Hay algunos aspectos de la Psiquiatría que hacen que lo
Insólito no sea la excepción o el detalle a destacar, sino la cualidad propia de toda la teoría, práctica y filosofía de esa disciplina o disciplinas (hay que incluir, por supuesto a la Psicología y a la Psicopatología) interesadas en el funcionamiento de la mente y en la descripción de los mecanismos de la enfermedad mental. Así pues, en no pocas ocasiones, más que de Psiquiatría Insólita como excepción habría que hablar de la general
Insólita Psiquiatría. Hay dos áreas en las que las miserias de la Psiquiatría quedan especialmente al descubierto. Una de ellas es la de la nosología y, en general, la definición y concepto de enfermedad mental. La otra, a pesar de los oropeles neurocientíficos de los que se viste, es la Psicofarmacología, en la que los mayores avances se han debido por lo general más a la intuición y a las dotes de observación de algunos clínicos que a la existencia de teorías a partir de las cuales puedan desarrollarse los medicamentos. Es decir: hablamos de una disciplina cuyo actual desarrollo debe más a la denominada
serendipia que a las teorías de cada momento.
El término
serendipia fue acuñado por el escritor británico Horace Walpole, que ha pasado a la historia por su literatura epistolar. En una carta fechada el 28 de enero de 1754 introdujo la palabra
serendipity, y a falta de mejor definición se apoyó en un cuentecillo que había leído tiempo atrás, titulado “
Los tres príncipes de Seréndip”, cuyan andanzas resumía al destinatario de la misiva como una sucesión de viajes en las que los príncipes realizaban continuos descubrimientos “por accidente y sagacidad de cosas que en principio no buscaban”. La serendipia se refiere, pues, al hallazgo casual, afortunado, al puro churro, y no a lo que se obtiene o demuestra gracias a los métodos científicos más depurados. Entre los abundantes ejemplos existentes descritos, entre otras fuentes, en el libro de R.M. Roberts al que nos referimos en las fuentes, merecen especial mención, en los dos extremos del espectro altruismo – monstruosidad, el descubrimiento de la penicilina y el de la dinamita (hermanados, por cierto, cuando el descubridor de la primera recibió un premio financiado por el legado de quien descubrió la segunda).
Los hallazgos serendípicos son una constante desde los albores de la Psicofarmacología, como revela, entre otros autores,
David Healy, quien elocuentemente demuestra que las teorías en las que se apoya la neurociencia psiquiátrica se construyen a posteriori apoyándose en la serendipia, aunque esta realidad no suele ocupar un primer plano en el discurso de los investigadores, los fabricantes y, por supuesto, los prescriptores. Lo chocante, jocoso o trágico, según se mire, es que las teorías sobre las enfermedades mentales se construyen a partir de las acciones
identificables (nótese el énfasis) de los fármacos eficaces en su tratamiento. Aunque el ejemplo, comentado tiempo atrás, de los bromuros en la epilepsia es suficientemente ilustrativo al respecto, hay que recordar, en otro campo de la terapéutica, que demostrar que una molécula inhibe la recaptación de serotonina no significa que ése sea el único mecanismo que explique su eficacia o efectividad. Y mucho menos que detrás de la depresión exista única y exclusivamente un déficit serotoninérgico. El tiempo, y con él la aparición de nuevas moléculas con otras acciones identificables o el desarrollo de nuevos paradigmas, introducirán nuevos datos que esclarecerán (o confundirán más aún) las explicaciones neuroquímicas a las que la Psiquiatría Biológica nos ha hecho tan aficionados.
El litio, al que nos referiremos en otra ocasión, se empezó a emplear a partir de una teoría errónea. Dos psiquiatras daneses, Baastrup y Schou, observaron que el curso de la enfermedad mejoraba notablemente en las personas que lo recibían, lo que les llevó a realizar un ensayo clínico que demostró las virtudes profilácticas del producto en los trastornos afectivos e introdujo la idea de que estos padecimientos podrían requerir de un abordaje preventivo.
El debut de la clorpromazina se produjo gracias a su efecto sedativo. Utilizada, por este motivo, en enfermos psicóticos agitados, demostró su actividad antipsicótica, lo que se tradujo en la aparición de nuevas moléculas que se ensayaron bien por su parentesco estructural con la clorpromazina, bien porque reproducían en modelos animales los efectos parkinsonizantes de los antipsicóticos ya conocidos (haloperidol). El estudio de las acciones identificables de los fármacos
disponibles (nótese también el énfasis) dio lugar a la teoría dopaminérgica de la esquizofrenia.
Los orígenes de los antidepresivos no fueron diferentes. La historia de los IMAOs es sobradamente conocida: ensayada la iproniazida como antituberculoso, resultó mejorar el ánimo de los enfermos, por lo que se dio el salto a su utilización en pacientes con depresión. A la vista de que el producto inhibía la enzima MAO se pudo concluir que en la depresión existía una actividad excesiva de la misma. Algo parecido sucederían años después con la mianserina, que iba a ser un antihistamínico pero que resultó mejorar notablemente el ánimo de los pacientes. Coetánea con la iproniazida norteamericana, a finales de los años 50 se ensayó en hospitales psiquiátricos europeos la imipramina, con la expectativa de que resultase un antipsicótico eficaz. Roland Kühn, un psiquiatra suizo, se percató de que el medicamento era realmente eficaz en los pacientes con depresiones endógenas, con lo que aparecieron en escena los tricíclicos y, comprobado que inhibía la recaptación de varios neurotransmisores, la teoría monoaminérgica de la depresión. Por cierto, que con la clozapina sucedió exactamente lo contrario: las teorías de la época (mediados de los años 60), que relacionaban la acción farmacológica con la estructura química, predecían una acción antidepresiva, que resultó ser después antipsicótica.
La introducción de los anticomiciales en Psiquiatría tuvo mucho que ver con la observación, más o menos simultánea, pero en lugares tan distantes como Francia o Japón, de que la carbamazepina o el valproico normalizaban el humor de los pacientes epilépticos, reduciendo la intensidad y frecuencia de las llamadas “distimias epilépticas”. Este hallazgo, replicado con mayor o menor claridad en la clínica, ha permitido, por ejemplo, que todo nuevo anticonvulsivante aspire a encontrar su hueco en la cada vez más surtida y polipildorosa (con perdón por el neologismo) terapéutica del trastorno bipolar. En su momento, el éxito de los anticomiciales dio lugar a la teoría del
kindling.
No todos los avances clásicos de la Psicofarmacología tienen que ver con la serendipia. Hay algunos ejemplos de intuiciones felices de algunos clínicos particulares que han derivado, con el viento a favor de la iniciativa empresarial, en logros significativos. Un ejemplo antiguo, descrito por Healy, es el de la clomipramina. Geigy, el fabricante, buscaba un nicho terapéutico y comercial para esta modificación de la imipramina, y animada por la experiencia favorable de diversos investigadores que habían tenido la feliz idea de emplearlo en la neurosis obsesiva, como López-Ibor Sr o Guyotat, divulgó primero el procedimiento y desarrolló después ensayos clínicos orientados a la autorización del producto. El paradigma serotoninérgico del Trastorno Obsesivo – Compulsivo, pues, debe mucho a la iniciativa clínica de psiquiatras que desde el plano psicopatológico encontraron similitudes con la depresión.
¿Difiere mucho de otras ciencias la Psicofarmacología y, en lo que le toca, la Psiquiatría, en cuanto a la importancia de la serendipia en su desarrollo o a la endeblez de algunas teorías? Seguramente no demasiado; el problema es que esta verdad queda por lo general oculta por toneladas de papel que pretenden revestir con la seda de la Ciencia a la mona que practicamos muchos. Pero como es cierto que cuando el mal se comparte los poco avisados nos solazamos, habrá que recordar que fuera del campo de la Psicofarmacología, uno de los productos estrella de la última década, y todos los que le han seguido después, deben mucho a la serendipia. El sildenafilo iba para antianginoso, y en los ensayos clínicos, más allá de su relativa ineficacia, el hallazgo más llamativo fue que los pacientes varones no devolvían los comprimidos sobrantes. Para quien no lo conozca, el nombre artístico del producto es Viagra...
Fuentes:
Healy D. The antidepressant era. Cambridge, Massachussets: Harvard University Press, 1997
Healy D. The creation of psychopharmacology. Cambridge, Massachussets: Harvard University Press, 2002
Roberts RM. Serendipia. Descubrimientos accidentales en la ciencia. Madrid: Alianza Editorial, 1989