Para cerrar nuestro repaso al manjar de los dioses, tendremos que detenernos en las virtudes del producto. Las bromatológicas las conoce de sobra cualquier degustador, ocasional, habitual o compulsivo del producto. Las energéticas, también: ya sabemos que si el ciclista toma ColaCao es el amo de la pista y si lo toma el boxeador boxea que es un primor. Quedan los beneficios para la salud... que parece los tiene.
En los últimos años se está prestando un enorme interés al papel “terapéutico” o preventivo de los alimentos. En Psiquiatría hay aportaciones interesantes. Por ejemplo, la Glucosa se ha vinculado con la transmisión serotoninérgica, con lo que tendría acciones ansiolíticas y antidepresivas (se suele mencionar el ejemplo de algunos niños pequeños a los que seda más y mejor el agua azucarada que el chupete). Además, estimula la transmisión colinérgica y, por lo tanto, las funciones cognitivas, por lo que, el desayuno escaso se asocia a un bajo rendimiento en la escuela en la misma medida que el desayuno generoso se asocia a mejor rendimiento. A su vez, los aminoácidos, precursores de neurotransmisores, se han vinculado con la depresión, y son clásicos los ejemplos del uso como timolépticos del Triptófano y la S-Adenosil-Metionina.
Pero las grandes estrellas de la Psicobromatoterapéutica (si vale el término) son las grasas, en particular los Acidos omega-3, particularmente abundantes en el pescado, que
se han ensayado, a un nivel muy preliminar, como reguladores del humor y potenciadores de antidepresivos, a partir de razonamientos de neurociencia ficción no más disparatados que los que sustentan el uso cotidiano de los ISRS para prácticamente cualquier patología no psicótica. Incluso, y a partir del hallazgo de su efecto beneficioso sobre el corazón, se ha sugerido que la escasa ingesta de estos ácidos grasos pueda ser el eslabón perdido que explique la asociación de la depresión con la patología cardiaca. Por todo ello no deberá extrañarnos que cuenten en breve con bendiciones psicofarmacológicas. De momento, hay preparados de ácidos grasos omega 3 en las farmacias que, evidentemente, no se incluyen entre las prestaciones farmacológicas del Sistema Nacional de Salud. Se trata de especialidades pobres en el principio activo (habría que ingerir del orden de 20 cápsulas diarias de la marca más “potente” para igualar las dosis utilizadas en los ensayos clínicos).
Volviendo al chocolate, aunque desde antiguo se le han atribuido efectos euforizantes, vigorizantes o afrodisíacos y a pesar de que se conoce que contiene xantinas y cannabinoides, de momento no hay un interés por su papel terapéutico. Sin embargo, si nos planteamos la prevención de enfermedades, tendremos que concluir que el manjar de los dioses da mucho de sí. Nuevamente hay que centrar la atención en las grasas, más específicamente en las procianidinas, un grupo de polifenoles con gran capacidad antioxidante, lo que tiene una enorme importancia en este época en la que no hay enfermedad que se precie cuya fisiopatología no se explique a través de malvados y deletéreos proceso oxidativos. De hecho, el efecto beneficioso sobre la salud que se atribuye a compuestos como el té o el vino tinto se explica por su riqueza el diferentes antioxidantes. En lo que al cacao se refiere, sus procianidinas le confieren
prometedoras capacidades en la prevención de las patologías cardiovasculares y el cáncer. Además, aunque el cacao contiene lípidos ligados a aterogénesis (es decir, “malos” desde el punto de vista cardiovascular, resulta que su absorción intestinal es mínima, con lo que el organismo se queda sólo con lo “bueno” del producto. Y no queda ahí la cosa: la capacidad antioxidante del cacao es
la máxima conocida, rebasando, por este orden, al vino tinto, al té verde y al té negro.
En justa analogía con lo que sucede en la Farmacología convencional, muchos de los estudios que reivindican la acción saludable del chocolate están esponsorizados parcial o totalmente por los principales fabricantes. Si
hace unas semanas recogíamos que parte de los autores de un trabajo orientado a desmontar la afinidad del chocolate con el cannabis pertenecían al Centro de Investigación de Nestlé, debemos complementar este dato con el intenso apoyo de Mars, uno de los gigantes del sector, a toda la investigación orientada a demostrar que el chocolate no sólo es rico, sino saludable. Los resultados de los estudios han servido para lanzar campañas publicitarias que intentan convencer al consumidor de que el chocolate no sólo es rico, sino bueno, porque previene enfermedades, y tal, en lo que parece un colosal argumento publicitario. Aunque afortunadamente hemos rebasado la consideración de la enfermedad como vicio, o defecto, nuestra época se caracteriza por la asimilación de la salud a la virtud. Por lo tanto, será enorme la fuerza de un slogan que sugiera que un producto “caprichoso” y a priori prescindible en la dieta como el chocolate es en realidad virtuoso y necesario para estar sano. Claro que esto tiene una cierta trampa, y no porque la publicidad pueda cambiar radicalmente los hábitos de las personas, que no puede hacerlo en la medida que sugieren sus críticos... sino porque los chocolates que fabrican los sponsors y anunciantes
contienen en realidad muy poco cacao. Su principal componente es el azúcar (del que no se puede argumentar que sea muy saludable), mientras que en algunas marcas, su contenido en los lípidos milagrosos del cacao no llega al 5% del peso total.
¿Terminan aquí los efectos beneficiosos del chocolate sobre la salud? Pues no. Debemos hacernos eco de una insólita e insospechada virtud del producto. Unos investigadores finlandeses realizaron un
estudio para comprobar si el consumo de chocolate y las experiencias estresantes a lo largo del embarazo guardaban relación con el temperamento del bebé (en valoración materna) a los seis meses de vida. Para ello entrevistaron a 305 madres de niños sanos y descubrieron que las madres que durante el embarazo habían comido chocolate todos los días tenían una percepción más positiva del temperamento de sus hijos. Curiosamente, las valoraciones negativas se asociaban a un mayor estrés materno previo al parto, en especial en las mujeres que habían consumido poco chocolate en el embarazo. Los autores concluyen que el chocolate, “además de producir sentimientos subjetivos de bienestar psicológico puede tener efectos en múltiples niveles ambientales y psicológicos”. En términos más directos, parece como si la exposición a chocolate en el embarazo hubiera protegido frente al estrés a las madres y les hubiera propiciado una mayor armonía con sus hijos. Después de este “hallazgo”, y aunque puede proponerse como explicación alternativa que el consumo de chocolate no tenga un efecto directo, sino que sea un “marcador” de una actitud general optimista frente a la vida, ¿quién se atreve a negar un antojo chocolatero a una embarazada?
Para terminar, debemos colocar en la balanza lo que de deletéreo y perjudicial tiene el chocolate, no para el consumidor, sino para el productor. La
dependencia del cacao de muchas economías nacionales y el oligopolio que representa la demanda, es una catástrofe social, económica y sanitaria para no pocos países subsaharianos y americanos. De manera que si se confirma que el chocolate es saludable, quienes nos damos el placer de consumirlo en los países ricos estaremos más sanos, a costa de la pobreza y la enfermedad de nuestros congéneres de algunos países pobres. Ciertamente, hasta en el campo de la Psiquiatría Insólita no hay nada nuevo bajo el sol de la desigualdad.
Fuentes
Lee KW, Kim YJ, Lee HJ, Lee CY. Cocoa has more phenolic phytochemicals and a higher antioxidant capacity than teas and red wine. J Agric Food Chem. 2003; 51: 7292-5 [
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Räikkönen K, Pesonen AK, Järvenpää A-L, Strandberg TE. Sweet babies: chocolate consumption during pregnancy and infant temperament at six months. Early Hum Dev 2004; 76: 139-45 [
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Stoll AL, Severus WE, Freeman MP et al. Omega 3 Fatty Acids in Bipolar Disorder. A Preliminary Double-blind, Placebo-Controlled Trial. [
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Weisburger JH. Chemopreventive effects of cocoa polyphenols on chronic diseases. Exp Biol Med (Maywood) 2001; 226: 891-7 [
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