Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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30.5.04

Vida es fútbol 

Hace algo más de 20 años el Real Madrid tenía un entrenador yugoslavo (a saber de qué país o república exyugoslava será en este momento) llamado Vujadin Boskov, que un buen día, iluminado por alguna musa especialmente ocurrente y brillante, emitió un aforismo que hizo fortuna, por su rotundidad y por la perfección conceptual que se escondía detrás de su formulación: “Fútbol es fútbol”.

La sentencia de Voskov palidece ante la categórica afirmación de Bill Shankly, un escocés que jugó y entrenó al Liverpool y al cual se debe, al parecer, buena parte del éxito de la entidad. Mr Shankly, en su momento, afirmó que contrariamente a lo que algunas personas creen, el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino mucho más que eso. Algunos comentaristas sugieren que lo que Shankly quería decir es que hay que tener una motivación o una preocupación para dotar de sentido y significado a la vida: una pasión. Otra cuestión es si el fútbol es una pasión adecuada para dar sentido a nuestra existencia.

Desconozco si eso era lo que quería decir Shankly, y como hace casi un cuarto de siglo que falleció, no estamos en condiciones de pedirle que nos lo aclare. Ahora bien, uno, desde la perspectiva de seguidor del club que históricamente fue definido como “un caso único en la historia del fútbol mundial”, cree que lo cierto es que el fútbol es algo ubicuo, que impregna nuestra existencia, en especial si tenemos en cuenta lo extendida que está esa pasión entre los seres humanos (sobre todo, varones). ¿Qué sería de nosotros sin el fútbol? ¿De qué hablaríamos? ¿Qué otro tema puede resultar más accesible para romper el hielo cuando se juntan dos especimenes de la especie humana, sobre todo machos? ¿Cuál es la última motivación de tantísimas actuaciones humanas, si no el fútbol? ¿Qué hay más característico de cualquier ciudad que su (principal) equipo de fútbol? Javier Marías sostiene que es más fácil cambiar de pareja, de principios, de ideario político, que de equipo, y creo que es absolutamente cierto. Y si en mis años de residente uno de mis mayores era capaz de “leer” al Athletic en términos psicopatológicos e incluso psicoanalíticos, con el paso de los años, y parafraseando en cierto modo a Shankly, he aprendido que el mundo, la psicopatología y el psicoanálisis pueden comprenderse desde la perspectiva del fútbol y del Athletic en particular.

En los últimos años los deportes han suscitado un interés biomédico y psiquiátrico desde la perspectiva de lo que podríamos llamar “medicina laboral”. Una de las enfermedades que ha desencadenado este furor es la Esclerosis Lateral Amiotrófica o E.L.A., conocida como “enfermedad de Lou Gehring”, un jugador de fútbol americano que la sufrió, al igual que un número significativo de sus colegas, dando pie a una hipótesis tóxica del cuadro que lo relacionaba con los pesticidas utilizados en los campos en los que se practicaba el deporte. Pero la ELA parece afectar también a futbolistas, especialmente a los italianos, de los que hay más de una treintena afectados. De ellos, casi 20 han fallecido ya. La agrupación de casos de esta (afortunadamente) infrecuente enfermedad en una profesión tan concreta llama poderosamente la atención, y se ha sugerido que detrás de esta elevadísima prevalencia puede encontrarse el uso descontrolado de tóxicos para aumentar el rendimiento de los futbolistas. Ya se sabe, esas pastillas o esas barras energéticas que les dan en sus clubs, y que los servicios médicos correspondientes dicen que vienen adulteradas en origen con sustancias prohibidas a las que –por supuesto- nadie quiere que se expongan los deportistas. Faltaría más.

También tienen interés deportivo - laboral los traumatismos cráneo-encefálicos. Desde hace más de 75 años se conoce la demencia pugilística, atribuida a los múltiples cacharrazos cefálicos sufridos por los boxeadores a lo largo de su carrera. El Parkinson, como lo demuestra algún caso que todos tenemos en mente, es otra patología relacionada con los traumatismos sufridos por los púgiles. Estos razonamientos se han aplicado también al fútbol, ya que se ha sugerido que los jugadores corren un riesgo especial de demencia como resultado de los reiterados microtraumatismos craneoencefálicos que al estilo de la demencia pugilística, entraña el juego de cabeza. No sólo esto: no son raros los choques de cabezas, las patadas accidentales al cráneo del contrario (alguna saldada con resultados trágicos) o los coscorrones contra la portería.

Hasta la fecha, sin embargo, no puede decirse con seguridad que haya un riesgo especial de daño cerebral por cabecear el balón, a pesar de que hay estudios biomecánicos que sugieren que se trata de un arte potencialmente comprometido para el encéfalo. Una revisión seria sobre el particular denuncia que no se ha distinguido con claridad entre los traumatismos con concusión y sin ella, y concluye que a pesar de que hay datos que sugieren alguna secuela subclínica, no hay ninguna prueba científica de que relacione el cabeceo de balones con un deterioro neurológico ulterior. De momento, pues, parece que de momento no tenemos que poner casco a los futbolistas ni recomendar a nuestros retoños que eviten cabecear el balón. Pero como la Medicina, y por supuesto la Psiquiatría, son disciplinas en continua evolución, no debemos descartar que en un futuro se demuestre que efectivamente es malo usar la cabeza para eso. En 1999 TA Caulfield, un autor canadiense, planteaba que dado que el alelo ApoE épsilon 4 se asocia a secuelas severas de los TCE a corto y largo y plazo, tal vez en el futuro pudieran realizarse tests genéticos con el fin de alertar a los portadores sobre los peligros para su salud neuropsiquiátrica de ciertas disciplinas con riesgo de coscorrón (entre ellas el fútbol). Para Caulfield, esto suscitaría dilemas éticos cuando el deportista adolescente se opusiera al test o no quisiera que se desvelase el resultado a sus padres. Pero desde una perspectiva más anecdótica, no podemos dejar de maravillarnos ante las extraordinarias posibilidades de esta medida para organizar los equipos. Así, sólo podrían jugar de porteros, centrales y delanteros centro quienes no portasen el alelo. Los portadores, en cambio, deberían jugar de laterales y no colocarse nunca debajo de los palos en los lanzamientos de corner, para evitar dar al balón con la cabeza (o más bien, pare evitar que el balón les diera en la cabeza). En los saques de falta tampoco deberían colocarse en la barrera, y dado el actual diseño de los banquillos deberían llevar casco cuando estuvieran de suplentes, para evitar coscorrones al saltar al campo. En definitiva, sería una excelente oportunidad para normativizar otra actividad humana.


Fuentes:

Caulfield TA. The law, adolescents, and the APOE epsilon 4 genotype: a view from Canada. Genet Test. 1999;3(1):107-13 [Abstract].

Rutherford A, Stephens R, Potter D. The neuropsychology of heading and head trauma in Association Football (soccer): a review. Neuropsychol Rev 2003;13:153-79 [Abstract].

Spear J. Are professional footballers at risk of developing dementia? Int J Geriatr Psychiatry 1995; 10: 1011-1014
posted by Juan  # 10:35 AM

23.5.04

¿Es el chocolate es bueno para la salud? 

Para cerrar nuestro repaso al manjar de los dioses, tendremos que detenernos en las virtudes del producto. Las bromatológicas las conoce de sobra cualquier degustador, ocasional, habitual o compulsivo del producto. Las energéticas, también: ya sabemos que si el ciclista toma ColaCao es el amo de la pista y si lo toma el boxeador boxea que es un primor. Quedan los beneficios para la salud... que parece los tiene.

En los últimos años se está prestando un enorme interés al papel “terapéutico” o preventivo de los alimentos. En Psiquiatría hay aportaciones interesantes. Por ejemplo, la Glucosa se ha vinculado con la transmisión serotoninérgica, con lo que tendría acciones ansiolíticas y antidepresivas (se suele mencionar el ejemplo de algunos niños pequeños a los que seda más y mejor el agua azucarada que el chupete). Además, estimula la transmisión colinérgica y, por lo tanto, las funciones cognitivas, por lo que, el desayuno escaso se asocia a un bajo rendimiento en la escuela en la misma medida que el desayuno generoso se asocia a mejor rendimiento. A su vez, los aminoácidos, precursores de neurotransmisores, se han vinculado con la depresión, y son clásicos los ejemplos del uso como timolépticos del Triptófano y la S-Adenosil-Metionina.

Pero las grandes estrellas de la Psicobromatoterapéutica (si vale el término) son las grasas, en particular los Acidos omega-3, particularmente abundantes en el pescado, que se han ensayado, a un nivel muy preliminar, como reguladores del humor y potenciadores de antidepresivos, a partir de razonamientos de neurociencia ficción no más disparatados que los que sustentan el uso cotidiano de los ISRS para prácticamente cualquier patología no psicótica. Incluso, y a partir del hallazgo de su efecto beneficioso sobre el corazón, se ha sugerido que la escasa ingesta de estos ácidos grasos pueda ser el eslabón perdido que explique la asociación de la depresión con la patología cardiaca. Por todo ello no deberá extrañarnos que cuenten en breve con bendiciones psicofarmacológicas. De momento, hay preparados de ácidos grasos omega 3 en las farmacias que, evidentemente, no se incluyen entre las prestaciones farmacológicas del Sistema Nacional de Salud. Se trata de especialidades pobres en el principio activo (habría que ingerir del orden de 20 cápsulas diarias de la marca más “potente” para igualar las dosis utilizadas en los ensayos clínicos).

Volviendo al chocolate, aunque desde antiguo se le han atribuido efectos euforizantes, vigorizantes o afrodisíacos y a pesar de que se conoce que contiene xantinas y cannabinoides, de momento no hay un interés por su papel terapéutico. Sin embargo, si nos planteamos la prevención de enfermedades, tendremos que concluir que el manjar de los dioses da mucho de sí. Nuevamente hay que centrar la atención en las grasas, más específicamente en las procianidinas, un grupo de polifenoles con gran capacidad antioxidante, lo que tiene una enorme importancia en este época en la que no hay enfermedad que se precie cuya fisiopatología no se explique a través de malvados y deletéreos proceso oxidativos. De hecho, el efecto beneficioso sobre la salud que se atribuye a compuestos como el té o el vino tinto se explica por su riqueza el diferentes antioxidantes. En lo que al cacao se refiere, sus procianidinas le confieren prometedoras capacidades en la prevención de las patologías cardiovasculares y el cáncer. Además, aunque el cacao contiene lípidos ligados a aterogénesis (es decir, “malos” desde el punto de vista cardiovascular, resulta que su absorción intestinal es mínima, con lo que el organismo se queda sólo con lo “bueno” del producto. Y no queda ahí la cosa: la capacidad antioxidante del cacao es la máxima conocida, rebasando, por este orden, al vino tinto, al té verde y al té negro.

En justa analogía con lo que sucede en la Farmacología convencional, muchos de los estudios que reivindican la acción saludable del chocolate están esponsorizados parcial o totalmente por los principales fabricantes. Si hace unas semanas recogíamos que parte de los autores de un trabajo orientado a desmontar la afinidad del chocolate con el cannabis pertenecían al Centro de Investigación de Nestlé, debemos complementar este dato con el intenso apoyo de Mars, uno de los gigantes del sector, a toda la investigación orientada a demostrar que el chocolate no sólo es rico, sino saludable. Los resultados de los estudios han servido para lanzar campañas publicitarias que intentan convencer al consumidor de que el chocolate no sólo es rico, sino bueno, porque previene enfermedades, y tal, en lo que parece un colosal argumento publicitario. Aunque afortunadamente hemos rebasado la consideración de la enfermedad como vicio, o defecto, nuestra época se caracteriza por la asimilación de la salud a la virtud. Por lo tanto, será enorme la fuerza de un slogan que sugiera que un producto “caprichoso” y a priori prescindible en la dieta como el chocolate es en realidad virtuoso y necesario para estar sano. Claro que esto tiene una cierta trampa, y no porque la publicidad pueda cambiar radicalmente los hábitos de las personas, que no puede hacerlo en la medida que sugieren sus críticos... sino porque los chocolates que fabrican los sponsors y anunciantes contienen en realidad muy poco cacao. Su principal componente es el azúcar (del que no se puede argumentar que sea muy saludable), mientras que en algunas marcas, su contenido en los lípidos milagrosos del cacao no llega al 5% del peso total.

¿Terminan aquí los efectos beneficiosos del chocolate sobre la salud? Pues no. Debemos hacernos eco de una insólita e insospechada virtud del producto. Unos investigadores finlandeses realizaron un estudio para comprobar si el consumo de chocolate y las experiencias estresantes a lo largo del embarazo guardaban relación con el temperamento del bebé (en valoración materna) a los seis meses de vida. Para ello entrevistaron a 305 madres de niños sanos y descubrieron que las madres que durante el embarazo habían comido chocolate todos los días tenían una percepción más positiva del temperamento de sus hijos. Curiosamente, las valoraciones negativas se asociaban a un mayor estrés materno previo al parto, en especial en las mujeres que habían consumido poco chocolate en el embarazo. Los autores concluyen que el chocolate, “además de producir sentimientos subjetivos de bienestar psicológico puede tener efectos en múltiples niveles ambientales y psicológicos”. En términos más directos, parece como si la exposición a chocolate en el embarazo hubiera protegido frente al estrés a las madres y les hubiera propiciado una mayor armonía con sus hijos. Después de este “hallazgo”, y aunque puede proponerse como explicación alternativa que el consumo de chocolate no tenga un efecto directo, sino que sea un “marcador” de una actitud general optimista frente a la vida, ¿quién se atreve a negar un antojo chocolatero a una embarazada?

Para terminar, debemos colocar en la balanza lo que de deletéreo y perjudicial tiene el chocolate, no para el consumidor, sino para el productor. La dependencia del cacao de muchas economías nacionales y el oligopolio que representa la demanda, es una catástrofe social, económica y sanitaria para no pocos países subsaharianos y americanos. De manera que si se confirma que el chocolate es saludable, quienes nos damos el placer de consumirlo en los países ricos estaremos más sanos, a costa de la pobreza y la enfermedad de nuestros congéneres de algunos países pobres. Ciertamente, hasta en el campo de la Psiquiatría Insólita no hay nada nuevo bajo el sol de la desigualdad.



Fuentes

Lee KW, Kim YJ, Lee HJ, Lee CY. Cocoa has more phenolic phytochemicals and a higher antioxidant capacity than teas and red wine. J Agric Food Chem. 2003; 51: 7292-5 [Abstract]

Räikkönen K, Pesonen AK, Järvenpää A-L, Strandberg TE. Sweet babies: chocolate consumption during pregnancy and infant temperament at six months. Early Hum Dev 2004; 76: 139-45 [Abstract].

Stoll AL, Severus WE, Freeman MP et al. Omega 3 Fatty Acids in Bipolar Disorder. A Preliminary Double-blind, Placebo-Controlled Trial. [Abstract]

Weisburger JH. Chemopreventive effects of cocoa polyphenols on chronic diseases. Exp Biol Med (Maywood) 2001; 226: 891-7 [Texto completo]



posted by Juan  # 10:21 AM

16.5.04

Vade Retro chocolate  

A vuelta con estas cosas del craving por chocolate, recientemente se ha publicado en Diario Médico, una reseña con el título literal: “La adicción al chocolate y a la pizza provoca la misma respuesta cerebral que a la droga”. La noticia se refiere a una también reciente investigación publicada en Neuroimage, en la que se observó que 12 personas sanas expuestas a la contemplación, olor y sabor de sus alimentos favoritos, activaron regiones cerebrales que se excitan cuando las personas adictas a la cocaína piensan en su consumo. En concreto, esta exposición a sus alimentos favoritos aumentó notablemente (en un 24 %) el metabolismo especialmente en la ínsula anterior, la circunvolución temporal superior y la corteza orbitofrontal (COF). La participación de esta última zona da pie a que los autores a sustentar la teoría de que la publicidad de los alimentos repercute en la epidemia de obesidad que afecta a Estados Unidos. Diario Médico recoge la siguiente afirmación del director del estudio, Gene-Jack Wang: "Estos resultados explicarían los efectos perniciosos de la exposición constante a los estímulos alimentarios, como la publicidad, las máquinas expendedoras, los canales de alimentos y la exhibición de comidas elaboradas en algunas tiendas".

Lamentablemente en internet sólo puede leerse sin pagar al abstract del artículo, por lo que habrá que contarlo a quienes no puedan acceder al texto completo. Digamos para empezar que es un estudio con PET, acompañado de esas láminas con colorines que resultan tan vistosas incluso a los que no tenemos idea de cómo interpretarlas, entre cuyos figura Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de los EEUU.

Los probandos son personas no obesas ni bulímicos, ni adictos a sustancias; no han sufrido traumatismos cráneo-encefálicos, ni padecen trastornos mentales o enfermedades sistémicas que pudieran afectar a la función cerebral; son personas normales y corrientes, vamos. El experimento consistió en exponerles estímulos “neutros” o los estímulos alimenticios de su agrado, a la vista, olfato o gusto (en este último caso, con una torunda impregnada en agua en el modelo neutro o en la comida de su agrado en el modelo alimentario). Todo ello se hizo tras un ayuno de entre 17 y 19 horas, con lo que los sujetos debían tener una cierta gusa. Como se recoge en la reseña de Diario Médico, en la exposición a alimentos se activaron determinadas áreas cerebrales, algunas de las cuales tienen que ver con centros olfativos y gustativos, pero también se “enchufó” la COF, que se ponía naranja y roja (colores indicadores de alta actividad metabólica). Según recuerdan los autores, esta zona del cerebro viene a ser una especie de corteza gustativa secundaria, gracias a sus conexiones con la ínsula, el estriado y la amígdala, y participa en procesos gustativos positivos y negativos. En el estudio resultó estar especialmente activa la zona posterior izquierda de la COF, pero puesto que no se asoció con sensación de hambre o deseo de comer, la conclusión es que lo que la excitó fue el olor y el sabor de los alimentos. Además, la COF recibe abundantes conexiones dopaminérgicas que determinan en parte la búsqueda o el deseo de alimento. También se ha demostrado que en el craving por cocaína también se activa la COF, por lo que nos encontramos con que en esta esquina del cerebro confluyen aspectos y dimensiones tan variadas como la apetencia, el craving, la siempre malintencionada inervación dopaminérgica y la búsqueda de alimento. Como corolario, los autores deducen que el cerebro humano es muy sensible a la presentación de estímulos alimenticios, lo que dado que hoy en día tales estímulos son ubicuos en nuestro entorno (publicidad, tiendas, máquinas dispensadoras), podría explicar la actual epidemia de obesidad. Dicho de otra manera: los estímulos ligados a la comida nos gustan, nos atraen y activan una zona del cerebro en la que hay funciones variadas ligadas a distintas formas de apetencia. Si unimos esta disposición cerebral a la publicidad y a la disponibilidad de alimentos en nuestras opulentas sociedades occidentales tendremos la explicación neurocientífica a lo mucho que comemos y a lo gordos que estamos.

Debo reconocer que tanto colorín y tanta alusión a autopistas dopaminérgicas cerebrales impone bastante, pero en pro del avance de la ciencia querría hacer algunas sugerencias: ¿por qué no estudiar qué pasa en la COF en filatélicos expuestos a sellos raros o deseables?, ¿qué tal si pasamos por el PET a seguidores del Barça expuestos a los primeros toques de balón en una jugada de Ronaldinho?, ¿qué pasaría si con un esquema más o menos similar al de este estudio vemos con PET qué pasa en el cerebro de personas expuestas a situaciones apetecibles en ámbitos ligados a otras formas de necesidades o placeres cuya naturaleza dejo imaginar al lector?

Lamentablemente, la principal impresión que (me) da leer el artículo es que es una pena que se hayan gastado tantos dólares en esto. También da la sensación de que no siempre es fiable la forma en que se resumen, en prensa médica o lega, los hallazgos de los artículos: en el original no hay ninguna referencia a la adicción al chocolate o a la pizza. Un aspecto chocante del estudio (lo que las personas que entienden de esto llamarían un methodological flaw) es que es muy discutible que los probandos sean gente normal. Una docena de personas entre cuyos alimentos más sabrosos y apetecibles, además de cosas presentables como el chocolate, figuren el sándwich de bacon, huevo y queso, el bollo de canela, la pizza, la hamburguesa con queso, el pollo frito, la lasaña y la barbacoa de costillas dan más la impresión de perversos alimentarios que de personas normales, por mucho que también les guste el alimento de los dioses. Por cierto: una sugerencia para la APA: ¿qué tal si incluimos las parafilias alimentarias en el DSM-V como algo diferente de la pica o alotriofagia?

Como crítica positiva o favorable, hay que reconocer la contribución del estudio a la prevención de riesgos laborales, ya que los autores sugieren que las personas que trabajan con alimentos (por ejemplo, los chefs de restaurante) tienen un riesgo especial de sobrealimentación (y obesidad) al estar expuestos a tanto estímulo apetecible para su COF. A partir de esta constatación, debemos plantearnos que se acostumbre a los alumnos de las escuelas de hostelería a trabajar con pinzas en la nariz para al menos eliminar un canal de estímulo y seducción alimentaria. En los casos más severos de chefs gorditos se podría proponer la cauterización de los nervios olfatorios, o la forzada insipidazión de los alimentos mediante intervenciones agresivas sobre la lengua. Pobre Arzak...

Nos encontramos pues ante un trabajo que profundizará en esa fructífera línea de investigación que pretende demostrar que nuestra organización cerebral nos convierte en marionetas expuestas a un entorno en el que fuerzas perversas manejan los hilos que nos mueven. A partir de casos clínicos de compulsiones o adicciones acabaremos concluyendo que todos podemos ser adictos porque compartimos un cerebro adictizable al mundo, el demonio y la carne. La irrupción de la tecnología en la investigación sobre la conducta humana no aporta tanto a la fe en la autonomía y libertad de los individuos como al replanteamiento en términos neurocientíficos de los mensajes religiosos sobre la debilidad del ser humano, tan arraigados que afloran siempre, aunque sea revestidas de hallazgo científico.

Sería estupendo que alguien hiciera un estudio con PET para ver de que color se pone la COF cada vez que tenemos a nuestro alcance una excusa o una argumentación autoexculpatoria. Da la sensación que sería carmesí.



Fuentes:

Wang GJ, Volkow ND, Telang F, et al. Exposure to appetitive food stimuli markedly activates the human brain. Neuroimage 2004; 21: 1790-7 [Abstract]

posted by Juan  # 11:27 AM

9.5.04

Nominados al DSM: 4. Adicción al chocolate. 

La semana pasada aludíamos al craving por chocolate al mencionar la especial apetencia de las mujeres por tan excelso manjar. Hoy retomaremos la serie de los nominados al DSM con este cuadro, cuyo creciente éxito le convierte en un serio, muy serio candidato a ulteriores ediciones del catálogo nosológico de la APA.

El saber popular identificó hace mucho al craving o querencia, o en términos más amplios, la adicción al chocolate. No son pocos los chistes sobre chocolohómanos, o sujetos enganchados al alimento de los dioses. Desde la clínica, los franceses Favre-Bismuth y Grouzmann hablaban hace casi 20 años de chocolatomanía, caracterizada por el consumo casi exclusivo de chocolate negro (que contiene más del 50% de cacao) en cantidades entre 100 y 500 gr/día. En su estudio los chocolatómanos también tenían hábitos más o menos compulsivos en diversas esferas: así, practicaban deportes, jugaban al ajedrez o a las cartas, o cultivaban las relaciones sexuales, la lectura o el cine de una manera un tanto desmedida, al tiempo que se caracterizaban por una tendencia al ordenancismo. A pesar de todo, los autores consideraban que la chocolatomanía era muy diferente a la bulimia, ya que no se asociaba a vergüenza, culpa, vómitos, uso de laxantes o alteraciones de la imagen corporal. La chocolatomanía, en definitiva, era una práctica hedónica, y el perfil de personalidad del chocolatómano, a su modo de ver, no difería en absoluto del de la población general.

Pero a pesar de esta visión positiva, parece que el chocolate da mucho que sí como fuente o tema de trastornos mentales. Si nos fijamos en su composición no sólo encontramos principios típicamente nutritivos como proteínas, carbohidratos, lípidos, vitaminas (pantoténico, niacina, vitamina E), minerales (K, Mg, Fe), sino que encontraremos también otras sustancias menos inocentes, como las tres xantinas (teobromina, en cantidades elevadas y cafeína en proporción superior a la de una taza de café negro), feniletilamina y anandamida. Esta última merece una consideración especial.

En 1996, la doctora Di Tomaso y colaboradores publicaron en Nature una carta en la que comunicaban que el cacao contiene tres N-aciletanolaminas (a las que misericordiosamente suele denominarse NEAs): la N-oleoiletanolamina, la N-lineoiletanolamina y la anandamida, por orden decreciente de concentración según sus hallazgos. Desde 1992 se sabe que la anandamida es el ligando endógeno de los receptores cannabionoides. El compuesto, que debe su nombre al término sánscrito “ananda” (bienestar), parece tener una acción neurotransmisora en el cerebro, y de hecho se presenta como una ruta prometedora al desarrollo de nuevos tratamientos para la ansiedad, la depresión y el dolor. Las otras dos NEAs inhiben la enzima catalizadora andanamida hidroxilasa, con lo que potencian la actuación del neurotransmisor y provocarían una leve acción psicotropa, cannabinomimética, del cacao. Así que si parece que quien designó en argot al cannabis como chocolate estaba especialmente lúcido.

Como réplica a la contribución de Di Tomaso, dos años después y en la misma revista, Vincenzo Di Marzo y otros firmantes procedentes del Instituto de Química Molecular de Nápoles y del Centro de Investigación de Nestlé (es rigurosamente cierto), publicaron otra carta en la que comunicaban que el chocolate no contiene la cantidad de NEAs necesaria para provocar un efecto psicoadictivo parecido al que produce la marihuana. Según sus cálculos, la andanamida no es más abundante en el chocolate que en la leche humana (se entiende que de mujer no consumidora de chocolate en cualquiera de sus acepciones), las avellanas o la soja. Añadían que las NEAs se descomponen en el sistema digestivo antes de llegar a la sangre o al cerebro. Pero en el mismo número de la revista Beltramo y Piomelli, coautores del trabajo de Di Tomaso, criticaban a Di Marzo (con tanto apellido italiano parece una película de gangsters) porque, entre otras cosas, en su estudio sólo se había centrado en la andanamida, sin prestar ninguna atención a las otras dos NEAs.

Si Di Tomaso, Beltramo y compañía tienen razón, nos hallamos ante una fundamentación de neurociencia – ficción para la adicción al chocolate no mucho más risible que la de la depresión, desde luego. Y en la clínica, ¿cómo no aplicar el nuevo concepto de dependencia al chocolate? Al margen de que puedan demostrarse fenómenos de tolerancia o abstinencia, seguro que pueden encontrarse sujetos que cumplan los criterios conductuales de cualquier dependencia. Busque el lector, y encontrará, a quien cumpla tres de estos requisitos: tomar chocolate con frecuencia en cantidades mayores o durante un período más largo de lo que inicialmente se pretendía; desear persistente o esfuerzos infructuosos de controlar o interrumpir el consumo de chocolate; jhoras y horas dedicadas a actividades relacionadas con la obtención de chocolate (por ejemplo, visitar reiteradamente la sección de dulces del supermercado), en el consumo del mismo (por ejemplo, comer onza tras onza) o en la recuperación de sus efectos (como el bihotzerre); reducción de importantes actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo de chocolate y, por último, pertinaz consumo de chocolate a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos o físicos recidivantes o persistentes, que parecen causados o exacerbados por su consumo (por ejemplo, ganancia de peso).

Y para que todo quede redondo: la terapéutica farmacológica. En 1989 el American Journal of Psychiatry publicó una carta en la que el doctor Michell y dos asociados relataban el hallazgo serendípico de dos pacientes depresivos con craving por chocolate comórbido en los que la querencia había desaparecido a los pocos días de iniciar el tratamiento con bupropion. Los autores descartaban la adicción fuera secundaria a la depresión o que la querencia desapareciera al mejorar el cuadro afectivo, por lo que concluían que la respuesta tenía que estar en el antidepresivo. Como faltaban aún tres años para que se descubriera la andanamida, se fijaron en que la estructura química del bupropion era clavadita a la de la feniletilamina del chocolate. De esta manera, el antidepresivo produciría en los pacientes una “saciación” ante la que no tendría lugar ni sentido el ansia por chocolate.

Bien pensado, ¿por qué no aplicar el mismo razonamiento a los ISRS y su efecto “curativo” sobre la sexualidad? ¿Por qué no concluir que la actividad sexual, al igual que los ISRS, genera una hiperserotoninergia y que, por lo tanto, los ISRS producen una saciación que hace superflua, no deseable la actividad sexual?

Meses después, el doctor Rakatansky ofrecía una explicación alternativa: en su opinión Michell y colaboradores habían descubierto un efecto secundario grave del bupropion consistente en la abolición del placer de consumir chocolate. ¿Qué sería de quienes obtienen un beneficio hedonista del chocolate si se les privara a golpe de psicofármaco de su placentero consumo?, se preguntaba, al tiempo que imaginaba un escenario pavoroso en el que la gente, abandonado el chocolate, se entregaría a otras actividades, como el sexo (con el consiguiente riesgo de un baby – boom) o –peor aún- al ejercicio compulsivo. Aunque estas alternativas, a la larga, pudieran ser provechosas, en el plazo corto requerirían una atención psiquiátrica que haría necesario una cantidad de recursos humanos tal que representaría un auténtico desastre económico para la sanidad. Por todo ello, sugería que la FDA prohibiera el bupropion o limitara su prescripción, y se preguntaba cuándo cesaría el afán de lo que llamaba farmacología creativa por modelar la conducta alimentaria de la ciudadanía, que a su modo de ver, tenía un incómodo regusto orwelliano.

Quince años después sabemos que la Farmacología, la Psiquiatría y la Medicina en general pueden ser mucho más creativas (en el peor sentido de la palabra) que lo que auguraban las peores pesadillas de Rakatansky, y que cuando se habla de Gran Hermano no nos referimos ya a un control omnímodo por parte del Poder, sino a un concurso casposo. Tal vez acabe siendo cierto lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor.



Fuentes

Beltramo M, Piomelli D. Reply: Trick or treat from food endocannabinoids? Nature 1998;396:678 [Primer párrafo].

Di Marzo V, Sepe N, De Petrocellis L, Berger A, Crozier G, Fride E, Mechoulam R. Trick or treat from food endocannabinoids? Nature 1998;396: 636-7 [Primer párrafo].

Di Tomaso E, Beltramo M, Piomelli D. Brain cannabinoids in chocolate. Nature. 1996 Aug 22;382(6593):677-8

Favre-Bismuth C, Grouzmann E. Chocolatomanies. A propos de 22 cas. Entretiens de Bichat 1985; 108-111

Mitchell GF, Mebane AH, Billings CK: Effects of bupropion on chocolate craving. Am J Psychiatry 1989; 148, 812

Rakatansky H. Chocolate: pleasure or pain? Am J Psychiatry 1989; 146: 1089.






posted by Juan  # 8:21 PM

2.5.04

El segundo mejor amigo de las chicas 

El insigne naturalista sueco Linneo fue quien denominó al cacao “Theobroma”, o “alimento de los dioses”. El término puede relacionarse con el origen divino del producto que la mitología tolteca atribuye al producto, pero es posible que tuviera también algo que ver con el apasionamiento por el chocolate que, según algunas fuentes, compartía Linneo con personajes tan variopintos como Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Napoleón Bonaparte, Rubén Darío, el Papa Pablo VI, Agatha Christie o Neil Armstrong.

El cacao, como por todos es sabido, es una planta de origen americano de gran presencia en la cultura y el comercio precolombino. El propio don Cristóbal fue el primer europeo que destacó el uso como moneda que hacían los centroamericanos de las semillas del árbol. Los aztecas y mayas tenían en gran estima al cacao y a su infusión choclatl (hasta entrado el siglo XIX no existía el producto en la forma sólida predominante hoy en día). Otro entusiasta fue Hernán Cortés, que ordenó plantar cacao e introdujo la exótica bebida en la Corte de Carlos V en 1528. Por cierto, que para Cortés, el chocolatl era una bebida muy apropiada para infundir vigor y lucidez a sus soldados, algo nada extraordinario si tenemos en cuenta que la proporción de cafeína en el chocolate es muy superior a la que puede encontrarse en una taza de café, por lo que a igualdad de volumen el chocolate puro es más estimulante que el café.

La primera representación gráfica del árbol del cacao aparece en “La Historia del Nuevo Mundo”, del italiano Girolamo Benzoni. Este autor, a quien se relaciona con el nacimiento de la historia negra de la conquista española de América, no tenía una muy buena opinión acerca del producto, del que sostenía que era una bebida “más bien para puercos que para hombres”. De hecho, contaba en su libro que se había pasado un año en tierra india declinando las sucesivas invitaciones a tomar chocolate de que era objeto, con gran sorpresa y regocijo de sus aficiones. Finalmente, a falta de vino y para introducir una variación a su dieta líquida de agua, aceptó el convite. Encontró la bebida un tanto amarga, pero reconoció que “satisface y resfresca al cuerpo sin intoxicarlo”.

A pesar de su sabor amargo para los europeos, el chocolate consiguió extenderse por el Viejo Continente. A ello contribuyeron varios factores. Uno fue que las clases altas lo hicieron una bebida de moda. Otro, que realmente se le pudieron percibir efectos tonificantes. El tercero fue que se le atribuía una capacidad afrodisíaca (violento inflamador de pasiones) que lo hizo muy popular. Si ya se conocía por Bernal Díaz del Castillo que Montecuhzoma Ilhuicamina tomaba cacao antes de visitar a sus numerosas concubinas, algunos de sus consumidores europeos no le fueron a la zaga en la divulgación de su capacidad estimulante de las cuestiones venéreas. Así, Madame du Barry lo servía a sus amantes antes de hacer el amor y Casanova aseguró que era más vigorizante que el champán. Guiados probablemente por el propósito de hacer más apetitosa a tan cumplidora bebida, se sucedieron experimentos que la combinaban con productos tan surtidos como la leche, el vino, la cerveza o la pimienta, con lo que se consiguió aumentar su consumo. Ante esta situación no es de extrañar que la Iglesia se movilizara contra el producto, prohibiera a los clérigos su uso y amenazara con la excomunión a quienes lo consumieran en misa (lo que hermana al chocolate con su “paisano” el tabaco, un producto que también consumían los sacerdotes durante la misa hasta que la Iglesia tomó cartas en el asunto).

Sin embargo, el avance definitivo del chocolate llegaría con su salto al estado sólido, que se produjo gracias al gran avance de la prensa hidráulica del holandés Conraad Johannes van Houten, que no sólo permitía la elaboración del chocolate en polvo, sino que además aportó un método para separar la manteca de cacao, elemento indispensable para la tableta. De esta manera, el chocolate pasó de ser consumido preferentemente como bebida a convertirse en un delicado manjar sólido. Curiosamente, el café siguió un camino inverso, ya que inicialmente se consumía en forma sólida. Y tal vez con cierta lógica, en paralelo a la solidificación del chocolate, a lo largo del siglo XIX el café se fue imponiendo como bebida de elección, relegando a la bebida de los dioses a una posición secundaria y más puramente hedónica en la dieta de los europeos.

Apagado ya el furor por su consumo como afrodisiaco o tonificante, habría que preguntarse de dónde surge el enorme éxito del chocolate, para lo cual surge solícita en nuestra ayuda la Psiquiatría Biológica. Una onza de chocolate es una farmacia que contiene todo tipo de sustancias químicas, entre las que figuran algunas a las que podría relacionarse con el desarrollo de una adicción, asunto sobre el que volveremos más adelante. Ahora bien, y aun dando por supuesto que ningún ser humano pueda escapar de la atracción bioquímica del chocolate, existe un dato añadido que llama la atención, y que es que el chocolate es especialmente apreciado por las mujeres. Además de múltiples observaciones naturalísticas, podemos recordar al respecto los resultados obtenidos con ocasión de la adaptación al castellano del Cuestionario de Chocolates y Dulces, versión castellana del Foods and Mood Inventary de Schuman y cols, en un estudio realizado con la ayuda de la Federación Española de Asociaciónes del Dulce y la Asociación Española de Fabricantes de Chocolate, y no es broma. Además de demostrar que el cuestionario está adornado de buenos valores de fiabilidad y consistencia interna, tanto para su sección de chocolate como para la de dulces, la experiencia encontró que las puntuaciones de las mujeres fueron más altas que las de los varones. Fausto hallazgo que confirma que el chocolate es probablemente el segundo mejor amigo de las chicas después de los diamantes.

Algunas observaciones apuntan a que la afinidad de las mujeres por el chocolate es cíclica y, si nos ponemos cursis, hormono – dependiente. Parece que cerca de la mitad de las mujeres norteamericanas experimentan craving o querencia por dulces y chocolate; de ellas, la mitad presenta en fenómeno en torno a la menstruación. Un trabajo publicado en 1999 intentó determinar si el causante de estos arrebatos chocolatófilos era bien la reducción perimenstrual de los niveles de progesterona, bien la disforia y tensión propios de ese momento. Es decir: de alguna manera se intentó comprobar si detrás de este consumo cíclico se escondía un mecanismo de automedicación. Para ello se estudió el patrón de consumo de un grupo de mujeres con ingesta más o menos compulsiva de chocolates y/o dulces en torno a la menstruación y se les dio, de forma aleatorizada y en doble ciego, placebo, progesterona o alprazolam. Los autores no evidenciaron ningún cambio en el patrón de consumo o de craving con ninguno de los procedimientos, lo que descartaba en principio un desencadenante hormonal o afectivo.

También se ha analizado la cuestión desde un punto de vista sociológico. En un estudio recientemente publicado, se preguntó a mujeres hispanas y americanas con craving por chocolate cuándo se les disparaba la querencia por el producto, y por si acaso no caían en la asociación, se les hizo una especial referencia a si esto les sucedía de manera especial en torno a la menstruación. Las americanas reconocían una mayor apetencia perimestrual, algo que no sucedía con las hispanas. Esta interesante diferencia hace pensar a los autores que la base del craving femenino por el chocolate es de raigambre más cultural que fisiológica.

Pero que no se precipite nadie. Si se replicase hoy en día el primero de los estudios citados, y tras la aprobación de la fluoxetina en el síndrome premenstrual, probablemente se utilizaría este fármaco o algún otro ISRS en lugar de alprazolam. Y si de esta manera se apreciase un descenso del consumo de chocolate nadie nos salvaría de una hipótesis serotoninérgica del gusto por el chocolate (lo cual, ciertamente, lo haría menos apetitoso).



Fuentes:

Bulbena Vilarrasa A, González-Pinto Arrillaga A, Martín-Santos Laffon R, Guimón Ugartechea J, Dasquens Soler J: Adaptación castellana y estudio factorial del cuestionario de chocolate y dulces (CCHD). An Psiquiatría (Madrid) 1993; 9, 251-255

Flores Rosales G. Chocolate: mitos y realidades. Avance y perspectiva 2003; 22: 3-7 [Texto]

Michener W, Rozin P, Freeman E, Gale L. The role of low progesterone and tension as triggers of perimenstrual chocolate and sweets craving: some negative experimental evidence. Physiol Behav 1999; 67: 417-20 [Abstract].

Schuman M, Gitlin MJ, Fairbanks L: Sweets, chocolate and atypical depressive traits. J Nerv Ment Dis 1988; 175, 491-495

Zellner DA, Garriga-Trillo A, Centeno S, Wadsworth E. Chocolate craving and the menstrual cycle. Appetite. 2004; 42: 119-21 [Abstract].


posted by Juan  # 10:32 AM


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