Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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29.8.04

42.- Psicoboticas (3): A la búsqueda de un nombre 

Hace algo más de 50 años que comenzó a utilizarse la clorpromazina para tratar a pacientes psiquiátricos. La historia puramente farmacológica del producto es sumamente interesante y refleja los vaivenes de las teorías científicas y de los intereses terapéuticos y comerciales de cada momento. Baste señalar que en último término la molécula es tataranieta del afortunado hallazgo de los colorantes artificiales por un químico –WH Perkin- que deseaba sintetizar quinina; biznieta de la búsqueda de un fármaco antipalúdico; nieta de las teorías sobre el papel de la histamina en el shock quirúrgico e hija de la iniciativa de un cirujano francés –Laborit- que pretendía emplearla como gangliopléjico. Como es sabido, cuando este último apreció que el fármaco producía una tranquilización convenció a algunos psiquiatras para que la ensayasen (en un caso, el producto fue consumido por quien lo prescribía). Más adelante Delay y su subordinado Deniker se interesaron por el producto gracias a los comentarios de un cirujano, cuñado a la sazón de Deniker. Así se hace la historia. Pero con independencia del papel de la serendipia o de los lazos familiares en la historia de la clorpromazina, sus derivados y sus sucesores, merece la pena considerar los sucesivos nombres propuestos para estas sustancias.

La clorpromazina, para sorpresa de las primeras personas que la utilizaron, presentaba la curiosa propiedad de tranquilizar sin sedar o, lo que es lo mismo, sin alterar el nivel de conciencia del individuo. Laborit, agudamente, se percató de que inducía también una cierta indiferencia en el paciente, una “quietud eufórica”, que definió como ataraxia, término que deriva del griego “ataraktos” (imperturbable, sin excitación, sin confusión, calmado, sereno) y “ataraktein” (estar calmado). Esta observación, que le llevó a sugerir su uso en el tratamiento de la agitación de pacientes psiquiátricos, está detrás de uno de los primeros términos utilizados, el de “atarácticos”. En su momento la ataraxia fue definida también como “lobotomía química”, una idea que aunque hoy en día parezca desfavorable, en los años 50 podía constituir una adecuada tarjeta de visita, dada la amplia difusión de la que gozaba la psicocirugía, cuyo creador, Egas Moniz, había recibido el Premio Nobel en 1949, sólo tres años antes de la introducción de la clorpromazina.

En el plano clínico, dos propiedades del nuevo fármaco llamaron la atención de los clínicos. Una era la capacidad, ya comentada, de tranquilizar sin sedar, que dio lugar a que se utilizase el vocablo “tranquilizantes” para designar al producto y a sus sucesores. Más adelante, la irrupción de las benzodiazepinas hizo necesario distinguir entre unos “tranquilizantes mayores” (clorpromazina y similares) y otros “menores”. La segunda característica tenía que ver con su acción parkinsonizante y sus otros efectos secundarios sobre el sistema nervioso central, que animaron a Delay y Deniker en 1955 a introducir el término “neuroléptico”, que se refiere a las variadas acciones (tanto terapéuticas como desfavorables) de estos medicamentos sobre el sistema nervioso. La palabra y el concepto de neuroléptico se impuso, al menos en primera instancia, a otro término, “antipsicótico”, propuesto por Lehmann también a mediados de los años 50.

Al margen de su ecuánime intención de englobar aspectos beneficiosos y contraproducentes, sorprende el éxito de “neuroléptico”, ya que fue mal recibido por muchos autores, horrorizados por una palabra que en su opinión se refería más a las complicaciones del fármaco que a su efecto beneficioso. De entre las diversas explicaciones posibles merece la pena considerar tres. La primera y más inocente es que “neuroléptico” tenía a favor el prestigio de sus creadores, e incluso los méritos literarios y lingüísticos de Delay, que a finales de los 50 se convirtió en miembro de la Academia de la lengua francesa. La segunda explicación, clínica, sugiere que a pesar de que la Historia de la Psiquiatría nos habla sin cansarse de la revolución y de la mejora en las condiciones de los enfermos que supusieron la clorpromazina y sus sucesores, los psiquiatras de la época tal vez no tenían tan claras esas ventajas y esas virtudes, por lo que se decantaron por una palabra que encerraba una idea ambivalente de los fármacos en cuestión. Hay que recordar que por aquella época Szasz llegaría a plantear que estos productos tratan la conducta de los pacientes, y no la enfermedad, por lo que los asimiló a “camisas de fuerza químicas”. La tercera y última de las explicaciones que proponemos es más “de fondo” y tiene que ver con la idea, predominante hasta hace relativamente pocos años en los ámbitos científicos, de que la capacidad terapéutica de los “neurolépticos” era proporcional a su efecto parkinsonizante. Esta teoría, según algunos, retrasó la introducción de la clozapina, ya que aunque el fármaco parecía prometedor, no inducía los “necesarios” síntomas extrapiramidales.

A mediados de los años 60 se propuso un nuevo término, el de “antiesquizofrénico”, a propósito de un amplio estudio realizado en EEUU un amplio, cuyos resultados sugerían que la clorpromazina, la flufenazina y la tioridazina actuaban sobre múltiples síntomas de la esquizofrenia. La propuesta no cuajó, y “neuroléptico” mantuvo su primacía hasta la aparición de los productos más recientes, cuya menor tendencia a inducir efectos extrapiramidales hizo que los compartimentos académico, clínico y, especialmente, comercial, se retrajeran de usar un término que aludía a ambivalentes acciones neuropsiquiátricas y favoreciesen el nombre, más terapéutico, de antipsicótico. De paso, para denominar a esos nuevos fármacos, se introdujo el concepto de “antipsicótico atípico”, que aludía a una serie de requisitos clínicos y bioquímicos que no cumplían los “antipsicóticos” existentes hasta entonces. También hay que recordar que en su momento otro elemento atípico de los nuevos medicamentos fue su coste. Con el paso del tiempo se ha comprobado que algunos de los nuevos fármacos no cumplen los requisitos inicialmente propuestos; al mismo tiempo, su éxito comercial los ha convertido en “típicos” en un sentido estadístico. No es extraño, pues, que en estos momentos, se prefieran los términos “antipsicóticos de segunda generación” o “nuevos antipsicóticos”.

Estas divagaciones pueden parecer fuera de lugar, pero tienen su sentido. Es más: siempre lo han tenido, como lo refleja el hecho de que ya en 1957 se celebrase en un congreso un simposio sobre la nomenclatura a utilizar con la clorpromazina y sus sucesores. Detrás de cada uno de los términos empleados en este poco más de medio siglo se oculta una idea, un concepto, sobre los que es el fármaco y sobre cuál es su acción terapéutica. No es lo mismo, desde luego, hablar de atarácticos (y de lobotomía química) que de neurolépticos (o camisa de fuerza química) que de antipsicóticos o antiesquizofrénicos. Igualmente, tampoco es lo mismo considerar o no necesaria la presencia de un efecto secundario (parkinsonismo) para que un medicamento sea efectivo. Y ciertamente no debe perderse de vista que en la práctica en estos años ha variado el concepto de psicosis y se han delimitado en la esquizofrenia diferentes síndromes sobre los cuales los nuevos medicamentos, al parecer, tienen un efecto más beneficioso que los precedentes.

Dejamos para el final otra consideración de gran peso: los neurolépticos o antipsicóticos, típicos o atípicos, se utilizan desde hace años, con autorización o sin ella y con visado o sin él, en muchas indicaciones que trascienden la categoría de esquizofrenia o incluso la aparentemente más amplia y transversal de psicosis. Lo lógico sería, por lo tanto, acuñar un término que englobase sus acciones reales o supuestas tanto sobre la esquizofrenia como sobre el trastorno bipolar, los síntomas conductuales de la demencia y las diferentes formas de comportamientos impulsivos. También habría que aludir a su empleo como potenciadores en la depresión o en el trastorno obsesivo – compulsivo. Y todo eso, sin olvidar su uso como antieméticos, antihipo, sedantes, analgésicos, hipnóticos y alguna otra indicación que sin duda nos dejaremos en el tintero. Como respuesta a tamaña versatilidad la FDA describió a uno de ellos, la olanzapina, no ya como antipsicótico, sino como psicotropo, un nombre dolorosamente vago y ambiguo, que tenemos que añadir a la amplia nómina ya comentada.

Pero en realidad, la FDA no ha aportado nada novedoso. No hay más que reparar en que la clorpromazina tiene desde hace 50 años un nombre comercial que hace alusión a la amplia variedad de sus acciones y efectos (large action). Una vez más queda claro que no hay nada nuevo bajo el sol. Habrá que pensar en llamar a estos productos "largactílicos" o algo por el estilo...


Fuentes:
Etain B, Roubaud L. Jean Delay, M.D., 1907–1987. Am J Psychiatry 2002; 159: 1489 [Texto completo]
Healy D. The creation of psychopharmacology. Cambridge, Massachussets: Harvard University Press, 2002
King C, Voruganti LNP. What's in a name? The evolution of the nomenclature of antipsychotic drugs. J Psychiatry Neurosci 2002; 27: 168-75 [Texto completo]
Lehmann HE. Before they called it Psychopharmacology. Neuropsychopharmacology 1993; 8: 291-303
Mazana JS, Pereira J, Cabrera R. Cincuenta años de clorpromazina. Rev Esp Sanid Penit 2002; 4: 101-113
Mitchell P. Chlorpromazine turns forty. Aust N Z J Psychiatry 1993; 27: 370-3 [Abstract].


posted by Juan  # 10:07


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