En los remotos años en los que hice la especialidad era muy frecuente encontrar en ruta al hospital un grupo de mujeres de edad media que caminaban a buen ritmo por la carretera mientras, temerarias, charlaban a varias bandas. Cual tropel de ciclistas se estiraban al cruzarse con los coches, para luego volver a condensarse y retomar la conversación. Para quienes conducían por aquella estrecha carretera, llena de baches y rodeada por pastos en los que pacían bucólicos los brontosaurios, sortear al grupito de señoras era una incomodidad importante, por lo que con cierta frecuencia se abordaba la cuestión del colectivo de andarinas en el sesudo comité de sabios que integraban mis adjuntos (un saludo, por cierto, a sus entrañables e inolvidables integrantes). La invariable conclusión, no sé si fundada o no, era que el instigador de tan curioso hábito era el médico de atención primaria, que habría organizado a las mujeres supuestamente distímicas (entonces se decía histéricas) de su cupo en un grupo socio – senderista que les permitía metabolizar sus malestares al tiempo que descargaba al médico (“es un lince”, sostenía uno de los sabios) de la escucha de sus quejas.
Pasaron los milenios y todavía hace muchos años, cuando trabajaba en un hospital desde cuyos ventanales podía ver emocionantes escenas de caza de mamuts, coincidí, dotado ya de los galones de adjunto, con un residente que en sus guardias de urgencias tenía por costumbre recomendar a todos los pacientes que se dieran largos paseos. Según una comunicación personal que me confió mientras compartíamos el gomoso queso que nos sacaban en la cena, recomendaba esta conducta, o más genéricamente, que hicieran deporte, a todos sus pacientes en el CSM.
Debo reconocer que desde mi ignorancia, en aquellos ignotos tiempos las supuestas indicaciones del médico del pueblo y las reales recomendaciones del residente me parecieron gratuitas, injustificadas, excesivamente genéricas y, en todo caso, infundadas (siglos después hubiera dicho que no estaban basadas en la evidencia). Pero con el fluir de la historia he ido aprendiendo que el ejercicio físico no sólo es cardioprotector (como el vino tinto en cantidades moderadas, dicho sea de paso), sino que además, en virtud de una serie de enrevesados mecanismos de neurociencia – ficción, mejora el estado de ánimo, como se demuestra en la abundante y aburrida bibliografía al respecto.
Para que nadie incurra en el futuro en mi doloroso error, me permito llamar la atención sobre dos experiencias que vienen al caso. La primera demuestra que las intervenciones “de sentido común” pueden ser útiles en esta época en la que tanto valoramos las actuaciones técnicas. En 1999, el British Journal of Psychiatry recogió en dos entregas una contribución de tres investigadores del Centro de Investigación Socio – Médico de Londres en la que se demostró que en el tratamiento de la depresión son útiles los abordajes “amistosos” (no es una traducción afortunada, así que intentaremos aclararlo). Los autores seleccionaron 86 mujeres con cuadros depresivos crónicos y mantuvieron a 43 como grupo control, al tiempo que dirigían a la otra mitad hacia un tratamiento que podríamos llamar “de echarse una amistad”. Tal amistad era una persona voluntaria a la que se había aportado una formación básica que no podría considerarse psicoterápica. Según nos cuentan en su
primer trabajo, hubo una notable remisión de los síntomas gracias a esta medida; en el
segundo artículo, además, explican que el estudio pormenorizado de las circunstancias psicosociales de las pacientes les permitió descartar que la mejoría se debiera a artefactos externos a la intervención .
La
segunda experiencia corrió a cargo de dos investigadoras de la Universidad de Londres, que partiendo del dato de que actividades como hacer ejercicio o cantar incrementan el bienestar subjetivo, emprendieron un estudio en el que compararon el efecto a este nivel de la natación (N), el canto individual (CI) y el canto coral (CC). Para ello se dirigieron a un universo de probandos compuesto por gente que nadaba en un centro cívico (N), personas que recibían a clases de canto (CI) e individuos que asistían al ensayo de un coro (CC). Se dirigieron a ellos sin aviso previo, solicitándoles la colaboración en el estudio, y a cuantos aceptaron participar (10 N, 10 CI, 13 CC), les tomaron la tensión arterial y la frecuencia cardiaca y les pasaron un instrumento de valoración del estado de ánimo que mide el arousal tenso, el arousal energético y el tono hedónico, antes de iniciar su actividad y a tras 30 minutos de ejercerla. Los resultados, que con buen juicio se presentan como preliminares, apuntaron a que las tres actividades, en especial nadar, aumenta el bienestar... inmediato, habría que decir.
A pesar de sus limitaciones, estos trabajos sugieren que el abordaje tecnificado (farmacológico o psicoterápico) no es siempre superior a intervenciones de sentido común. En una época en la que los dispositivos asistenciales están colapsados por una patología a la que consideramos menor, no estaría de más disponer de protocolos que dirigiesen a los pacientes a grupos de amigos, a recursos voluntarios o a actividades deportivas o en su caso canoras. Se abre ante nosotros la posibilidad de identificar usuarios a los que pueda recomendarse, por ejemplo, que asistan a lecciones de canto. También, si incluimos en el equipo multidisciplinar (EM) a técnicos ad hoc podemos detectar a los usuarios capacitados para mejorar de sus problemas a través de la natación (para lo cual debería contarse con un especialista en medicina deportiva o un técnico en educación física) o apreciar a qué pacientes se les podría recomendar la cantoterapia individual o grupal (a través de la formación de otxotes, dirigidos o no por un miembro del equipo). Para ello, por cierto, sería necesario contar con un músico, aunque podría suplirse su carencia si en el EM se dispone de alguna persona con un adecuado oído para la música (lo cual, por desgracia, no siempre es viable). Podría proponerse, en este sentido, que al igual que las plazas en Osakidetza van a tener un perfil lingüístico, se proceda a determinar en cada equipo un determinado número de plazas con perfil deportivo o musical.
Piénsese también en la fecunda senda investigadora que esta propuesta nos ofrece. Podríamos afinar más los hallazgos descritos: ¿qué tal una tesis doctoral comparando el efecto beneficioso del CC en distintos formatos? Por ejemplo: “Un estudio del bienestar obtenido en diferentes settings corales”, estudiando el efecto de cantar en el Otxote Danok Bat, en la Masa Coral del Ensanche o en el Orfeón Donostiarra. Seguramente un estudio de esta naturaleza no sería menos interesante ni más insensato que muchas contribuciones que gozan del marchamo y el reconocimiento de la ciencia más oficial y biológica. Think of it.
Fuentes:
Harris T, Brown GW , Robinson R. Befriending as an intervention for chronic depression among women in an inner city. 1: Randomised controlled trial. Br J Psychiatry 174: 219-224 [
Abstract]
Harris T, Brown GW , Robinson R. Befriending as an intervention for chronic depression among women in an inner city. 2: Role of fresh-start experiences and baseline psychosocial factors in remission from depression. Br J Psychiatry 174: 225-232 [
Abstract]
Valentine E, Evans C. The effects of solo singing, choral singing and swimming on mood and physiological indices. Br J Med Psychol. 2001;74:115-120. [
Abstract]