Retomamos con ímpetu nuestra sección de candidatos a nuevas ediciones del DSM con el intento de reparar el injusto ninguneo al que la APA y los adeptos a su sistema nosológico someten a las llamadas fobias específicas. No es ya que el DSM-IV sólo les dedique un único apartado (F40.2), sino que además despacha su rica variedad en cinco subgrupos (tipo animal, tipo ambiental, tipo sangre-inyecciones-daño, tipo situacional y “otros tipos”). ¡Qué contraste con la pormenorizada descripción que puede encontrarse en enciclopedias y en alguna
página web! ¡Qué ocasión han dejado correr los nosólogos de la APA para ensanchar el campo de la Psiquiatría y –de paso- el de los afectados por trastornos psiquiátricos!
Porque las fobias son ubicuas. Sin llegar al extremo indudablemente patológico de la
panofobia, ¿quién no tiene algún miedo secreto, inconfesable, capaz de suscitar en su psique un temor acusado y persistente y en su soma todo tipo de reacciones vegetativas de estrés condensado y depurado? Tomemos por ejemplo, las fobias a animales. Conozco entre la población aún no diagnosticada (¡imperdonable desidia!)
zoofóbicos diversos, y no todos ellos son
agrizoofóbicos. Alterno así con más
cinofóbicos que
alectorofóbicos, mientras que
apifóbicos (también llamados
melisofóbicos) y
elurofóbicos andan a la par. Eso sí: he de reconocer que no he tenido noticia de
equinofóbicos a excepción salvo Juanito el freudiano. De lo que estoy seguro es de que la
nisatofobia (no confundir con
musofobia) no sólo afectó a otro caso célebre de don Segismundo, al que habitualmente se describe como una persona con un problema obsesivo, sino que aflige a amplias capas de la población. La literatura nos ofrece interesantes ejemplos, como Winston, el protagonista de 1984, que termina renunciando a sus principios y al amor que sostiene su disidencia y su oposición al Gran Hermano al verse expuesto a un montón de roedoras innobles. Y si alguien está interesado en desarrollar esta fobia, que lea “
Las ratas del Cementerio”, de
Henry Kuttner, lo que le permitirá, con un poco de suerte, convertirse también en un
tafefóbico o
placofóbico.
La familia no siempre protege de los temores, como lo demuestra la
singenesofobia o la extendidísima
penterofobia. Y en
ese terreno que a algunos vuelve
ereutrofóbicos son abundantes los ciudadanos afligidos que hasta ahora han sido no atrapados en (perdón, quería decir atendidos por) la red asistencial de salud mental. Efectivamente, a pesar de que pocos caballeros se reconocerán
venustrafóbicos, seguro que en el vecindario del lector hay algún
hedonofóbico y no faltará quien por ese u otro motivo tiene un componente
erotofóbico o
gimnofóbico. Sospecho también que es más prevalente la
medomalacufobia que la
medortofobia. A pesar de los
esfuerzos del ayuntamiento de Barcelona seguro que hay más
dishabiliofóbicos que
vestifóbicos y posiblemente, los
tanatofóbicos y los
nosofóbicos (ya sean
mono o
pluripatopatofóbicos) son legión. Detrás de los consumidores de crecepelos se esconden muchos
falacrofóbicos. Y no perdamos de vista el aspecto transcultural: En las culturas anglosajonas es prevalente la
parascavedecatriafobia, en tanto que por estos pagos representa un mayor problema la
tritidecatriafobia.
Así pues, es imperdonable el olvido de las fobias. En esta misma sección, nunca
decidofóbica y en absoluto
herisófoba, hemos querido reparar esta injusticia al reivindicar la paruresis, un fenómeno de clara raigambre fóbica. Pero en nuestra empresa justiciera, sin embargo, no caeremos en el error de exigir un a categoría diagnóstica para cada una de las múltiples variedades de fobia que pueden encontrarse en los listados a los que hacíamos referencia, y que hacen gala de un conocimiento de lenguas clásicas del que los baby-boomers de la Ley de Educación de 1970 carecemos y que nos vuelve –hay que reconocerlo- un poco
helenologofóbicos e
hipopotomonstrosesquipedaliofóbicos. Y no es por condicionantes
grafofóbicos, ni mucho menos
fronemofóbicos, sino porque consideramos que tamaña pormenorización restaría seriedad y trascendencia a nuestro empeño y su riqueza lexicológica sólo revestiría interés, probablemente, para los adictos a los crucigramas de Ocón de Oro (patología a la que esperamos dedicar atención en el futuro). Por lo tanto, convencidos que nuestros lectores no son
epistemofóbicos, y puesto que no nos caracteriza la
catagelofobia, defendemos la expansión de la sección de las fobias en ulteriores ediciones de los DSM.
Una precisión: no pretendemos individualizar síntomas. Es evidente que muchos temores fóbicos son sintomáticos de otros trastornos. Una
bromidrosifobia puede ser sintomática de una depresión, de una psicosis (síndrome de referencia olfatorio) o constituirse en un trastorno monosintomático, sin pasar por alto que en algunas personas nos hallemos ante una consecuencia no psicopatológica de una
ablutofobia. A su vez, en la inmensa mayoría de los casos, la
sitofobia, la
obesofobia o la
pocrescofobia serán sintomáticas de trastornos de la conducta alimentaria. Otras veces, la terminología no es lo suficientemente precisa: ¿Qué es un
amoxafóbico? Hay quien lo define como una
persona con temor a conducir, mientras que otros amplían el concepto al temor a montar en coche. Y con el diccionario en mano no nos queda claro si a los
motorfóbicos o los
ocofóbicos, denominados también
lacanofóbicos (ojo: no es que teman a nuestro simpático colega francés Santi Lacan), les aflige la perspectiva de viajar en coches o vehículos, o el riesgo de ser arrollados por los mismos.
Surge así la pregunta de cuál debe ser el criterio que nos guíe para determinar qué fobias merecen su inclusión en el DSM y cuáles no. No tenemos una respuesta válida con argumentos científicos, pero sí podemos proponer la estrategia más conveniente en nuestro tiempo, que es la mediática. Porque, al fin y al cabo, para que se reconozca la existencia de un problema es necesario insistir sobre su importancia y prevalencia en los medios de comunicación. Este es el mecanismo, probablemente, en virtud del cual cada día hay una mayor preocupación, real, excesiva o incluso
ergofóbica, por el
mobbing. También ayuda mucho que haya una botica que se postule como efectiva en la nueva indicación, ya que nuestra cultura no es nada
farmacofóbica y nuestra profesión, se caracteriza por cualquier cosa menos por la
neofarmacofobia. En este sentido confiamos en que los ISRS sean unos poderosos aliados en nuestra cruzada profobias.
Todo esto tiene que ver con una
noticia que hemos leído, en el que al describirse el caso de un alumno de 2º de ESO que hace pensar en una ansiedad por separación [F93.0] pero que al decir del periodista los psiquiatras han descrito como una
fobia al instituto. Es una situación grave y dolorosa para el afectado, que según explica su madre lleva años con este problema y presenta un lógico retraso escolar. Con el paso del tiempo, además, su situación, lejos de mejorar, se ha intensificado, con lo que a sus 14 años (y en un curso que se imparte en el instituto) la circunstancia espacio-temporal se impone y da pie al nuevo concepto de "
fobia al instituto", que la reseña destaca en su titular. Es de desear que alguien sea capaz de ayudar a Daniel, porque sin duda le hace mucha falta.
Yendo más allá de este doloroso caso, las posibilidades que el nuevo concepto abre a la banalización de la Psiquiatría son inmensas. Olvidado Daniel, el salto de su triste historia a los medios de comunicación y sobre todo los honores de titular concedidos a la "
fobia al instituto" permitirán que las familias de no pocos adolescentes y los propios interesados lleguen a la conclusión de que su desgana por los estudios es nada menos que un problema psicopatológico. De hecho, queda mejor decir “mi hijo tiene una
fobia a los estudios / tiene
fobia al instituto / tiene una
liceofobia" que confesar “no le van los estudios” o concluir sin más que “es un vago”. En nuestra cruzada por acercar el diagnóstico psiquiátrico a toda la población debemos afrontar este caso con un ánimo diametralmente opuesto a la
eufobia, porque nos permite pensar que tal vez a medio plazo podamos tener un trastorno más en el DSM. Gran avance para la Psiquiatría. Por cierto, que para cuando llegue el momento confío en que quede claro que el acuñador del nuevo término de
liceofobia es un servidor, porque de lo contrario podría sentirme maltratado y en ruta hacia una
rabdofobia. También he de reconocer (y de prepararme para los honores debidos cuando entren en el DSM) que los términos
nisatofobia y
tritidecatriafobia son creación propia con la asistencia de un
diccionario online de griego. Espero que aunque la APA no me pague royalties, al menos me haga una rebaja al comprar el DSM-V, porque el precio del IV-TR me ha dejado helado.
Pequeño glosario indispensable para seguir esta entrega:
Ablutofobia: Miedo a lavarse o bañarse -
Agrizoofobia: Miedo a los animales salvajes -
Alectorofobia: Miedo a los pollos -
Amoxafobia: Miedo a montar en un coche o miedo a conducir un coche -
Apifobia: Miedo a las abejas -
Bromidrosifobia: Miedo a desprender malos olores corporales -
Catagelofobia: Miedo a ser ridiculizado -
Cinofobia: Miedo a los perros -
Decidofobia: Miedo a tomar decisiones -
Dishabiliofobia: Miedo a quitarse la ropa -
Elurofobia: Miedo a los gatos -
Epistemofobia: Miedo al conocimiento -
Equinofobia: Miedo a los caballos -
Ereutrofobia: Miedo a la ruborización -
Ergofobia: miedo al trabajo -
Erotofobia: : Miedo al amante sexual o a las preguntas sexuales -
Eufobia: miedo a las buenas noticias -
Falacrofobia: Miedo a convertirse calvo -
Farmacofobia: Miedo a drogas o medicamentos -
Fronemofobia: Miedo al pensamiento -
Gimnofobia: Miedo a la desnudez -
Grafofobia: Miedo a la escritura -
Hedonofobia: Miedo a al placer -
Helenologofobia: Miedo a los términos griegos o de la terminología científica compleja -
Herisofobia: Miedo a desafíos contra la doctrina oficial o a la desviación radical -
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia: Miedo a palabras largas -
Lacanofobia: Miedo a los vehículos -
Medomalacufobia: Miedo a perder una erección -
Medortofobia: Miedo a un pene erguido -
Melisofobia: Miedo a las abejas -
Monopatofobia: Miedo a una enfermedad -
Motorfobia: Miedo a los coches -
Musofobia: Miedo a los ratones -
Neofarmacofobia: Miedo a drogas o medicamentos nuevos -
Nisatofobia: Miedo a las ratas -
Nosofobia: Miedo a la enfermedad -
Ocofobia: Miedo a los vehículos -
Panofobia: Miedo a todo -
Parascavedecatriafobia: Miedo a los viernes y trece -
Penterafobia: Miedo a la suegra -
Placofobia: Miedo a lápidas y tumbas -
Pluripatofobia: Miedo a varias enfermedades -
Pocrescofobia: Miedo a ganar peso -
Rabdofobia: Miedo a ser seriamente castigado -
Singenesofobia: Miedo a los parientes -
Sitofobia: Miedo a comer -
Surifobia: Miedo a los ratones -
Tafefobia: Miedo a ser enterrado vivo -
Tanatofobia: Miedo a la muerte -
Tritidecatriafobia: Miedo a los martes y trece -
Venustrafobia: Miedo a las mujeres hermosas -
Vestifobia: Miedo a la ropa -
Zoofobia: Miedo a los animales.