Como se mencionaba hace unas semanas, la historia de la Medicina (y de la Psiquiatría en particular) es rica en hipótesis y teorías que han desaparecido o cuya validez ha quedado por los suelos después de haber gozado durante años de un enorme predicamento. No debemos caer, sin embargo, en el error de contemplar desde nuestra atalaya temporal condescendientemente las curiosas e ilógicas explicaciones de nuestros antecesores; en otras palabras, si nos limitamos a hacer risas, no habremos aprendido nada. Dos son los vicios consustanciales al ser humano que nos pueden hacer caer en el error de las risas: nuestra autoidentificación con el punto final de la Historia, y la soberbia. La primera nos lleva a estar seguros de que la Evolución (o la Creación, o lo que cada cual quiera creer) ha alcanzado con nosotros la plena perfección, de manera que todas las mejoras futuras lo serán en el plano de la técnica, y no en el del conocimiento. Así, nuestras actuales teorías son las definitivas, las que aportan la última explicación, la verdad verdadera. Pero aun siendo este vicio no sólo infundado sino inevitable y ubicuo, la soberbia es mucho más grave y sus consecuencias, mucho más deletéreas, porque además de condicionar nuestra actitud intelectual, impregna la relacional. En el día a día asistencial la maligna soberbia hace que creamos que el hábito de una titulación o de unos estudios nos confieren automáticamente la condición de monjes del Saber y detentadores de la Verdad, por lo que nos sentimos afrentados cada vez que alguien pone en tela de juicio nuestras ideas. “Usted [
que no pasa de ser un paciente] me va a decir a mí cómo son las cosas [
que soy médico / psicólogo / otros y por tanto sé]”.
Presentar como definitivas las teorías de cada momento es arrogante, e imprudente porque la tozuda realidad obligará pronto a reconsiderarlas. En los sistemas explicativos menos positivistas, esto es evidente. Freud construyó la teoría psicoanalítica a base de modificaciones, correcciones y rectificaciones; en definitiva, con sucesivas versiones (Tópica 1.0, Tópica 2.0) y parches de seguridad que la asemejan peligrosamente a un programa de Microsoft. Pero es obvio que también las explicaciones basadas en hallazgos objetivos requieren revisiones y parches. Cuando yo estudiaba Medicina la úlcera era una enfermedad psicosomática que abocaba al diván, mientras que ahora se trata (y dicen que se cura) con antibióticos. También en aquella época, no tan lejana, a la altura de 3º (Anatomía Patológica) la enfermedad de Alzheimer era infrecuente y presenil, pero ya para 5º (Psiquiatría) se había convertido en frecuente y básicamente senil. Más aún: en un mismo curso (5º de carrera) me hablaron en Neurología de la “demencia arteriosclerótica” con el mismo énfasis que en Psiquiatría me explicaban la “demencia degenerativa primaria”. Como los alumnos estábamos (y me temo que seguirán estándolo) programados no para aprender ni para pensar, sino para aprobar exámenes, la contradicción no despertó en nadie, que yo recuerde, grandes inquietudes.
Y es que una cosa son los datos que podamos extraer de la experiencia o de la investigación y otra su lectura, que requiere ordenar los hallazgos de una manera lógica y sin verse condicionado por teorías previas. En una época en la que era dogma que la acidez gástrica hacía imposible cualquier forma de vida la carta que comunicó el hallazgo del helicobacter pylori fue recibida con admoniciones para que sus autores se abstuvieran de decir barbaridades. A veces la fuente de errores es todavía más grotesca y tiene consecuencias dramáticas en nuestra cultura. Así, la fuerza que las espinacas aportan a Popeye se debe al mito de que estas verduras son el alimento más rico en hierro, lo que a su vez tuvo su origen en un error al colocar la coma en un cociente, de modo que quien hizo la operación “encontró” que las espinacas contenían diez veces más hierro que el que en realidad poseen. ¿Cuántas de nuestras verdades no se deberán a la influencia de dogmas previos o a errores absurdos?
Un trabajo publicado en 2002 en los Annals of Internal Medicine pone el dedo en la llaga. Los autores seleccionaron artículos originales y metaanálisis publicados entre 1945 y 1999 acerca de las hepatitis y las cirrosis. Una vez reunido tan ingente material, lo evaluaron a la luz de los conocimientos en este campo en 2000, y lo que encontraron fue ciertamente demoledor: sólo el 60% de las conclusiones de los trabajos estudiados originales eran ciertas y el restante 40% se repartía casi a la par entre conclusiones obsoletas y meramente falsas. El experimento les permitió calcular que la vida media de las verdades médicas (en un campo “objetivable” como es la hepatología) no pasa de 45 años, y que al ritmo actual dentro de 50 años sólo pervivirá el 26% de los dogmas actuales. No hay constancia de que nadie haya intentado replicar sus hallazgos en Psiquiatría pero uno tiene la impresión de que los resultados no serán mejores, ni mucho menos. La única consecuencia es que los valores que deberían presidir nuestra práctica son la prudencia y la humildad.
A pesar de todo, me arriesgo a conjeturar que seguiremos defendiendo como irrefutables y definitivas verdades científicas perecederas. Y que además lo haremos desde la soberbia y la arrogancia de quien se cree en posesión de la Verdad. Y me temo que quienes en mis tiempos de estudiante definían la úlcera como una enfermedad psicosomática llevarán unos cuantos años glosando a sus alumnos, con la misma vehemencia carente de autocrítica, las excelencias de la claritromicina.
Fuentes:
Skrabanek P, McCormick J. Sofismas y desatinos en medicina. Barcelona : Ediciones Doyma, S.A. , 1992
Poynard T, Munteanu M, Ratziu V, Benhamou Y, Di Martino V, Taieb J et al. Truth survival in clinical research: an evidence-based requiem? Ann Intern Med 2002;136: 888-895 [
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