Cortesía de OME-AEN

Psiquiatría

Insólita

Editor: Juan Medrano

Noticias breves, de contenido insólito o novedoso, en relación con la Salud Mental.

"La piedra de la locura"

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27.12.03

Nominados al DSM: 1. Paruresis 

Presentamos hoy un primer nominado para entrar en el DSM. Se trata de la paruresis, o incapacidad para orinar o defecar en urinarios públicos, en especial si hay personas alrededor. Según los activistas de la IPA, este problema, denominado también con términos tan descriptivos y posiblemente desafortunados como “vejiga tímida”, “vejiga vergonzosa” o incluso “timidez vesical”, afecta en sus formas más discapacitantes a entre uno y dos millones de estadounidenses, mientras que otros 15 millones son “paruréticos de bajo nivel” y presentan formas “frustras” del trastorno. En total, nada menos que el 15% de la población.

La paruresis se considera la segunda forma más frecuente de fobia social, tras la fobia a hablar en público y por delante de la ereutofobia. Lo fóbicosocial, en este caso, tiene que ver con el temor a ser contemplado orinando o defecando o a hacerse notar en este tipo de actuaciones por medio del sonido o el olor que las acompañan. Las personas que sufren el problema llegan a ser incapaces de evacuar en cualquier lugar que no sea el váter (o servicio, o cuarto de baño, o como se le quiera llamar) de su casa, y por este motivo tienen grandes dificultades para cualquier actividad que implique alejarse durante varias horas de su domicilio. Les resulta imposible, así, trabajar en jornadas prolongadas, viajar incluso a lugares relativamente próximos, o disfrutar de cualquier actividad de ocio que se desarrolle lejos de casa o cuya duración exceda el tiempo que pueden contener la orina. También puede ser paurética la dificultad para la micción que algunas personas experimentan cuando se les requieren muestras de orina para control de tóxicos en centros de tratamiento de drogodependencias o en competiciones deportivas. Las repercusiones del problema pueden ser serias: inestabilidad laboral, inseguridad económica, profundo malestar psicológico o conflictos familiares por la negativa del parurético a salir de vacaciones, muchas veces no explicada por vergüenza. No faltan tampoco las complicaciones urológicas, como infecciones urinarias por estasis, incontinencia por rebosamiento y otras.

La IPA estima que la prevalencia del 15% se puede generalizar a todo el mundo. Sin embargo, sus propias publicaciones nos confían un detalle que hace pensar que el fenómeno es menos frecuente en nuestros lares. Al parecer, en los EEUU, por mera laxitud normativa, es habitual que los urinarios públicos sean colectivos, con largas hileras de mingitorios verticales, sin las separaciones individuales típicas en nuestro medio. También nos cuentan que en EEUU la legislación no obliga a que las puertas de las cabinas de retretes sean de techo a suelo, por lo que quien está haciendo uso de la taza sabe que desde el exterior le pueden ver las piernas impúdicamente descubiertas, con los pantalones o las faldas plegados. Y además, y sin duda con más poder fobógeno, es consciente de que cuando se incorpore, una vez concluida la tarea evacuatoria, se le puede ver la cara. El poder fobógeno del diseño de los urinarios y retretes públicos eeuuense es tan alto que los autores de la IPA destacan que para los paruréticos norteamericanos es un enorme alivio viajar a (y orinar en) Europa, donde los encuentran más privacidad. La timidez vesical, por lo tanto, es un ejemplo más de cuadro psiquiátrico en el que se combina la susceptibilidad o disposición individual con la capacidad moduladora y modeladora del ambiente. También, en un artículo sobre la evolución del cuarto de baño y sus implicaciones para la paruresis, nos cuentan que la paruresis apareció hace relativamente poco tiempo, unos trescientos años, cuando la micción y la defecación pasaron a ser actos íntimos y privados. En definitiva, pues, se trata de un fenómeno con condicionantes sociales, culturales e históricos.

Algunos paruréticos diseñan estrategias mitigar las repercusiones de su problema. Hay personas que elaboran un auténtico mapa mental de los váteres de confianza, y sólo se aventuran a deambular o trabajar por los lugares próximos a estos excusados. Otros individuos, incapaces de usar un retrete que no sea el suyo propio, seleccionan los lugares (siempre cercanos) hasta los que pueden desplazarse sin temor a que les llegue a oprimir la necesidad de orinar y defecar; en otras palabras, llegan a estar condicionados por lo que, por analogía con las aeronaves, podríamos llamar autonomía esfinteriana. Los hay que evitan todo váter en el que no existan cabinas "de puerta a suelo y techo" que confieran la necesaria privacidad a la evacuación y otros, casos más extremos, utilizan kits de cateterización y bolsas de orina que les permiten no tener que acudir a ningún váter. Hay quien usa técnicas simples pero efectivas, como dar a la bomba mientras orina (apagando los ruidos de diverso matiz y origen que el orinante puede producir en la evacuación) y no faltan quienes recurren a un “pee buddy” (un compañero de meada, con perdón) contrafóbico. Quién sabe si la costumbre ampliamente extendida en la población femenina de nuestro medio de ir a los servicios en cuadrilla no es más que una estrategia para afrontar una paruresis más generalizada de lo que suponemos.

¿Qué méritos tiene la paruresis para que la nominemos al DSM, si no es al parecer más que una forma de fobia social, dependiente de la cultura o al menos de la legislación sobre urinarios públicos?. La respuesta nos la da la IPA, que incluye entre los paruréticos a personas que tienen dificultades para utilizar urinarios públicos no por razones fóbicosociales, sino por el asco o escrúpulo que les produce la idea de orinar o defecar en lugares compartidos y de higiene no siempre preclara. El repelús hacia los mingitorios y retretes es un fenómeno frecuente, hasta el punto de que se calcula que sólo un 3% de las mujeres norteamericanas se sienta en la taza para orinar, por la repugnancia que les provoca el estado real o imaginado del receptáculo, pero la IPA sugiere que en los paruréticos el escrúpulo es más intenso y les llega a impedir utilizar estos dispositivos. Así pues, la paruresis parece ser un auténtico síndrome en el que se incluye no sólo lo fóbicosocial, sino lo foboobsesivo y quién sabe si en algún caso también algún fenómeno más cercano a lo delirante. Esta transversalidad nosológica justificaría a buen seguro un apartado en el DSM, o cuando menos, la instauración del concepto de síndrome parurético. Por otra parte, ¿quién nos dice que no se impondrá a medio plazo en Europa enl diseño norteamericano de váter público, desencadenando una auténtica epidemia de paruresis entre individuos actualmente "compensados" gracias a la privacidad de la que disponemos para estas cuestiones a este lado del Atlántico? Y no debemos olvidar otro argumento menos científico y tal vez más cínico, pero ciertamente práctico y refrendado por la experiencia: La paruresis cumple el criterio nunca escrito ni explicitado de que para que un fenómeno sea considerado como un trastorno o enfermedad de atención sanitaria necesaria y exigible debe existir una asociación de afectados dispuesta a publicitar el problema, difundir el conocimiento sobre su existencia y erigirse como lobby ante los poderes nosológicos (APA, por ejemplo) y las organizaciones sanitarias. La IPA y la UK Paruresis Association británica, realizan ya esa función, y no sería de extrañar que a medio plazo aparecieran asociaciones similares en otros países. No extrañará, por lo tanto, que tenga grandes esperanzas depositadas en la paruresis para futuras ediciones del DSM.

posted by Juan  # 09:39


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