Los seres humanos hemos marcado el tiempo probablemente desde que fuimos capaces de contar. Los ritmos naturales, diarios o anuales nos han permitido reconocer las horas, los días, las semanas y los años. Y como seres que no sólo cuentan, sino que nominan, pusimos nombre en cada cultura a esos pedazos de tiempo que nos servían para organizar nuestras actividades y nuestras vidas. En un año bisiesto como en el que estamos es prácticamente inevitable que el lector esté ya al corriente a través de los medios de comunicación de lo que era el calendario juliano, por qué se impuso el gregoriano y cuál es la razón de que cada cuatro años tengamos un día de propina, así que no insistiremos en la cuestión.
Más interesantes son las unidades de medida más pequeñas. Por ejemplo, el mes, un término relacionado etimológica y conceptualmente de la luna (algo evidente en euskera). Actualmente nos encontramos en abril, el mes dedicado a Venus y cuyo nombre deriva del latín apirire, que hace alusión al brote (abrir) primaveral de flores y hojas. Para quien esté interesado en la etimología de los meses, existe una
página en inglés (lamento no haber sido capaz de encontrar un equivalente en castellano) que le ilustrará al respecto.
Por cierto que, como tantas cosas, debemos los nombres de los meses a los romanos.
El intento revolucionario francés de introducir un nuevo calendario no cristalizó, algo de lo que me congratulo, ya que soy lo suficientemente conservador como para preferir celebrar mi cumpleaños en mayo antes que en
pradial, la verdad.
La semana como agrupación de siete días es una unidad temporal utilizada en todo el mundo. Dicen que su origen es caldeo o hebreo, ya que aparece nada menos que en el Génesis, en el episodio en que Labán le lía a Jacob para que acepte el contrato matrimonial que da preferencia a su boda con Lía (precisamente) antes que con su amada Raquel: “
Cumple la semana de ésta, y se te dará también la otra, por el servicio que hicieres conmigo otros siete años”. Los días de la semana, en los idiomas occidentales modernos, derivan también del homenaje que los romanos quisieron hacer a sus dioses o a los astros. Así, el lunes es el día de la luna, el miércoles el de mercurio y el domingo el del sol.
¿Qué relación tiene todo esto con la Psiquiatría, más o menos insólita? La más evidente y conocida es el ritmo circanual de los trastornos afectivos, pero hay otros ejemplos llamativos de asociación entre ciertos fenómenos y el calendario, que merece la pena referir. El más conocido es que si uno se toma la molestia de revisar la fecha de nacimiento de las personas diagnosticadas de esquizofrenia comprobará que hay un agrupamiento significativo en los primeros meses del año, o lo que es lo mismo, en los meses de invierno y principios de primavera.
Se han propuesto diferentes hipótesis para explicar la asociación. Entre otras, complicaciones en el embarazo o en el parto, y variaciones en las diferentes estaciones en factores como la intensidad de la luz, distribución y calidad del agua, clima, temperatura, nutrición, exposición a toxinas, bioquímica corporal y expresión genética. Pero la más frecuentemente invocada es la de que los niños nacidos en los meses citados pueden haberse visto expuestos en el segundo trimestre de su vida intrauterina a algún virus estacional otoñal que podría haber producido anomalías en el desarrollo del sistema nervioso central. Hay estudios que parecen confirmar esta hipótesis, como uno realizado por
Izumoto y cols tomando como marcador viral la epidemia de gripe de 1957.
Otras aportaciones, como la de
Westergaard y colaboradores, descartan el papel de la gripe materna en el exceso de esquizofrenia entre las personas nacidas en los primeros meses del año, sin descartar la relevancia de otros factores, también infecciosos. También parece
descartado el papel del virus del sarampión.
Otro aspecto curioso es que, al menos en un
estudio llevado a cabo en Finlandia, el exceso de nacimientos invernales y primaverales era más aparente entre los nacidos en la década de los 50, decayendo en la década siguiente, aunque de una manera menos destacada en medio urbano, lo que da pie a todo tipo de especulaciones, como la posible implicación de un virus de máxima virulencia en los 50 y cuya actividad posterior pudiera explicarse por una sinergia con la contaminación, por ejemplo.
Pero al margen de las posibles explicaciones etiológicas, parece claro que existe o ha existido la asociación
entre esquizofrenia y nacimiento en los primeros meses del año. Esta asociación puede ampliarse a las estaciones de invierno y primavera en el hemisferio norte, ya que en el hemisferio sur (donde los meses de invierno y primavera son los de la segunda mitad del año), hay estudios que observan un
pico de nacimientos en enero (verano), mientras que otros la encuentran
en torno a diciembre y enero (finales de primavera y comienzo del verano). Por último,
en los países ecuatoriales, donde no hay cambios estacionales, no se observa la asociación. Un lío, vamos.
¿Cómo organizar todos estos hallazgos? ¿A quién podemos creer culpable de que nacer en los primeros meses del año (o haber vivido el segundo trimestre intrauterino en otoño o invierno) aumente el riesgo de contraer o desarrollar esquizofrenia? Pues el dr Kay, de
Dominica, en las antillanas Islas Vírgenes Británicas nos sugiere que habría que echar la culpa a las
tormentas geomagnéticas, que en el hemisferio norte son más frecuentes en los primeros meses del año y decaen a lo largo del segundo semestre. Comprueba su hipótesis seleccionando ocho estudios sobre el mes de nacimiento de pacientes esquizofrénicos y aplica dos índices de alteración geomagnética (AA*) y (aa) y observa que seis de los estudios mostraron una correlación negativa significativa con al menos uno de los índices, lo que parece apoyar su hipótesis. Hay otros datos, mencionados por el autor, que resultan sugerentes, como el hecho de que en las regiones ecuatoriales, donde como hemos apuntado no hay una variación en la fecha de nacimientos de personas con esquizofrenia, no hay tampoco fluctuaciones importantes a lo largo del año en el campo magnético terráqueo.
El autor confiesa que la naturaleza de la asociación es incierta. Podría ser que la fluctuación del campo magnético afectara a las neuronas en desarrollo a través de una interferencia en los canales del calcio, o en la actividad enzimática. También podría alterar la composición bioquímica o las características de la membrana neuronal, estimular los mecanismos de reparación celular o simplemente su efecto podría deberse a la combinación de dos o más de estos mecanismos. También, nos dice el dr Kay, podría ser que estas tormentas redujera la respuesta inmunológica a las infecciones víricas, o potenciara a cualquiera de los candidatos a factor etiológico anteriormente reseñados, con lo que podemos articular una hipótesis multifactorial, que son las que más se llevan. Y por si fuera poco, el trabajo del dr Kay nos ofrece una oportunidad de extraer una moraleja inquietante o antitecnológica: sugiere que la mayor concentración del fenómeno de nacimientos en determinados meses del año sería más acusada en las zonas urbanas por la mayor presencia en ellas de campos magnéticos artificiales gracias a las líneas de alta tensión.
Al margen de la causa última del fenómeno, ¿qué implicaciones prácticas puede tener el fenómeno de la distribución asimétrica en el calendario de la fecha de nacimiento de personas con esquizofrenia? En principio sólo pueden ser preventivas, y animados de esta intención y teniendo que en las zonas ecuatoriales del planeta no se ha podido demostrar el fenómeno, porponemos con toda humildad que se traslade, con cargo a los presupuestos sanitarios, a todas las embarazadas que salgan de cuentas entre enero y mayo a las Islas Samoa, o a las Seychelles. Aunque tal vez nuestros gestores descarten la medida por ser de discutible coste – efectividad, es posible que cuando menos consiga aumentar la satisfacción de la usuaria.
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