Para no ponernos muy pesados haremos un paréntesis en la descripción de nuevos y curiosos cuadros psiquiátricos (o supuestamente psiquiátricos). Centraremos nuestra atención en un producto más americano que la marca de cigarrillos que se anunciaba a los sones del trombón de Glenn Miller: el chicle.
El ser humano ha mascado diversas sustancias desde el remoto pasado. Los griegos mascaban la resina del lentisco, los mayas, la del Zapote (a la que llamaban chicle), la parafina también se mascaba, y tras el descubrimiento de América, se hizo popular mascar tabaco. Cuentan que el hábito de mascar, común a todos los primates, arranca de la lactancia, y se continúa en un itinerario psicoevolutivo jalonado por el chupete, el chupeteo del dedo, o el fumar.
El desarrollo industrial del chicle comenzó en los EEUU en el último tercio del siglo XIX. Al parecer, el general Antonio López de Santa-Anna, vencedor de la batalla de El Alamo, ofreció décadas después, en su exilio norteamericano, una tonelada de chicle a un antiguo fotógrafo que había conocido en México y que respondía al apellido de Adams. Mr Adams, a instancias de López de Santa-Anna, intentó fabricar neumáticos con chicle, con nulo éxito, por lo que tomó la decisión de tirar la mercancía al East End neoyorquino. Un día, sin embargo, en una droguería, vio a una niña comprar parafina para mascar y recordando que durante sus experimentos con el material se había dedicado a mascar chicle, ideó mezclar la resina con parafina. El resultado fue un producto mucho más agradable, masticable y globizable, que terminó triunfando en el mercado norteamericano. El primitivo chicle era insípido, y hubo que esperar a que en 1880 William J White consiguiera crear la goma de mascar de menta inicialmente y de otras variantes después, al combinar estos sabores con un jarabe de maíz que podía asociarse al chicle. En 1973, en Suecia, al convertirlo en vehículo de la nicotina en el tratamiento del tabaquismo, se introdujo la que podría parecer la aplicación más médica y más “psiquiátrica” del chicle... aunque tal vez no sea así.
Y puede no serlo así porque, atención, se ha podido precisar que mascar chicle es tan exotérmico que si una persona dedicara a ello todas las horas de vigilia de un año perdería 5 kilos. Por lo tanto, el chicle de nicotina puede ser un excelente remedio para quienes ganan peso al dejar de fumar, ya que no sólo incorpora un potente termogénico (nicotina) sino que además obliga al exfumador a “hacer ejercicio” con los maseteros.
Pero no queda ahí la cosa: un grupo de investigadores ha podido determinar que si se aumenta la proporción de nicotina en el chicle aumentan mucho también los efectos secundarios, y que lo idóneo sería mantener el chicle “bajo en nicotina” y
asociarle cafeína, con lo que se duplica su efecto termogénico – adelgazante. ¡Qué curioso! De la misma manera que hay cigarrillo bajos en nicotina y/o mentolados pueden fabricarse chicles bajos en nicotina y cafeinados.
Más sorprendente aún es que se ha sugerido que mascar chicle estimula la memoria e incluso puede prevenir la demencia. El dr
Onozuka y colegas, de la Universidad de Gifu, en Japón, realizaron su experiencia con ratones manipulados genéticamente para que envejezcan precozmente. Extirparon los molares a un grupo de estos roedores les extirparon los molares, lo que les impedía mascar. Pues bien: los ratones jóvenes con molares (mascadores) eran más capaces de aprender – memorizar en un test de laberinto que los ratones sin molares (no mascadores). A los ratones mascadores viejos les costaba un poco más aprender, mientras que los ratones viejos no mascadores eran simplemente incapaces de memorizar o aprender. El análisis histológico demostró cambios en la astroglía en el hipocampo de los ratones desmemoriados y desmuelados. Trasladado esto al ser humano, surge al momento la constatación de que en la vejez es común la pérdida de molares y de memoria, y por si eso fuera poco,
el dr Onozuka comprobó con RMN funcional que cuando las personas mastican aumenta la actividad del hipocampo. Para relacionar esta activación pulsátil del hipocampo con la memoria, la dra Joyde Wau, de la Universidad de Edimburgo, propone que la mejoría de la memoria que se produce al mascar se debe a que se estimulan hormonas que reducen el estrés.
Otro experimento interesante es el del
dr Scholey, de la Universidad de Northumbria, en Newcastle-upon-Tyne. Este investigador y sus colegas distribuyeron a un grupo de voluntarios en tres grupos: uno mascaba chicle (MC); el segundo, de mascadores imaginarios (MCI) hacía movimientos de mascado sin chicle y el tercero no mascaba (NM). Antes de ponerse a mascar, los mascadores reales y simulados, además, tuvieron que “pasear” por el interior de su boca el chicle real o imaginario durante tres minutos. Los investigadores administraron unas pruebas de memoria y observaron un superior rendimiento en los MC (35%) frente a los NM; los MCI también tuvieron un rendimiento algo mejor que los NM. ¿Cómo explica estos resultados el dr Scholey? Propone dos hipótesis alternativas: una, que mascar chicle, que no deja de ser ejercicio físico, aumenta la frecuencia cardiaca (3 latidos por minuto), con lo que aumentaría la perfusión cerebral; la otra alega que al mascar, como en un reflejo condicionado, se libera insulina, que se adheriría a sus receptores hipocampales, mejorando el rendimiento mnésico. Si uno se pone a elucubrar, a la luz de la teoría colinérgica del Alzheimer, el chicle con nicotina sería el clímax del tratamiento, ya que combina el mascado con la liberación de una sustancia relacionada con la estimulación del cerebro.
¿Podrá ser, por lo tanto, el chicle un medio sencillo y eficaz para prevenir el Alzheimer? La cosa es más complicada, ya que parece que
el chicle contiene y aporta aluminio a la dieta, lo que a la luz de la hipótesis alumínica favorecería la aparición del Alzheimer. Todo un follón.
Pero podemos reunir todas estas piezas para proponer el chicle saludable: Deberá llevar nicotina para tratar el tabaquismo, o para que el mascador adelgace o simplemente, para mejorar el rendimiento cognitivo. Si además le asociamos cafeína, conseguiremos un mayor adelgazamiento. Y si le quitamos el aluminio prevendremos el Alzheimer. Si por procedimientos químicos lo hacemos más mascable, estimularemos más aún el hipocampo. El envase del chicle podría contener una prótesis aplicable a quienes carezcan de molares. Y si con todos estos elementos y propiedades se puede además hacer globos será maravilloso.
Otras fuentes: Levine J. The Energy Expended in Chewing Gum. N Engl J Med 1999; 341: 2100