Retomamos nuestra serie acerca de los candidatos a convertirse en próximos hits de la Psiquiatría, con un “trastorno” o, si se prefiere una traducción más chusca, un “desorden” o “disturbio” que
lleva más de 10 años de meritorio para incorporarse a nuestros catálogos nosológicos: la compra compulsiva.
Ahora bien: ¿qué es un comprador compulsivo? ¿Cómo puede definirse? ¿Qué características psicopatológicas le adornan? Un
trabajo bastante antiguo, en estos tiempos en que todo lo del mes anterior ya está pasado de moda, reclutó 95 personas que aseguraron tener un “fuerte impulso de comprar que no puedo controlar”. Para descartar las que exageraran su descontrol comprador, se les pasó la Escala de Compra Compulsiva de Faber y O’Guinn, con lo que se redujo la muestra a 46 personas. El paciente tipo era una mujer joven (31 años de media), que gastaba esencialmente en ropa, discos y zapatos, y en la que DSM-III-R en mano existía comorbilidad en eje I (ansiedad, abuso de sustancias, trastornos afectivos) y el en eje II (trastornos de personalidad tipo límite, por evitación u obsesivo – compulsivo).
Aportaciones posteriores de los autores pioneros han abundado en que entre las afectadas predominan las mujeres, así como en la abundante comorbilidad, tanto en los pacientes como en sus familiares de primer grado.
Intentos posteriores de caracterizar el síndrome, se han apoyado en escalas que permiten seleccionar más precisamente los sujetos afectados. El lector interesado puede
autoaplicarse una de ellas, derivada de los criterios de McElroy y cols. Algunas escalas y modelos del trastorno parten de una conceptualización del cuadro como un trastorno del control de impulsos, en tanto que otras, como la Versión de Compras de la Escala de Trastorno Obsesivo Compulsivo Yale-Brown (YBOCS-SV) lo remiten –obviamente- a lo obsesivo (por cierto, que esta última escala, que no he podido localizar, sitúa el punto de corte en 17).
En cuanto al tratamiento, no se puede decir que la compra compulsiva sea un trastorno excesivamente original, si nos atenemos a las
técnicas y orientaciones que se proponen. Como en otros trastornos de expresión conductual, se recomienda la terapia de autoayuda en grupo. La terapia cognitivo – conductual, paradigma psicoterápico de moda, parece útil. Y, por supuesto, desde el punto de vista psicofarmacológico se emplean los inevitables ISRS. Las primeras experiencias, con fluvoxamina, remiten a una conceptualización del cuadro como un fenómeno obsesivo(ide); las ulteriores, con otros ISRS, si nos atenemos a la amplísima gama de trastornos en los que se utilizan estos productos, remiten a una conceptualización del cuadro como cualquier cosa. Y, por cierto, hay en marcha un
ensayo clínico comme il faut (aleatorizado, doble ciego) con escitalopram, lo que otorga una evidente carta de naturaleza y respetabilidad al cuadro.
En nuestro esfuerzo por reivindicar a este trastorno nos tomaremos la libertad de plantear algunas cuestiones que suelen ser muy socorridas en la exposición de cualquier trastorno que se precie. Siguiendo el esquema típico de los DSM, ya hemos visto que es un cuadro de predominio femenino y con elevada y variada comorbilidad. La influencia de la cultura occidental es evidente. Los hábitos de consumo de nuestra sociedad y los bienes que tenemos a nuestro alcance (generalmente de vida limitada y/o rápidamente superables por la moda, la oferta de novedades o los avances tecnológicos) suponen para los occidentales un enorme factor de riesgo, por lo que podríamos decir que se trata de un trastorno vinculado a la cultura. Existen pruebas de que la colonización de otras culturas (en especial los países antiguamente en la órbita comunista) por nuestros hábitos de consumo favorecen la aparición de compradores compulsivos, con gustos, por cierto, un tanto
kistch. Existen
factores de riesgo un tanto atípicos, como los astrológicos, en la medida que se ha observado una mayor disposición a la compra compulsiva entre los Aries, Géminis, Leo y Virgo.
Por otra parte, es muy posible que las temporadas de rebajas disparen las compras compulsivas, con lo que puede sugerirse que existan formas estacionales del cuadro (¡qué gran oportunidad para prescribir timorreguladores!). Y sin duda, existen claros casos de compradores compulsivos por poderes (
by proxy), como puede certificar cualquier padre de nuestros días, cuyos churumbeles, sometidos a la presión asfixiante de la publicidad piden, demandan, exigen todo tipo de juguetes y chuminadas (
¡me lo pido!).
¿Qué decir del diagnóstico diferencial? Podríamos mencionar el trastorno obsesivo compulsivo propiamente dicho (en torno al cual hay un creciente interés por las conductas de acúmulo compulsivo o
silogomanía) o la hipomanía (que en principio debería ser fácilmente reconocible). Existen formas de compra compulsiva ego-sintónicas, como es el caso de los magnates nuevos ricos de los países excomunistas, que por otra parte no parecen tener límites financieros para sus compras; la egosintonía y la falta de repercusiones psicosiciales posiblemente nos impedirán emitir el diagnóstico. Tampoco parece que pueda diagnosticarse de este problema a los tiranos, tiranuelos y tiranuelas gananciales que en sus tiempos de gloria y poder acumularon cuadros, automóviles, zapatos o collares, porque es altamente dudoso que el mecanismo de adquisición fuera la compra. Tratándose de actividades que parecen ego-distónicas tampoco sería muy apropiado caracterizarlas como formas monosintomáticas de silogomanía obsesiva. Hay que profundizar en la investigación en este terreno.
Seguramente algún lector criticón se revolverá con esta exposición y cuestionará si tiene sentido individualizar un cuadro con tan elevada y surtida comorbilidad, hasta el punto de que los autores más repetidos en la bibliografía destacan la
rareza de la compra compulsiva primaria y aislada. Sin duda es una objeción respetable, pero, ¿por qué cortarnos en el noble empeño de multiplicar las páginas de los DSM, máxime cuando nos hallamos ante un cuadro tan prometedor (
promising)? Un síndrome, además, adornado de las cualidades necesarias para hacer fortuna en la cultura. No sólo porque en su momento fuera dado a conocer en programas televisivos en
prime time, sino porque, ¿quién puede sentirse plenamente libre del problema? No podemos dejar escapar un concepto tan atractivo y tentador para cualquiera que tema (o desee, que a veces son afectos demasiado emparentados) estar enfermo de los nervios... o desresponsabilizarse. Puede que los estudios que calculan una prevalencia de hasta el 10% en los EEUU sean demasiado conservadores. Por otra parte, la contagiosidad de la idea (no necesariamente de la conducta) puede ser elevadísima en una sociedad hiperconsumidora, pero también ansiosa, histérica e hipocondriaca como es este opulento occidente que disfrutamos y –con la boca pequeña- criticamos.
La guinda del pastel, el único elemento que nos falta para dotar de fuste al concepto es encontrar un término griego
ad hoc, ya que la terminología en inglés es en ocasiones confusa, con una sinonimia (
compulsive buying y
compulsive shopping) que difumina sus límites y su contenido. Con la ayuda de un diccionario de griego en internet y la inestimable colaboración de mi esposa, que estudió esa asignatura en el bachillerato, propongo el término
agorasopatía o
agorasomanía. Por cierto, el término remite a que la compra se hacía en el mercado o plaza (ágora) y sugiere un nexo, cuando menos etimológico con la agorafobia. Como alguien encuentre algún día una especial comorbilidad entre los dos trastornos la realidad insólita habrá superado definitivamente a la ficción.
Fuentes:
Black DW, Gabel J, Schlosser S. Urge to splurge. Am J Psychiatry 1997; 154:1629-1630 [
Texto]
Black DW, Repertinger S, Gaffney GR, Gabel J. Family History and Psychiatric Comorbidity in Persons With Compulsive Buying: Preliminary Findings. Am J Psychiatry 1998; 155 :960-963 [
Texto].
Faber, R. J. and O’Guinn, T. C. (1989) Classifying Compulsive Consumers: Advances in the development of a diagnostic tool. Advances in Consumer Research, 16, 738–45.
Monahan P, Black D, Gabel J. Reliability and validity of a scale to measure change in persons with compulsive buying. Psychiatr Res 1996; 64: 59-67 [
Abstract]
Schlosser S, Black DW, Repertinger S, Freet D: Compulsive buying: demography, phenomenology, and comorbidity in 46 subjects. Gen Hosp Psychiatry 1994; 16:205–212 [
Abstract]