La semana pasada aludíamos al craving por chocolate al mencionar la especial apetencia de las mujeres por tan excelso manjar. Hoy retomaremos la serie de los nominados al DSM con este cuadro, cuyo creciente éxito le convierte en un serio, muy serio candidato a ulteriores ediciones del catálogo nosológico de la APA.
El saber popular identificó hace mucho al craving o querencia, o en términos más amplios, la adicción al chocolate. No son pocos los chistes sobre chocolohómanos, o sujetos enganchados al alimento de los dioses. Desde la clínica, los franceses Favre-Bismuth y Grouzmann hablaban hace casi 20 años de chocolatomanía, caracterizada por el consumo casi exclusivo de chocolate negro (que contiene más del 50% de cacao) en cantidades entre 100 y 500 gr/día. En su estudio los chocolatómanos también tenían hábitos más o menos compulsivos en diversas esferas: así, practicaban deportes, jugaban al ajedrez o a las cartas, o cultivaban las relaciones sexuales, la lectura o el cine de una manera un tanto desmedida, al tiempo que se caracterizaban por una tendencia al ordenancismo. A pesar de todo, los autores consideraban que la chocolatomanía era muy diferente a la bulimia, ya que no se asociaba a vergüenza, culpa, vómitos, uso de laxantes o alteraciones de la imagen corporal. La chocolatomanía, en definitiva, era una práctica hedónica, y el perfil de personalidad del chocolatómano, a su modo de ver, no difería en absoluto del de la población general.
Pero a pesar de esta visión positiva, parece que el chocolate da mucho que sí como fuente o tema de trastornos mentales. Si nos fijamos en su composición no sólo encontramos principios típicamente nutritivos como proteínas, carbohidratos, lípidos, vitaminas (pantoténico, niacina, vitamina E), minerales (K, Mg, Fe), sino que encontraremos también otras sustancias menos inocentes, como las tres xantinas (teobromina, en cantidades elevadas y cafeína en proporción superior a la de una taza de café negro), feniletilamina y anandamida. Esta última merece una consideración especial.
En 1996, la
doctora Di Tomaso y colaboradores publicaron en
Nature una carta en la que comunicaban que el cacao contiene tres N-aciletanolaminas (a las que misericordiosamente suele denominarse NEAs): la N-oleoiletanolamina, la N-lineoiletanolamina y la anandamida, por orden decreciente de concentración según sus hallazgos. Desde 1992 se sabe que la anandamida es el ligando endógeno de los receptores cannabionoides. El compuesto, que debe su nombre al término sánscrito “ananda” (bienestar), parece tener una acción neurotransmisora en el cerebro, y de hecho se presenta como una ruta prometedora al
desarrollo de nuevos tratamientos para la ansiedad, la depresión y el dolor. Las otras dos NEAs inhiben la enzima catalizadora andanamida hidroxilasa, con lo que potencian la actuación del neurotransmisor y provocarían una leve acción psicotropa, cannabinomimética, del cacao. Así que si parece que quien designó en argot al cannabis como chocolate estaba especialmente lúcido.
Como réplica a la contribución de Di Tomaso, dos años después y en la misma revista,
Vincenzo Di Marzo y otros firmantes procedentes del Instituto de Química Molecular de Nápoles y del Centro de Investigación de Nestlé (es rigurosamente cierto), publicaron otra carta en la que comunicaban que el chocolate no contiene la cantidad de NEAs necesaria para provocar un efecto psicoadictivo parecido al que produce la marihuana. Según sus cálculos, la andanamida no es más abundante en el chocolate que en la leche humana (se entiende que de mujer no consumidora de chocolate en cualquiera de sus acepciones), las avellanas o la soja. Añadían que las NEAs se descomponen en el sistema digestivo antes de llegar a la sangre o al cerebro. Pero en el mismo número de la revista
Beltramo y Piomelli, coautores del trabajo de Di Tomaso, criticaban a Di Marzo (con tanto apellido italiano parece una película de gangsters) porque, entre otras cosas, en su estudio sólo se había centrado en la andanamida, sin prestar ninguna atención a las otras dos NEAs.
Si Di Tomaso, Beltramo y compañía tienen razón, nos hallamos ante una fundamentación de neurociencia – ficción para la adicción al chocolate no mucho más risible que la de la depresión, desde luego. Y en la clínica, ¿cómo no aplicar el nuevo concepto de dependencia al chocolate? Al margen de que puedan demostrarse fenómenos de tolerancia o abstinencia, seguro que pueden encontrarse sujetos que cumplan los criterios conductuales de cualquier dependencia. Busque el lector, y encontrará, a quien cumpla tres de estos requisitos: tomar chocolate con frecuencia en cantidades mayores o durante un período más largo de lo que inicialmente se pretendía; desear persistente o esfuerzos infructuosos de controlar o interrumpir el consumo de chocolate; jhoras y horas dedicadas a actividades relacionadas con la obtención de chocolate (por ejemplo, visitar reiteradamente la sección de dulces del supermercado), en el consumo del mismo (por ejemplo, comer onza tras onza) o en la recuperación de sus efectos (como el bihotzerre); reducción de importantes actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de chocolate y, por último, pertinaz consumo de chocolate a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos o físicos recidivantes o persistentes, que parecen causados o exacerbados por su consumo (por ejemplo, ganancia de peso).
Y para que todo quede redondo: la terapéutica farmacológica. En 1989 el American Journal of Psychiatry publicó una carta en la que el doctor Michell y dos asociados relataban el hallazgo serendípico de dos pacientes depresivos con craving por chocolate comórbido en los que la querencia había desaparecido a los pocos días de iniciar el tratamiento con bupropion. Los autores descartaban la adicción fuera secundaria a la depresión o que la querencia desapareciera al mejorar el cuadro afectivo, por lo que concluían que la respuesta tenía que estar en el antidepresivo. Como faltaban aún tres años para que se descubriera la andanamida, se fijaron en que la estructura química del bupropion era clavadita a la de la feniletilamina del chocolate. De esta manera, el antidepresivo produciría en los pacientes una “saciación” ante la que no tendría lugar ni sentido el ansia por chocolate.
Bien pensado, ¿por qué no aplicar el mismo razonamiento a los ISRS y su efecto “curativo” sobre la sexualidad? ¿Por qué no concluir que la actividad sexual, al igual que los ISRS, genera una hiperserotoninergia y que, por lo tanto, los ISRS producen una saciación que hace superflua, no deseable la actividad sexual?
Meses después, el doctor Rakatansky ofrecía una explicación alternativa: en su opinión Michell y colaboradores habían descubierto un efecto secundario grave del bupropion consistente en la abolición del placer de consumir chocolate. ¿Qué sería de quienes obtienen un beneficio hedonista del chocolate si se les privara a golpe de psicofármaco de su placentero consumo?, se preguntaba, al tiempo que imaginaba un escenario pavoroso en el que la gente, abandonado el chocolate, se entregaría a otras actividades, como el sexo (con el consiguiente riesgo de un baby – boom) o –peor aún- al ejercicio compulsivo. Aunque estas alternativas, a la larga, pudieran ser provechosas, en el plazo corto requerirían una atención psiquiátrica que haría necesario una cantidad de recursos humanos tal que representaría un auténtico desastre económico para la sanidad. Por todo ello, sugería que la FDA prohibiera el bupropion o limitara su prescripción, y se preguntaba cuándo cesaría el afán de lo que llamaba farmacología creativa por modelar la conducta alimentaria de la ciudadanía, que a su modo de ver, tenía un incómodo regusto orwelliano.
Quince años después sabemos que la Farmacología, la Psiquiatría y la Medicina en general pueden ser mucho más creativas (en el peor sentido de la palabra) que lo que auguraban las peores pesadillas de Rakatansky, y que cuando se habla de Gran Hermano no nos referimos ya a un control omnímodo por parte del Poder, sino a un concurso casposo. Tal vez acabe siendo cierto lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Fuentes
Beltramo M, Piomelli D. Reply: Trick or treat from food endocannabinoids? Nature 1998;396:678 [
Primer párrafo].
Di Marzo V, Sepe N, De Petrocellis L, Berger A, Crozier G, Fride E, Mechoulam R. Trick or treat from food endocannabinoids? Nature 1998;396: 636-7 [
Primer párrafo].
Di Tomaso E, Beltramo M, Piomelli D. Brain cannabinoids in chocolate. Nature. 1996 Aug 22;382(6593):677-8
Favre-Bismuth C, Grouzmann E. Chocolatomanies. A propos de 22 cas. Entretiens de Bichat 1985; 108-111
Mitchell GF, Mebane AH, Billings CK: Effects of bupropion on chocolate craving. Am J Psychiatry 1989; 148, 812
Rakatansky H. Chocolate: pleasure or pain? Am J Psychiatry 1989; 146: 1089.