Continuando por la vereda abierta con nuestra anterior entrega, dedicaremos hoy nuestra atención a un órgano masculino impar, situado en la línea media. No, hombre, no, no se trata de es la nariz (¡hasta dónde llega la represión!). Tampoco es la lengua o el timo. Nos estamos refiriendo al pene, ese atributo en el que inevitablemente piensan todos los espectadores al oír a Woody Allen decir que el cerebro es su segundo órgano favorito.
El pene es un órgano polifacético. No sólo por su dualidad fisiológica en lo genital y lo urinario, sino por sus innegables cualidades eróticas y su trascendencia cultural. Recuérdese al clásico que aseguró que los hombres viven angustiados ante la posibilidad de su pérdida y que a las mujeres les corroe la envidia por no disponer de este pendular órgano. Considérese la importancia que desde temprana edad dan los varones a sus dimensiones, plasmada en precoces concursos de longitud del arco de orina. Piénsese, en definitiva en la relevancia psicológica e incluso social del adecuado rendimiento peneano en su faceta genital y sexual. Como demuestran sus múltiples disfunciones psicógenas y las empanadas mentales de muchos varones acerca de su uso y disfrute, el pene es un órgano en el que el maridaje entre lo cultural y lo biológico a través de lo psicológico no siempre alcanza resultados satisfactorios.
Todo estudio de sus habilidades debe comenzar por la dimensión estrictamente anatómica y fisiológica del pene. Los cánones de belleza y proporcionalidad que determinan el éxito sexual y reproductivo de los seres humanos varían a lo largo de la historia, como lo demuestra el contraste entre las bellezas rubensianas y los actuales iconos de pasarela. Pero en medio de tanta variación parece que en lo tocante al pene siempre se ha dado importancia al rasgo, netamente anatómico, de su forma y tamaño. No nos queda, pues, más remedio, que explorar estos dos aspectos.
La cuestión de la longitud del pene debe tener su trascendencia, pues no en vano ha dado pie a muchos chistes y a silvestres estudios interraciales cuyos resultados han invadido el saber popular. La antropología comparada, con sus ejemplos de héroes, dioses o simples villanos caracterizados por un luego y esmerado pene, nos hace sospechar que la importancia que todas las culturas dan a este aspecto debe tener alguna causa presocial, biológica. Para encontrarla podemos acudir a la Fisiología, que nos explica que dadas las peculiaridades de la pelvis femenina y la disposición de la vagina, el pene ha de tener una longitud suficiente para garantizar un adecuado contacto sexual y, consecuentemente, el éxito reproductivo. Estos hallazgos tienen su correlato radiológico en un estudio, publicado hace cinco años por el BMJ, en el que se describían las particularidades del acople coital humano a la luz de la Resonancia Nuclear Magnética, justo colofón, por cierto, a la teoría de que la vocación radiológica no pasa de ser una sublimación de impulsos voyeuristas. A su vez, la extraordinaria pelvis de la mujer viene determinada por la bipedestación, fenómeno exclusivo de nuestra especie, por lo que no tiene nada de extraño que el pene humano sea proporcionalmente más largo que el de otros primates. No desespere, pues, el varón preocupado por el tamaño de su miembro, porque ha de saber que derrotaría en un certamen interprimates al mismísimo King Kong.
Pero el pene humano no sólo destaca por su longitud: también tiene una forma diferente a la de los apéndices viriles de otros descendientes del recientemente descubierto
Pierolapithecus Catalaunicus. En este caso, la diferencia radica en la forma del glande y muy particularmente en el contorno y disposición de su cresta coronal. A este respecto son esenciales los trabajos del doctor Gallup y sus colaboradores de la Universidad de Albany. Estos investigadores consiguieron demostrar que el peculiar diseño del glande humano permite que en el coito en cada acometida el pene actúe como una bomba que expulsa el semen depositado en la vagina por un competidor previo, de modo que al producirse la eyaculación no quede rastro de espermatozoides rivales. En apoyo de su teoría citan sus experiencias con modelos artificiales (penes de látex, vaginas sintéticas, soluciones acuosas de almidón de diferente viscosidad), según las cuales las acometidas más enérgicas aumentan el bombeo al exterior. También son más eficientes los penes más largos, por lo que nos encontramos ante otro argumento evolutivo para explicar la inusual longitud del pene humano.
La teoría de Gallup sugiere que hasta anteayer en términos evolutivos el ser humano se caracterizaba por un modelo de fecundación poliándrica, común en los actuales chimpancés, en el que cada hembra copularía con diferentes machos. Debe deducirse que en estas bacanales reproductivas, y siempre que fuera suficientemente largo, enérgico y con un diseño balánico acertado, el último pene reiría mejor desde el punto de vista de la transmisión de sus genes. También a la luz de esta hipótesis, la rivalidad sexual entre los antepasados de los actuales machos humanos no se limitaría a peleas, ritos nupciales o cuestiones análogas, sino que se extendería a la habilidad de sus penes para bombear hacia el exterior de la vagina el semen de los competidores. Era, pues, una rivalidad entre somas completos, entre penes y entre los espermatozoides de diferentes machos que a pesar de la bomba expelente peneana pudieran llegar hasta el óvulo. Por cierto, que desde este punto de vista, según Gallup, la circuncisión cobra un nuevo sentido que va más allá de lo ritual o de lo higiénico, ya que con esta práctica se exageran los rasgos de la cresta coronal y, por lo tanto, su eficiencia como dispositivo de expulsión de semen rival.
¿Qué queda en el ser humano moderno o postmoderno de este modelo reproductivo? ¿De qué manera el pene moderno o postmoderno demuestra la vigencia de esta actitud reproductiva? Para Gallup y colaboradores, el ejemplo más claro es el especial empuje (nunca mejor dicho) con que el varón temporalmente alejado de su pareja se emplea en el primer coito tras el reencuentro. Esta conducta es generalizada, según nos explican, y queda confirmada por una encuesta entre estudiantes universitarios que contestaron sobre las características, digamos biomecánicas, de sus relaciones sexuales tras un tiempo de separación de su novia, en las que sus penes (y los músculos que los propelen) se emplean en el reencuentro como si tuvieran que extraer de la vagina de su amante un semen ajeno que sería prueba, muestra y resto de infidelidades durante su ausencia.
En definitiva, según Gallup y asociados, detrás de la anatomía peneana y de la fisiología de la penetración se esconde la pugna reproductiva entre machos. Pero esta pulsión, eliminada en la evolución cultural de nuestra especie la fecundación poliándrica, tendrá que emerger de alguna manera. ¿Tal vez a través de la celotipia, un rasgo común en el macho humano? Es posible que sea una conclusión atrevida, pero en cierto modo los razonamientos de Gallup evocan el Mono Desnudo de Desmond Morris, cuya organización social humana tendría como justificación, base y eje la preservación de la monogamia. Y, dicho sea de paso, a su vez la monogamia, puesto que supone eludir la competición con penes mejor preparados, sería una garantía de éxito reproductivo para los penes más cortos, incircuncisos o con crestas coronales menos pronunciadas. En otras palabras, la monogamia no sólo habría supuesto el sojuzgamiento de la mujer como se ha sostenido desde el feminismo, sino que como efecto colateral habría llenado el planeta de penes cortos, sin empuje y de diseño ineficiente. No somos nada.
Fuentes:
Gallup GG, Burch RL, Zappieri ML, Parvez RA, Stockwell ML, Davis JA. The human penis as a semen displacement device. Evol Hum Behav 2003; 24: 277-289 [
Abstract]
Gallup GG. Semen Displacement as a Sperm Competition Strategy in Humans . Evolutionary Psychology 2004; 2: 12-23 [
Texto Completo].
Weijmar Schultz W, van Andel V, Sabelis I, Mooyaart E. Magnetic resonance imaging of male and female genitals during coitus and female sexual arousal. BMJ 1999;319:1596-1600 [
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