Las relaciones que el ser humano establece con los ritmos temporales no estarían completas sin una alusión al horóscopo, ya sea mensual (con los signos estelares del zodiaco) o anual (con los símbolos animalarios del horóscopo oriental). A pesar de ser
tildado unánimemente de superchería por el mundo científico, el horóscopo ocupa un destacado lugar en prácticamente todos los periódicos y revistas generales, y no pocas personas con poder económico o político han tomado históricamente sus decisiones después de consultarlo o, incluso, después de despachar con su astrólogo de cabecera.
Según nos cuenta Ester LaTorre, Astróloga humanista y terapeuta corporal C. E. (Core Energética), en los últimos 100 años se ha producido una evolución en el pensamiento astrológico superando el antiguo sistema formulado por Ptolomeo, hasta constituirse tres tendencias. La primera refleja la popularización de los elementos más básicos, los referidos a la posición del Sol y de los planetas en el Zodiaco y cómo afectan los planetas en transito sobre el mapa o carta natal. Según la autora, esta tendencia mezcla los métodos de la Astrología más antigua con el conocimiento psicológico. La segunda tendencia intenta de establecer los descubrimientos astrológicos sobre una base estadística para que pueda darle un carácter "más científico" (entrecomillado en el original) y para obtener así,
un reconocimiento por los pensadores académicos (cursivas añadidas). Por último, la tercera tendencia trata de relacionar la Astrología con doctrinas esotéricas occidentales y orientales. Aún quedaría otra tendencia, que arranca del reconocimiento del carácter simbólico de la Astrología como una técnica para la comprensión básica de la naturaleza, especialmente la naturaleza humana. Supuestamente los fenómenos celestes revelarían el orden que todo ser humano persigue conocer y comprender para alcanzar la armonía. Identificando su conciencia con los patrones y ritmos celestes, el hombre conseguiría fundirse al principio del orden universal y colaborando con dichos ritmos se convertiría en una persona integra: un ser sabio. Es de imaginar, lector, que consultar la columna del zodiaco cada semana (o cada día) es tu particular manera de alcanzar la sabiduría.
El éxito del horóscopo clásico es tal que parece difícil que haya nadie que desconozca a qué signo pertenece. Y posiblemente no sean pocos los que conocen además su signo ascendente natal, lo que es parte importante de la carta astral, un auténtico documento de identidad astrológica que si hacemos caso a los apóstoles de la astrología, se parece al código genético personal en su trascendencia y derecho irrenunciable a la privacidad. Con estos datos, dicen los entendidos, se puede prever el carácter del niño desde su nacimiento, sus disposiciones y aptitudes y hasta su posible futuro profesional.
Tal vez aupado por el auge de lo oriental en los años 60, últimamente contamos también con el
horóscopo chino, de simbología animal y periodicidad anual. Gracias a él sabemos que en función de su año de nacimiento uno puede ser Rata, Buey, Tigre, Conejo, Dragón, Serpiente, Caballo, Cabra, Mono, Gallo, Perro o Cerdo, lo que representa una variedad zoológica sumamente interesante. Cada animal, por supuesto, simboliza unos rasgos de carácter que definen a las personas nacidas bajo su signo.
No se puede negar el éxito del zodiaco entre el público lego y entre el que se dedica a la ciencia y no quiere reconocer su vamos a llamar curiosidad por la Astrología. Lo que resulta más chocante es que este tipo de creencias han despertado el interés de las publicaciones biomédicas o psicológicas. Aunque con la atenuante de que este interés es de base más sociológica que científica, hay algunas aportaciones que merece la pena recoger. En 1975, precisamente el mismo año en que más de 180 científicos (entre ellos 19 ó 20 premiso Nobel, en función de las fuentes que uno consulte) firmaron un manifiesto contra la Astrología, el Journal of Psychology acogió un curioso artículo del que dolorosamente no disponemos más que del
abstract, en el que se comunicaba que un aspecto de la personalidad variaba en función de la fecha de nacimiento. Así era: en la escala de feminidad del
California Psychological Inventory los nacidos entre el 24 de julio y el 20 de enero obtenían puntuaciones altas, mientras que los nacidos entre el 21 de enero y el 23 de julio obtenían puntuaciones bajas. En otras palabras, y en términos zodiacales, la masculinidad venía a corresponder a los signos de acuario a cáncer y la feminidad, a los comprendidos entre leo y capricornio. El autor (o autora) parecía desconcertado (o desconcertada) por la discordancia de su hallazgo con el rasgo masculino o femenino de los signos, que no se distribuye en “mitad de año”, sino alternativamente (son masculinos los signos “impares”, de aries a acuario y “femeninos” los pares, de tauro a piscis). Como no podía apoyarse en explicaciones astrológicas, para explicar este ritmo anual en la variación de la escala de feminidad invocaba una “
consideración especulativa” (literal) a otros factores como el clima, la dieta, o las variaciones geomagnéticas a lo largo del año.
Otros artículos han girado en torno al horóscopo oriental. Así,
un estudio llevado a cabo en Hong Kong observó un incremento de la natalidad en los años del Dragón (1988 y 2000) que los autores explican no por influencias sobre o extrahumanas, sino por una preferencia de la cultura china por este año zodiacal. Así, los progenitores cumplirían la ley universal de que los padres quieren lo mejor para sus hijos, haciéndolos nacer bajo la influencia del animal más favorable. El contrapunto es un
estudio realizado en Japón, que encontró que en 1966 hubo cerca de medio millón menos de nacimientos y un incremento en los abortos respecto a lo que cabría esperar. El motivo, según el autor (o autora) parece ser que según el calendario zodiacal japonés, 1966 era el año de Hinoe-Uma, que acarrea mala suerte a las mujeres nacidas bajo su influencia. Aquí el amor parental parece haber intentado proteger a las posibles hijas
evitando su nacimiento. El Hinoe-Uma se repite cada 60 años, por lo que es afortunadamente infrecuente, pero las ecografías, análisis genéticos y a saber qué otras técnicas que de dispondrán los padres japoneses en 2026 podrían condicionar un menor número de nacimientos de niñas en ese año...
Y puestos a analizar la influencia del zodiaco sobre los eventos humanos, el
estudio más chocante y festivo lo publicó el Canadian Medical Association Journal en su número de Navidad de 2001, tradicionalmente dedicado a aspectos humorísticos y humanísticos. En él, los británicos Rebecca Pollex y asociados estudiaron el signo del zodiaco de los hasta entonces 171 ganadores del Nobel de Medicina y encontraron asociaciones llamativas. Parece que haber nacido bajo el signo de géminis aumenta las probabilidades de ganar el premio, mientras que ser leo las reduce; en ambos casos, con impecable significación estadística. Los autores reconocen lo insatisfactorio de las explicaciones que pueden ofrecer para tal hallazgo. Al fin y al cabo, nos dicen, los rasgos intelectuales que podrían beneficiar a los geminianos en su carrera científica (brillantez, inventiva, genialidad, inquietud intelectual, ansia de conocimiento; en fin, qué voy a contar yo desde mi objetiva perspectiva de geminiano) no difieren mucho de los que la Astrología atribuye a Leo. Para desatascar la resolución de tan trascendente enigma y en aras del progreso de la Ciencia, me atrevería a proponer una explicación alternativa: como posiblemente no escape a las mentes avisadas, el Premio Nobel no siempre se otorga en un puro, objetivo y crudo reconocimiento a los méritos científicos del ganador, sino que influyen aspectos “políticos”, influencias e intereses o criterios de oportunidad, estrategia o alianzas entre los diferentes sectores del establishment científico internacional. En este sentido, la versatilidad, sociabilidad y extraversión atribuida a los
géminis podría ser más beneficiosa que el talante ególatra y autosuficiente que se dice caracteriza a los
leo. Es sólo una sugerencia.
Fuentes
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Kaku K. Increased induced abortion rate in 1966, an aspect of a Japanese folk superstition. Ann Hum Biol. 1975; 2: 111-5 [
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Pellegrini RJ. Birthdate psychology: a new look at some old data.
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Pollex R, Hegele B, Ban MR. Celestial determinants of success in research. CMAJ 2001 165: 1584 [
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Yip PS, Lee J, Cheung YB. The influence of the Chinese zodiac on fertility in Hong Kong SAR.
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