Tengo un amigo, ajeno al campo de la Psiquiatría, Psicología y ciencias (o así) afines, que es un verdadero experto en cuestiones fisonómicas. No conozco a nadie con mayor talento para “clavar” al momento las características morfológicas sobresalientes de cualquier sujeto que vea. “Trabaja” tanto los caracteres externos congénitos como los adquiridos. Su interés por estos últimos le ha llevado a ser, en mi opinión, una autoridad a nivel mundial en lo que a “persianas” o “ensaimadas” se refiere (es decir, los trucos, casi siempre desafortunados, con los que los varones alopécicos disponen, extienden o reubican el cabello que les resta a fin de ocultar la desnudez de su parte acra cefálica). Me apresuraré a expresar mi firme convicción de que el estudio de estos apéndices artificiales aportaría información extremadamente útil a eso que llamamos Salud Mental. Lamentablemente, no conozco hasta la fecha ninguna aportación relevante al respecto, posiblemente porque como digo, mi amigo no se dedica a las Ciencias “Psi”. Por este motivo dirigiremos nuestra atención a otra de sus especialidades: las orejas.
No debe minimizarse la importancia de estos órganos, pares y bilaterales, en la literatura científica más o menos seria en los últimos años. Señalaremos, como botón de muestra, el intercambio de hallazgos y conocimientos desatado en su momento por un trabajo de
Heathcote publicado en un número “festivo” del BMJ. Este autor realizó un estudio un tanto casero, pero entusiasta, orientado a verificar la hipótesis de que los viejos tienen orejas grandes. Contó para ello con la colaboración de cuatro general practitioners que consiguieron reunir 206 pacientes entre 30 y 93 años en los que se utilizó un procedimiento estandarizado de valoración auricular, consistente en la medición, con ayuda de una regla transparente, de la oreja izquierda desde su extremo superior hasta el inferior. Se recogieron los resultados, en milímetros, y la edad del sujeto. Su experiencia puede resumirse en que, efectivamente, los viejos tienen orejas más grandes que los jóvenes, pudiéndose estimar que el tamaño de estos simpáticos apéndices crece aproximadamente 0.22 mm por año.
Encomiable aportación, cuyo mayor mérito es la aplicación de un procedimiento científico para confirmar el fenómeno sospechado de que las orejas crecen con la edad, pero que carecía de ratificación experimental, a pesar de que algunos autores, como el genial y malogrado Perich, representa un poderoso argumento para que el ser humano aparque definitivamente el viejo sueño de alcanzar la inmortalidad. En meses posteriores la revista recogió otras contribuciones que debemos consignar para completar el estado actual de la cuestión. Algunos autores consiguieron replicar los hallazgos de Heathcote en lugares tan distantes como
Japón y otros contribuyeron al debate apuntando que en
China se estudiaban características morfométricas de la oreja para predecir la longevidad o la riqueza del individuo. En este sentido no hubiera estado de más una alusión al orgullo del pueblo basko por sus luengas orejas y la ilustrativa manera en que en esta tierra se designaba al forastero (belarrimotza, u oreja corta). Merece una especial consideración la razonable crítica de
Hardisty, que apunta que el estudio de Heathcote es transversal, por lo que su conclusión de que las orejas crecen no deja de ser gratuita. Como alternativa, propone que tal vez lo que suceda es que el tamaño de las orejas en la población podría haber disminuido gradualmente a lo largo de este siglo por factores socioeducativos (se utilizan menos los castigos tipo "tirón de orejas" en las escuelas) o tóxicos (en virtud de los cuales el consumo pasivo de tabaco podría haber influido en el tamaño auricular). En opinión de este autor sólo se podrá comprobar si verdaderamente las orejas crecen con la edad a través estudio de seguimiento (y medición de orejas) a lo largo de toda la vida de una cohorte de varones jóvenes.
Pero no sólo es importante el tamaño de la oreja; de hecho, su forma y ciertas características que podríamos llamar dinámicas son de enorme trascendencia. Para empezar, en ocasiones la oreja
si mouve, que diría Galileo. Es de reseñar al respecto la comunicación en la que Chaudhuri informa sobre dos casos de
Síndrome de oreja móvil, al parecer como efecto de diskinesias focales de músculos vecinos.
Y es muy importante el color de la oreja, como demostró en 1996, el neurólogo australiano J W Lance al describir doce casos de una nueva entidad a la que denominó
síndrome de la oreja roja, caracterizado por dolor y enrojecimiento en el pabellón auricular. El dolor puede irradiar a frente, región occipital o cuello (territorios inervados por el nervio trigémino, segunda o tercera raíz cervical). En todos los casos el trastorno se debía a lesiones de la tercera raíz cervical por causas diversas (aracnoiditis, espondilosis cervical con hipertrofia de carillas articulares o tracción traumática), neuralgia del glosofaríngeo atípica, disfunción de la articulacion temporomandibular y síndrome talámico, si bien dos casos fueron considerados
incluso idiopáticos. En la fisiopatología del cuadro podrían intervenir péptidos vasoactivos.
Por último, la presencia de pliegues diagonales en él lóbulo de la oreja se ha llegado a conceptualizar como una
manifestación cutánea de la enfermedad coronaria. En general, se afirma, la presencia de estos pliegues se asocia a
mayor mortalidad de origen cardiaco, o incluso a un mayor riesgo de glaucoma de ángulo abierto. Y sin querelo hemos dado con un argumento para rebatir un abordaje diagnóstico “complementario” o “alternativo”: la iridología. Porque, ¿para qué explorar el iris teniendo más a mano y más aparente la oreja?
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Abstract]
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Abstract]
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Abstract]
Woo P-N, Lip P-L. ...and that thick ears signify greater wealth. BMJ 1996; 312: 582 [
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Abstract]