Nuestra serie sobre posibles candidatos a ensanchar el catálogo de trastornos psiquiátricos se enriquece hoy con un trastorno recientemente descrito, y del que podríamos decir que está (o ha estado, al menos, el pasado mes de noviembre) de rabiosa actualidad. Reúne, pues, méritos nosológicos y mediáticos que justifican que lo presentemos con admiración y reconocimiento.
Se trata, como ha podido saber quien haya tenido la precaución de leer el encabezamiento, del llamado Síndrome Traumático Postelectoral (
Post-Election Stress and Trauma Syndrome o PESTS), una afección que ha golpeado a muchos seguidores del derrotado senador Kerry, al menos en el estado de Florida. El cuadro, que según algunos profesionales recuerda y remite al Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), se caracteriza por aislamiento, desinterés, ira, amargura, anorexia, insomnio, pesadillas, irritabilidad y preocupaciones excesivas acerca del futuro rumbo del país (EEUU, obvio es decirlo). Hay quien a los pocos días de las elecciones norteamericanas ya contaba con abundante experiencia clínica, hasta el punto de haber tratado con hipnoterapia intensiva a 15 víctimas del trastorno. Y, más aún, autores hay que alertan sobre el riesgo de epidemias de autolisis en los lugares en los que existe una mayor concentración de seguidores del Partido Demócrata y/o descontentos con la administración y maneras de Bush Jr.
A pesar de que nos hallamos ante un trastorno
cool y muy recientemente descrito, ya hay quien se encuentra en condiciones de establecer predicciones sobre su curso y pronóstico. El factor más determinante, dicen, será la presencia o ausencia en el futuro gabinete Bush de ciertas personas. Así, la salida de John Ashcroft, auguran, tendrá un efecto benéfico, mientras que la persistencia de Condoleeza Rice y su ascenso al primer plano en Política Internacional presagia un curso colectivamente desfavorable (deduce uno que estas personas son los halcones del equipo presidencial). También se señala que pueden ser perjudiciales ciertas reacciones y comentarios de los votantes conservadores devaluando el malestar de los afectados o simplemente haciéndolos blanco de venablos de mofa, befa y escarnio.
Un inciso, por si acaso: Todo esto que cuento es cierto. No se trata de una broma o de un esbozo para un artículo del difunto
Journal of Polymorphous Perversity o, a un nivel más cercano, de una salida de tono del crionizado
The Txori-Herri Medical Journal.
En realidad, nos hallamos ante un “desarrollo”, que dirían los cursis, de la idea del trauma psíquico, fenómeno conocido desde antiguo, pero cuyo éxito en la Psiquiatría oficial no llegó hasta la irrupción del Trastorno por Estrés Postraumático en el DSM-III, un cuadro que representó en su momento un boom sin precedentes al que no fueron ajenos factores sociológicos. De hecho, se ha sugerido que se trata de una entidad elaborada no sólo a partir de ideas psiquiátricas, sino que
se ha nutrido de elementos sociopolíticos. Un buen ejemplo de esta complejidad que trasciende lo clínico es la relevancia legal de un concepto que en los EEUU sustenta muchas reclamaciones por daños y perjuicios y que ha alcanzado el clímax con la discusión sobre los
derechos económicos de las víctimas del 11-S. Clasificado como la “
epidemia oculta”, el TEPT es una continua fuente (o pretexto) de trabajos, publicaciones y consensos. Entre los más recientes, merece la pena destacar uno de
CNS Spectrums y un
suplemento del Journal of Clinical Psychiatry, en el que por lo que tiene de impactante en relación con la monstruosidad del 11 de marzo merece la pena destacar un trabajo sobre el TEPT a
consecuencia de un trauma masivo. La investigación está aportando interesantes hallazgos que sugieren que al margen de la intensidad del trauma, influyen factores individuales, como la
vulnerabilidad genética o
neuropsiquiátrica o la
resiliencia, y ha permitido que se descarte la eficacia de algunas técnicas como el
Debriefing o se propugnen modelos de evolución satisfactoria, como el de
crecimiento postraumático.
Pero el TEPT y sus derivaciones demuestran también lo escasamente rigurosa que llega a ser la Psiquiatría al describir los trastornos que atiende. También pone en evidencia lo poco que aportan los factores desencadenantes vagamente definidos y los “síntomas” que representan una desviación más cuantitativa que cualitativa de la normalidad psíquica. Nuestra existencia es una sucesión de acontecimientos más o menos traumáticos, que los seres humanos vivimos directa, indirecta o mediáticamente. Parafraseando el Criterio A del DSM-IV, ¿quién puede decir que no ha experimentado, presenciado uno acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de los demás? ¿Más aún, a quién no le han explicado (directa, indirecta o mediáticamente) uno de estos sucesos? Y ¿quién, que no esté emocionalmente anestesiado, no respondería con temor, desesperanza u horror intensos? La respuesta al trauma con horror, desesperanza o temor es normal. Por si no se me entiende suficientemente, con normal quiero decir
sana. Es urgente determinar a partir de qué síntomas o discapacidades esa respuesta deja de ser sana. Cualquier otro abordaje del problema del trauma psíquico y del TEPT tendría como efecto la infantilización de los seres humanos y un –mayor- descrédito para la Psiquiatría.
No pretendemos decir que haya que desterrar el concepto de TEPT o desatender a las personas que lo sufren, sino que debería afinarse la definición de los desencadenantes y el punto a partir del cual sus síntomas merecen la consideración de trastorno psiquiátrico. En el maremágnum y la confusión nosográfica no es de extrañar que se hable de centenares de miles de afectados a raíz del 11-S, del 11-M. Y, por supuesto, no debe sorprendernos que,
como recogíamos hace unos meses, puedan detectarse síntomas en los seguidores de equipos de fútbol tras el descenso a segunda división. O que la decepción, el desencanto, la frustración, el desasosiego o la simple mala leche por la derrota del Senador Kerry se traduzca no ya en la emigración de algunos de sus electores a Canadá, sino en la identificación de un nuevo trastorno psiquiátrico, de presentación por lo demás epidémica.
A la espera de estudios prospectivos que nos aclaren la evolución y el alcance del PESTS, a uno se le ocurre que cuando menos el nuevo trastorno puede animar mucho el cotarro sociopolítico norteamericano. Tal vez la decepción con ribetes de trastorno mental sirva para que en el futuro no se vuelvan a montar campañas de personajes públicos comprometidos que apoyan una determinada opción política creando en algunas personas la ilusión de que su intervención producirá un vuelco electoral y político. No estaría de más, por cierto, que esa práctica fantasmona se desterrara también a este lado del Atlántico; uno está ya harto de tanto manifiesto firmado por petimetres ególatras disfrazados de
elites intelectuales y artísticas (suponiendo que exista esta subespecie de ser humano).
Y, desde luego, en el país de la Medicina y Psiquiatría judicializada a uno no le extrañaría una epidemia de demandas de los afectados. Podría denunciarse al Partido Republicano o a Bush Jr no ya por su política, sino por haber ganado, al propio Kerry por su ineficacia y su fracaso, al Partido Demócrata por no haber elegido un candidato con más gancho, a Springsteen y a REM por crear falsas expectativas, a los abstencionistas por su falta de compromiso… Todo a mayor gloria de la Psiquiatría, por supuesto.
Fuentes:
Banyard P, Shevlin M. Responses of football fans to relegation of their team from the English Premier League: PTS? Ir J Psych Med 2001; 18: 66-67 [
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Shalev AY, Tuval-Mashiach R, Hadar H. Posttraumatic stress disorder as a result of mass trauma. J Clin Psychiatry 2004; 65 Suppl 1: 4-10 [
Abstract].
Summerfield D. The invention of post-traumatic stress disorder and the social usefulness of a psychiatric category. BMJ 2001; 322:95-98 [
Texto completo]
Zohar J. Posttraumatic Stress Disorder: A Hidden Epidemic. CNS Spectrums 2004; 8: 634 [
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