero lo contaremos en otra ocasión.



Fuentes:

Lipsitt DR. White coat: to wear or not to wear? Gen Hosp Psychiatry 1993; 15: 89
Blackwell. Wearing a white coat. Gen Hosp Psychia­try 1993; 15: 90-91
Oken D. Toga Alba. Gen Hosp Psychia­try 1993; 15: 92-94
Wear D. On white coats and professional development: the formal and the hidden curricula. Ann Intern Med 1998; 129: 734-7 [Texto completo]



posted by Juan  # 08:45


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