El insigne naturalista sueco Linneo fue quien denominó al cacao “Theobroma”, o “alimento de los dioses”. El término puede relacionarse con el origen divino del producto que la mitología tolteca atribuye al producto, pero es posible que tuviera también algo que ver con el apasionamiento por el chocolate que, según algunas fuentes, compartía Linneo con personajes tan variopintos como Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Napoleón Bonaparte, Rubén Darío, el Papa Pablo VI, Agatha Christie o Neil Armstrong.
El cacao, como por todos es sabido, es una planta de origen americano de gran presencia en la cultura y el comercio precolombino. El propio don Cristóbal fue el primer europeo que destacó el uso como moneda que hacían los centroamericanos de las semillas del árbol. Los aztecas y mayas tenían en gran estima al cacao y a su infusión choclatl (hasta entrado el siglo XIX no existía el producto en la forma sólida predominante hoy en día). Otro entusiasta fue Hernán Cortés, que ordenó plantar cacao e introdujo la exótica bebida en la Corte de Carlos V en 1528. Por cierto, que para Cortés, el chocolatl era una bebida muy apropiada para infundir vigor y lucidez a sus soldados, algo nada extraordinario si tenemos en cuenta que la proporción de cafeína en el chocolate es muy superior a la que puede encontrarse en una taza de café, por lo que a igualdad de volumen el chocolate puro es más estimulante que el café.
La primera representación gráfica del árbol del cacao aparece en “La Historia del Nuevo Mundo”, del italiano Girolamo Benzoni. Este autor, a quien se relaciona con el nacimiento de la historia negra de la conquista española de América,
no tenía una muy buena opinión acerca del producto, del que sostenía que era una bebida “más bien para puercos que para hombres”. De hecho, contaba en su libro que se había pasado un año en tierra india declinando las sucesivas invitaciones a tomar chocolate de que era objeto, con gran sorpresa y regocijo de sus aficiones. Finalmente, a falta de vino y para introducir una variación a su dieta líquida de agua, aceptó el convite. Encontró la bebida un tanto amarga, pero reconoció que “satisface y resfresca al cuerpo sin intoxicarlo”.
A pesar de su sabor amargo para los europeos, el chocolate consiguió extenderse por el Viejo Continente. A ello contribuyeron varios factores. Uno fue que las clases altas lo hicieron una bebida de moda. Otro, que realmente se le pudieron percibir efectos tonificantes. El tercero fue que se le atribuía una capacidad afrodisíaca (violento inflamador de pasiones) que lo hizo muy popular. Si ya se conocía por
Bernal Díaz del Castillo que Montecuhzoma Ilhuicamina tomaba cacao antes de visitar a sus numerosas concubinas, algunos de sus consumidores europeos no le fueron a la zaga en la divulgación de su capacidad estimulante de las
cuestiones venéreas. Así, Madame du Barry lo servía a sus amantes antes de hacer el amor y Casanova aseguró que era más vigorizante que el champán. Guiados probablemente por el propósito de hacer más apetitosa a tan
cumplidora bebida, se sucedieron experimentos que la combinaban con productos tan surtidos como la leche, el vino, la cerveza o la pimienta, con lo que se consiguió aumentar su consumo. Ante esta situación no es de extrañar que la Iglesia se movilizara contra el producto, prohibiera a los clérigos su uso y amenazara con la excomunión a quienes lo consumieran en misa (lo que hermana al chocolate con su “paisano” el tabaco, un producto que también consumían los sacerdotes durante la misa hasta que la Iglesia tomó cartas en el asunto).
Sin embargo, el avance definitivo del chocolate llegaría con su salto al estado sólido, que se produjo gracias al gran avance de la prensa hidráulica del holandés Conraad Johannes van Houten, que no sólo permitía la elaboración del chocolate en polvo, sino que además aportó un método para separar la manteca de cacao, elemento indispensable para la tableta. De esta manera, el chocolate pasó de ser consumido preferentemente como bebida a convertirse en un delicado manjar sólido. Curiosamente, el café siguió un camino inverso, ya que inicialmente se consumía en forma sólida. Y tal vez con cierta lógica, en paralelo a la solidificación del chocolate, a lo largo del siglo XIX el café se fue imponiendo como bebida de elección, relegando a la bebida de los dioses a una posición secundaria y más puramente hedónica en la dieta de los europeos.
Apagado ya el furor por su consumo como afrodisiaco o tonificante, habría que preguntarse de dónde surge el enorme éxito del chocolate, para lo cual surge solícita en nuestra ayuda la Psiquiatría Biológica. Una onza de chocolate es una farmacia que contiene todo tipo de sustancias químicas, entre las que figuran algunas a las que podría relacionarse con el desarrollo de una adicción, asunto sobre el que volveremos más adelante. Ahora bien, y aun dando por supuesto que ningún ser humano pueda escapar de la atracción bioquímica del chocolate, existe un dato añadido que llama la atención, y que es que el chocolate es especialmente apreciado por las mujeres. Además de múltiples observaciones naturalísticas, podemos recordar al respecto los resultados obtenidos con ocasión de la adaptación al castellano del Cuestionario de Chocolates y Dulces, versión castellana del Foods and Mood Inventary de Schuman y cols, en un estudio realizado con la ayuda de la Federación Española de Asociaciónes del Dulce y la Asociación Española de Fabricantes de Chocolate, y no es broma. Además de demostrar que el cuestionario está adornado de buenos valores de fiabilidad y consistencia interna, tanto para su sección de chocolate como para la de dulces, la experiencia encontró que las puntuaciones de las mujeres fueron más altas que las de los varones. Fausto hallazgo que confirma que el chocolate es probablemente el segundo mejor amigo de las chicas después de los diamantes.
Algunas observaciones apuntan a que la afinidad de las mujeres por el chocolate es cíclica y, si nos ponemos cursis, hormono – dependiente. Parece que cerca de la mitad de las mujeres norteamericanas experimentan craving o querencia por dulces y chocolate; de ellas, la mitad presenta en fenómeno en torno a la menstruación. Un
trabajo publicado en 1999 intentó determinar si el causante de estos arrebatos chocolatófilos era bien la reducción perimenstrual de los niveles de progesterona, bien la disforia y tensión propios de ese momento. Es decir: de alguna manera se intentó comprobar si detrás de este consumo cíclico se escondía un mecanismo de automedicación. Para ello se estudió el patrón de consumo de un grupo de mujeres con ingesta más o menos compulsiva de chocolates y/o dulces en torno a la menstruación y se les dio, de forma aleatorizada y en doble ciego, placebo, progesterona o alprazolam. Los autores no evidenciaron ningún cambio en el patrón de consumo o de craving con ninguno de los procedimientos, lo que descartaba en principio un desencadenante hormonal o afectivo.
También se ha analizado la cuestión desde un punto de vista sociológico. En un estudio recientemente publicado, se preguntó a mujeres hispanas y americanas con craving por chocolate cuándo se les disparaba la querencia por el producto, y por si acaso no caían en la asociación, se les hizo una especial referencia a si esto les sucedía de manera especial en torno a la menstruación. Las americanas reconocían una mayor apetencia perimestrual, algo que no sucedía con las hispanas. Esta interesante diferencia hace pensar a los autores que la base del craving femenino por el chocolate es de raigambre más cultural que fisiológica.
Pero que no se precipite nadie. Si se replicase hoy en día el primero de los estudios citados, y tras la aprobación de la fluoxetina en el síndrome premenstrual, probablemente se utilizaría este fármaco o algún otro ISRS en lugar de alprazolam. Y si de esta manera se apreciase un descenso del consumo de chocolate nadie nos salvaría de una hipótesis serotoninérgica del gusto por el chocolate (lo cual, ciertamente, lo haría menos apetitoso).
Fuentes:
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