Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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25.1.04

Genio y enfermedad mental 

O genio y locura, que es como clásicamente se ha planteado la cuestión. En 1946, Antonio Vallejo Nágera (el padre) publicó su Locos Egregios , una colección de reseñas protagonizadas por personajes históricos de los que se conocía (o a los que se suponía) algún tipo de enfermedad mental cuya influencia era en algunos casos positiva y en otros negativa. Décadas después, Juan Antonio Vallejo-Nágera (el hijo, pertrechado ya del guión entre apellidos que consagra el establecimiento de una dinastía o estirpe de profesionales) publicó un libro con idéntico título y un menor número de protagonistas, con la ventaja de que las patografías eran menos superficiales y las fuentes de información, más amplias y localizables. Este segundo texto, continuamente reeditado, tuvo un considerable éxito y contribuyó a que se acercaran a la Psiquiatría algunos futuros profesionales, pero no terminó de aclarar la cuestión, en buena medida porque está por definir qué es genio o genialidad, qué es talento, qué es creatividad y otras cuestiones semánticas que dan para embrollar el asunto y para que aún hoy en día se discuta sobre el particular.

Han pasado casi treinta años desde la segunda acometida de la familia Vallejo a la presunta relación de la enfermedad mental y la genialidad y en los albores del tercer milenio podemos constatar que la profesión psiquiátrica aún da vueltas a la cuestión. De hecho, parece un tema placentero para algunas primeras raquetas de la Psiquiatría mundial. Andreasen, en 1987, comparó 30 escritores y sus familiares de primer grado con 30 controles (y sus correspondientes familiares); los escritores (y sus familiares) se caracterizaban por una mayor presencia de patología afectiva, especialmente bipolar. Más adelante, Kay R Jamison profundizó en la relación del trastorno bipolar con la creatividad, llamando la atención, entre otros aspectos, sobre la producción episódica y sospechosamente fásica de algunos escritores.

Mención aparte merece Post, que en 1994 expuso los resultados de un pormenorizado estudio biográfico-patográfico de 291 hombres notables, tratando de verificar su hipótesis (un pelín tendenciosa) de que los genios de épocas pasadas eran más serios y menos trastornados que los de nuestros días. Dividió para ello a los preclaros humanos estudiados en seis grupos (científicos, compositores, políticos, artistas, escritores y pensadores), y clasificó su psicopatología en ausente, leve, marcada y severa. En su honor, debemos señalar que Post reconoció su hipótesis derrotada por goleada, ya que pudo encontrar múltiples casos de trastornos psiquiátricos severos en su muestra de 291 genios de otras épocas, lo que le demostró que la genialidda ha llevado pareja psicopatología en cualquier momento de la Historia. A reseñar que uno de los estudiados es Freud, al que Post incluye en el grupo de los pensadores y al que le encuentra psicopatología marcada (fundamentalmente por su íntima relación con la cocaína).

Hace escasos meses el British Journal of Psychiatry volvió sobre la cuestión estudiando un subtipo de genios, o creativos, o creadores, o como haya que llamarlos, cuya tarea artística se desarrolló en la edad de oro del Jazz americano (entre 1945 y 1960). Excluidos entre los más notables jazzmen de la época los que aún siguen con vida, el dr Wills ha reunido a un total de 40 virtuosos de diferentes instrumentos. Armado en una mano de sus biografías y en la otra del DSM-IV, se ha afanado en encontrar trastornos psiquiátricos en su melodiosa muestra. Y a fe que lo ha conseguido. Según su estudio algo más de la mitad (52.5 %) cumplieron en algún momento de sus vidas criterios de dependencia de heroína y más de un cuarto (27.5 %) fueron dependientes del alcohol. Hay también depresiones (28.5 %), ciclotimias, ingresos psiquiátricos, suicidios, esquizofrenias e incluso delirium y demencia por uso de sustancias. Muchas de estas patologías fueron comórbidas, lo que quiere decir que a pesar de todo hubo también jazzmen notables que fueron tan normales (o anodinos) a los que el autor no ha podido colgar una etiqueta del DSM-IV. Un aspecto original es que el dr Wills se detiene en una variable nueva en este tipo de estudios: la búsqueda de sensaciones, de la que avanza que podría explicar algunas conductas que desde el punto de vista nosológico son trastornos psiquiátricos (consumo de sustancias, vida disoluta, etc). Podría ser que la búsqueda de sensaciones fuera el nexo común de la creatividad y la patología psiquiátrica.

En el mismo número de la revista contesta al trabajo el dr Poole, un psiquiatra que toca música jazz. Plantea en su comentario unas objeciones metodológicas muy sensatas: escasa fiabilidad de las fuentes, criterios de selección de artistas, criterios diagnósticos, sobreinclusión, ausencia de un grupo control... Todo muy juicioso. No es de recibo que se estudie la relación de la genialidad o creatividad con cualquier trastorno mental. Algunas enfermedades aparecen después de que el genio haya desarrollado la mayor parte de su obra (el ejemplo más obvio es la demencia de Ravel, pero también podríamos acordarnos de la psicosis de Hölderlin). Por lo tanto puede ser absurdo explorar la relación entre ambas. Por otra parte, es obvio que no puede compararse la repercusión sobre la creatividad de un abuso o dependencia de sustancias con el que tiene la esquizofrenia, como tampoco puede escindirse la elevada prevalencia de algunos trastornos (básicamente el abuso y dependencia de sustancias) de la época y el ambiente profesional en el que vivieron algunos artistas. El día que alguien realice un estudio de este tipo en estrellas musicales de los años 60 encontrará que casi el 100 % de cualquier muestra será diagnosticable de diversas dependencias.

Desde otro punto de vista: ¿qué es un genio? En nuestros días asistimos a una alarmante devaluación del concepto de artista, intelectual o de personaje de la cultura en virtud de la cual empieza a no resultar sorprendente la autocomplacencia con la que determinados profesionales del espectáculo se autodefinen como artistas o se adscriben al mundo de la cultura, proponiéndose desvergonzadamente como elites. Si la definición implícita prospera no será de extrañar que dentro de unas décadas se publiquen estudios sobre la relación entre la psicopatología y la creatividad a partir del estudio de la biografía de estrellas de culebrones, ventrílocuos faranduleros, directores y actores de cine cuya principal (o tal vez única) virtud es la simpatía o incluso concursantes de Gran Hermano.

También hay que cuestionarse el porqué de esta insistencia en relacionar la genialidad con la enfermedad, por mucho que estos estudios se justifiquen desde la reivindicación de las cualidades y virtudes creativas de los enfermos mentales. ¿No se podría acusar a la Psiquiatría (o a las revistas que publican estos artículos) de una cierta intolerancia de todo tipo de desviaciones (positivas y negativas) de la normalidad estadística?

En resumen, que lo de las psicopatografías no debería considerarse mucho más que un divertimento o pasatiempo intelectual... o una oportunidad para que nos cuestionemos algunos tics de nuestra profesión. A este respecto, un comentario final. En el primer capítulo (precisamente titulado Genio y Locura) de su libro, Vallejo Nágera padre critica: Explica Lombroso el genio como una especie de epilepsia, diagnóstico tan de moda en la época como actualmente el de esquizofrenia. ¿No podría añadirse a principios del siglo XXI una referencia análoga al trastorno bipolar?




Fuentes:

Andreasen NC. Creativity and mental illness: prevalence rates in writers and their first-degree relatives. Am J Psychiatry 1987; 144: 1288-92 [Abstract].

Jamison KR. Mood disorders and patterns of creativity in British writers and artists. Psychiatry 1989; 52: 125-34 [Abstract].

Poole R. ‘Kind of Blue’: creativity, mental disorder and jazz. Br J Psychiatry 2003 183: 193-194

Post F. Creativity and psychopathology. A Study of 291 world-famous men. Br J Psychiatry 1994; 165: 22-34 [Abstract]

Vallejo Nágera A. Locos Egregios. Barcelona: Salvat, 1953

Vallejo- Nágera JA. Locos Egregios. Barcelona: Argos Vergara, 1980

Wills GI. Forty lives in the bebop business: mental health in a group of eminent jazz musicians. Br J Psychiatry 2003; 183: 255-259 [Abstract]






posted by Juan  # 10:44 AM

19.1.04

Chicle 

Para no ponernos muy pesados haremos un paréntesis en la descripción de nuevos y curiosos cuadros psiquiátricos (o supuestamente psiquiátricos). Centraremos nuestra atención en un producto más americano que la marca de cigarrillos que se anunciaba a los sones del trombón de Glenn Miller: el chicle.
El ser humano ha mascado diversas sustancias desde el remoto pasado. Los griegos mascaban la resina del lentisco, los mayas, la del Zapote (a la que llamaban chicle), la parafina también se mascaba, y tras el descubrimiento de América, se hizo popular mascar tabaco. Cuentan que el hábito de mascar, común a todos los primates, arranca de la lactancia, y se continúa en un itinerario psicoevolutivo jalonado por el chupete, el chupeteo del dedo, o el fumar.
El desarrollo industrial del chicle comenzó en los EEUU en el último tercio del siglo XIX. Al parecer, el general Antonio López de Santa-Anna, vencedor de la batalla de El Alamo, ofreció décadas después, en su exilio norteamericano, una tonelada de chicle a un antiguo fotógrafo que había conocido en México y que respondía al apellido de Adams. Mr Adams, a instancias de López de Santa-Anna, intentó fabricar neumáticos con chicle, con nulo éxito, por lo que tomó la decisión de tirar la mercancía al East End neoyorquino. Un día, sin embargo, en una droguería, vio a una niña comprar parafina para mascar y recordando que durante sus experimentos con el material se había dedicado a mascar chicle, ideó mezclar la resina con parafina. El resultado fue un producto mucho más agradable, masticable y globizable, que terminó triunfando en el mercado norteamericano. El primitivo chicle era insípido, y hubo que esperar a que en 1880 William J White consiguiera crear la goma de mascar de menta inicialmente y de otras variantes después, al combinar estos sabores con un jarabe de maíz que podía asociarse al chicle. En 1973, en Suecia, al convertirlo en vehículo de la nicotina en el tratamiento del tabaquismo, se introdujo la que podría parecer la aplicación más médica y más “psiquiátrica” del chicle... aunque tal vez no sea así.
Y puede no serlo así porque, atención, se ha podido precisar que mascar chicle es tan exotérmico que si una persona dedicara a ello todas las horas de vigilia de un año perdería 5 kilos. Por lo tanto, el chicle de nicotina puede ser un excelente remedio para quienes ganan peso al dejar de fumar, ya que no sólo incorpora un potente termogénico (nicotina) sino que además obliga al exfumador a “hacer ejercicio” con los maseteros.
Pero no queda ahí la cosa: un grupo de investigadores ha podido determinar que si se aumenta la proporción de nicotina en el chicle aumentan mucho también los efectos secundarios, y que lo idóneo sería mantener el chicle “bajo en nicotina” y asociarle cafeína, con lo que se duplica su efecto termogénico – adelgazante. ¡Qué curioso! De la misma manera que hay cigarrillo bajos en nicotina y/o mentolados pueden fabricarse chicles bajos en nicotina y cafeinados.
Más sorprendente aún es que se ha sugerido que mascar chicle estimula la memoria e incluso puede prevenir la demencia. El dr Onozuka y colegas, de la Universidad de Gifu, en Japón, realizaron su experiencia con ratones manipulados genéticamente para que envejezcan precozmente. Extirparon los molares a un grupo de estos roedores les extirparon los molares, lo que les impedía mascar. Pues bien: los ratones jóvenes con molares (mascadores) eran más capaces de aprender – memorizar en un test de laberinto que los ratones sin molares (no mascadores). A los ratones mascadores viejos les costaba un poco más aprender, mientras que los ratones viejos no mascadores eran simplemente incapaces de memorizar o aprender. El análisis histológico demostró cambios en la astroglía en el hipocampo de los ratones desmemoriados y desmuelados. Trasladado esto al ser humano, surge al momento la constatación de que en la vejez es común la pérdida de molares y de memoria, y por si eso fuera poco, el dr Onozuka comprobó con RMN funcional que cuando las personas mastican aumenta la actividad del hipocampo. Para relacionar esta activación pulsátil del hipocampo con la memoria, la dra Joyde Wau, de la Universidad de Edimburgo, propone que la mejoría de la memoria que se produce al mascar se debe a que se estimulan hormonas que reducen el estrés.
Otro experimento interesante es el del dr Scholey, de la Universidad de Northumbria, en Newcastle-upon-Tyne. Este investigador y sus colegas distribuyeron a un grupo de voluntarios en tres grupos: uno mascaba chicle (MC); el segundo, de mascadores imaginarios (MCI) hacía movimientos de mascado sin chicle y el tercero no mascaba (NM). Antes de ponerse a mascar, los mascadores reales y simulados, además, tuvieron que “pasear” por el interior de su boca el chicle real o imaginario durante tres minutos. Los investigadores administraron unas pruebas de memoria y observaron un superior rendimiento en los MC (35%) frente a los NM; los MCI también tuvieron un rendimiento algo mejor que los NM. ¿Cómo explica estos resultados el dr Scholey? Propone dos hipótesis alternativas: una, que mascar chicle, que no deja de ser ejercicio físico, aumenta la frecuencia cardiaca (3 latidos por minuto), con lo que aumentaría la perfusión cerebral; la otra alega que al mascar, como en un reflejo condicionado, se libera insulina, que se adheriría a sus receptores hipocampales, mejorando el rendimiento mnésico. Si uno se pone a elucubrar, a la luz de la teoría colinérgica del Alzheimer, el chicle con nicotina sería el clímax del tratamiento, ya que combina el mascado con la liberación de una sustancia relacionada con la estimulación del cerebro.
¿Podrá ser, por lo tanto, el chicle un medio sencillo y eficaz para prevenir el Alzheimer? La cosa es más complicada, ya que parece que el chicle contiene y aporta aluminio a la dieta, lo que a la luz de la hipótesis alumínica favorecería la aparición del Alzheimer. Todo un follón.
Pero podemos reunir todas estas piezas para proponer el chicle saludable: Deberá llevar nicotina para tratar el tabaquismo, o para que el mascador adelgace o simplemente, para mejorar el rendimiento cognitivo. Si además le asociamos cafeína, conseguiremos un mayor adelgazamiento. Y si le quitamos el aluminio prevendremos el Alzheimer. Si por procedimientos químicos lo hacemos más mascable, estimularemos más aún el hipocampo. El envase del chicle podría contener una prótesis aplicable a quienes carezcan de molares. Y si con todos estos elementos y propiedades se puede además hacer globos será maravilloso.


Otras fuentes: Levine J. The Energy Expended in Chewing Gum. N Engl J Med 1999; 341: 2100

posted by Juan  # 7:35 AM

11.1.04

Nominados al DSM: RINOTILOEXOMANIA (y 2) 

Tras la primera experiencia de Jefferson y Thompson, en 2001, los investigadores indios Andrade y Srihari publicaron un segundo estudio sobre rinotiloexomanía, llevado a cabo en esta ocasión en una muestra de 200 adolescentes de Bangalore. Según los autores, la decisión de sondear el fenómeno en adolescentes se debía a que las conductas habituales (repetitivas, más o menos estereotipadas) son habituales a esa edad. También señalaban que los centros en los que habían llevado a cabo el estudio cubrían todo el espectro social, con lo que la prevalencia obtenida podría considerarse global, y no sesgada por factores socioeconómicos.

Para su experiencia diseñaron un cuestionario recogido en el artículo, con 25 preguntas referidas a la espeleología nasal y a prácticas afines. Preocupados por el riesgo de que los probandos echaran a perder el estudio con las respuestas vacilonas esperables en la adolescencia, los autores incluyeron como “marcador” de sinceridad la siguiente pregunta: ¿Comes a veces la materia nasal que te sacas?. En su opinión, quien contestase afirmativamente era un guasón y debería ser excluido de la lista.

Sometieron a sus resultados a un cumplido tratamiento estadístico, gracias al cual sabemos que la media de exploraciones nasales de la muestra ascendía a 8.4, con una desviación standard de 13.6; la mediana era 4 y la moda 2; un 31.8% de los encuestados se escarbaba la nariz más de 5 veces al día; un 15.3%, más de 10, y un 7.6%, más de 20 (por lo que sorprendentemente más del 50% podían cuantificar con bastante precisión el número de veces que se metían el dedo en la nariz a lo largo del día). También es llamativo que sólo 7 (3.5%) individuos no se metían nunca el dedo en la nariz, lo que indica que entre los adolescentes de Bangalore la espeleología nasal es más frecuente que en la población general de un condado de Wisconsin, dato éste que merece un cuidadoso análisis por expertos en Psiquiatría Transcultural y Trans-etaria.

¿Cuáles son los motivos para hacerse prospecciones nasales? Los adolescentes de Bangalore dan unos motivos más variados que los habitantes de Wisconsin. El más frecuentemente invocado fue la higiene personal, seguido de la liberación del conducto nasal y la necesidad de eliminar barricadas nasales. En cuanto a la opinión de los encuestados acerca de su hábito, aunque el 46.7 % pensaba que es una conducta generalizada, casi el 60% lo enjuiciaba desfavorablemente. Esto supone que hay un cierto solapamiento (no cuantificado en el estudio) de personas (tal vez misántropos) que consideran que la espeleología nasal es a la vez común y deplorable. También se inquirió sobre la asociación con conductas obsesivoides en el terreno de juego dermatológico, resultando que eran comunes la onicofagia (47%), el rascado y expresión de granos (23%) y la tricotilomanía (12.5%). Más de la mitad de la muestra presentaba al mismo tiempo dos de las cuatro (incluyendo la espeleología nasal), y hasta un 11% reconocían que sus allegados les habían dicho que su persistencia en estos hábitos merecería atención psiquiátrica. Sólo 9 (4.5%) de los sujetos reconocían ingerir el trofeo, pero dado que sus restantes respuestas no se desviaban del patrón general los autores decidieron que no eran unos vacilones y optaron por considerarlos mocófagos sinceros. Por sexos, los varones tenían una mayor afición a la espeleología nasal, eran más exhibicionistas (se exploraban la nariz en público con mayor frecuencia), tenían episodios de epístaxis por rascado con mayor asiduidad que las mujeres y tendían a enjuiciar con mayor severidad que las mujeres su conducta exploradora de los conductos nasales. Quienes reconocían tener un problema o decían que se lo había hecho notar su entorno no diferían en el patrón prospectivo nasal del resto de la muestra (no se metían más el dedo en la nariz, ni eran más exhibicionistas), en cierta sintonía con la percepción por algunos sujetos de que el hábito es al mismo tiempo frecuente y condenable.

En la discusión, Andrade y Srihari nos describen la comorbilidad de la rinotiloexomanía. Según la bibliografía se asocia al Alzheimer de inicio tardío, a la onicofagia, a la tricotilomanía y a al TOC. Y en cuanto al tratamiento farmacológico nos cuentan un caso extremo en el que se usó un ISRS (faltaría más) con resultado favorable.

¿Qué nos indica este interés por la rinotiloexomanía? Esencialmente, que es un serio candidato a futuro trastorno mental. Los autores del presente artículo proponen como corolario que se incluya el fenómeno entre las expresiones cutáneas de la patología obsesivo-compulsiva, sin aclarar si creen que debe gozar de apartado propio o no. Teniendo en cuenta que la onicofagia está contemplada en el Trastorno de movimientos estereotipados (F98.4) y que la tricotilomanía goza ya de un apartado propio (F63.3) entre los Trastornos del control de los impulsos no clasificados en otros apartados, o bien se refunden todas estas categorías o habrá que conceder su propio lugar a la rinotiloexomanía. Teniendo en cuenta que la prevalencia parece altísima, la admisión de la rinotiloexomanía en el DSM no será un gesto menor, sino un paso de gigante para la Psiquiatría y para la Humanidad en general. Pero no debemos perder de vista que el afán de la Psiquiatría por “encontrar” trastornos mentales y atomizarlos en una multiplicidad de subclases y variantes no tiene fin. Los hábitos son un terreno abonado en este sentido. Andrade y Srihari nos dicen que una “conducta habitual” se convierte en un trastorno psiquiátrico cuando ocasiona un distrés o un deterioro clínicamente significativo en la funcionalidad social, ocupacional, y otras; cuando aparecen durante un periodo de tiempo clínicamente significativo y cuando no son debidas a otro trastorno psiquiátrico o médico. Con estos criterios, podemos definir retómanos (adictos a internet), 906mános, pero también masturbadores compulsivos, adictos a pasear con su perro, automaquilladores (o automaquilladoras) compulsivas y otra serie de trastornos que ahora mismo sería capaz de designar con nombre propio si tuviera un mínimo conocimiento del griego: limpiadores compulsivos de su vehículo, coleccionistas diversos, deportistas compulsivos no vigoréxicos, etabar, etabar, etabar. ¿No tiene esta nosología light una cierta similitud a otras formas más crudas de control social desde la Psiquiatría que creemos son ya historia?

En El Alienista, Machado de Asis nos cuenta la peripecia vital de un psiquiatra que construye un manicomio en el que va recluyendo a todas las personas que encuentra desequilibradas. Llega un momento en que ingresa en su hospital a todo el pueblo. Pero, más adelante, se ingresa él mismo, convirtiéndose en el único inquilino de su manicomio. Confiemos que la novela del autor brasileño se quede en una mera alegoría.

Fuente:
Andrade C, Srihari BS. A preliminary survey of rhinotillexomania in an adolescent sample. J Clin Psychiatry. 2001; 62: 426-31.
Machado de Asis JM. El alienista. Barcelona: Tusquets, 1997

posted by Juan  # 10:14 AM

4.1.04

Nominados al DSM: 2. Rinotiloexomanía (Primera parte) 

Tras haber sido considerado durante décadas poco menos que una rareza clínica, la neurosis o trastorno obsesivo - compulsivo recibe hoy en día toda la atención y el interés que se le negó en el pasado. En la actual reivindicación de todo lo obsesivo ocupa un lugar destacado la descripción de nuevas formas de presentación del trastorno, así como la idea de que existe un espectro obsesivo que cubriría bajo el mismo paraguas conceptual fenómenos con un denominador no siempre claro y que bien podrían ser también clasificados como trastornos del control de impulsos o incluso en otros apartados.

Parte de esos fenómenos obsesivos u obsesivoides se refieren a hábitos más o menos acendrados, más o menos ritualizados y más o menos perjudiciales, que tienen como escenario el cuerpo del paciente. Algunos afectan a la esfera genital (como la masturbación compulsiva) y otros caen en el ámbito de la psicodermatología. Entre estos últimos, la tricotilomanía hace tiempo que entró en el DSM, aunque en el apartado de trastornos del control de impulsos, lo que refleja la posibilidad que comentábamos de que ciertos fenómenos puedan explicarse desde diferentes puntos de vista y puedan, por lo tanto, clasificarse en apartados diversos. Otro ejemplo, que aún no tiene cabida en el DSM (¿será posible?) es el de las dermatitis llamadas fácticas, en las que el paciente se produce lesiones por rascado, expresión de granos o cualquier otro tipo de escabechineo cutáneo (skin pricking). Estas conductas representan un síndrome que tan pronto puede tener un trasunto obsesivo o como puede ser una autolesión deliberada para ser aceptado en el rol de enfermo (trastorno facticio). La caracterización y clasificación del fenómeno depende así de dónde ponga el acento el clínico observador, aunque tal vez sean importantes otros factores. Si el paciente no comunica por vergüenza que sus lesiones son fruto de una compulsión rascadora, es posible que el dermatólogo y el psiquiatra califiquen el cuadro de fáctico – histérico, sobre todo si entran en juego aspectos contratransferenciales o si, simplemente, el afectado es de sexo femenino.

Dejando al margen estas disgresiones, presentamos hoy como nominado al DSM un fenómeno obsesivoide que se desarrolla en el terreno de juego del cuerpo, más concretamente, en la nariz. Se trata de la Rinotiloexomania, o hábito de meterse el dedo en la nariz. Ante todo, he de reconocer que me choca bastante que la espeleología nasal llegue a ser considerada un trastorno, a pesar de que por ser un rinotiloexómano practicante se me abren nuevas posibilidades de encontrarme en ulteriores ediciones del DSM. Mi reticencia se basa en que creo que se trata de una conducta generalizada, que comparto con gran parte de la población, incluso con próceres y gente distinguida. En una ocasión vi a un consejero del Eusko Jaurlaritza entregado a esas tareas mientras al volante de su coche esperaba pacientemente a que se abriera un semáforo (por cierto, visto lo fácil que es contemplar conductores explorando sus fosas nasales en esta situación, me atrevería a sugerir un nexo entre los semáforos en rojo y la rinotiloexomanía).

Pero haciendo un esfuerzo por trascender a este reparo comentaremos por entregas la rinotiloexomanía, en particular dos trabajos que la han estudiado con encomiable detenimiento y un tanto a lo socrático. El primer artículo, seminal, fue publicado por Jefferson y Thompson en 1995. En su introducción los autores recordaban que algunas conductas que en su día no fueron consideradas más que hábitos inadecuados y groseros, como la onicofagia o la tricotilomanía, han merecido con el paso del tiempo la categoría de síntomas o incluso trastornos psiquiátricos. En esta línea sugerían que las prospecciones nasales, aunque no suelen pasar de ser una práctica benigna (a common benign practice), podrían ser a veces un problema psiquiátrico, por ocupar excesivo tiempo, dar lugar a situaciones socialmente comprometedoras o generar problemas físicos secundarios.

En su artículo, Jefferson y Thompson comunicaban los resultados de un cuestionario desarrollado al efecto que remitieron a 1000 ciudadanos de su comunidad elegidos al azar. Sólo devolvieron el cuestionario 254 sujetos, por lo que con una tasa de respuesta de poco más del 25% cabe preguntarse si los resultados son representativos. Hay varios aspectos que llaman poderosamente la atención. En primer lugar, parece que la práctica es bastante generalizada, ya que de entre quienes respondieron un 91% confesaba que acostumbraba a meterse el dedo en la nariz. Ahora bien, no todos los espeleólogos nasales consideraban que lo suyo era compartido por toda la población, ya que sólo el 75% tenía la impresión de que se trata de un hábito extendido. También sorprende que quienes contestaron eran capaces de definir con gran precisión su hábito en materia de frecuencia, técnica y efectos colaterales. Así, tres personas afirmaron que se metían el dedo en la nariz al menos una vez cada hora y dos sujetos invertían entre 15 y 30 minutos cada día en estas tareas, lo que no es nada comparado con las dos horas diarias que entregaba a tales menesteres otro individuo. Dos personas llegaron a producirse perforaciones del tabique. Entre las conductas asociadas destacan arrancarse padrastros y cutículas (25%), pellizcarse granos (20%), morderse las uñas (18%) y arrancarse el pelo (6%). Otros datos de interés: el dedo más utilizado para llevar a cabo esta tarea era el índice (65.1%), seguido del meñique (20.2%) y el pulgar (16.4%) (cabe suponer que quienes emplean este dedo han de tener amplios orificios nasales). Una vez extraído el trofeo, la mayor parte de los sujetos acostumbraba a examinarlo antes de emplastarlo en un pañuelo (90.3%), tirarlo al suelo (28.6%), pegarlo a algún mueble (7.6%) o, simplemente, comerlo (8.0%).

Los autores llegaban a la conclusión de que en algunos sujetos (cuyos casos ilustraban algunas "viñetas clínicas") la espeleología nasal llega a representar un serio problema, que merecería la consideración de entidad psiquiátrica para la que proponen precisamente el término rinotiloexomania. Al parecer, todos los demás prospectores nasales no alcanzamos la categoría de enfermos y nos quedamos en la de guarros. Eso sí, si la muestra de Jefferson y Thompson es significativa, parece que somos legión.


Fuente: Jefferson JW, Thompson TD. Rhinotilloexomania: Psychiatric disorder or habit? J Clin Psychiatry 1995; 56: 56-59 [Abstract]




posted by Juan  # 8:51 AM


¿Qué es PSIQUIATRIA INSOLITA? 

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